Un centro de menores de Almería, desde dentro: "Aquí no hay ningún angelito"
LA VOZ visita las instalaciones del CIMI 'El Molino'

Las habitaciones en uno de los hogares del CIMI 'El Molino'.
Son las 8:30 de la mañana. Decenas de jóvenes se levantan, limpian la habitación, desayunan y se preparan para ir a clase. Una rutina habitual en cualquier internado, la diferencia es que todos los residentes de este centro tienen algo en común que les identifica: han cometido delitos. Robos, drogas, violencia sexual... "Ninguno de los que hay aquí es un angelito", subraya Daniel Cuadra, el director del centro.
Sin embargo, Cuadra también incide en que "no dejan de ser chavales". "Son adolescentes que han hecho cosas malas, por eso están aquí, pero lloran como cualquier otro chico. En veintitrés años de carrera no he visto a un solo chico no llorar".
El Centro de Internamiento de Menores Infractores (CIMI) ‘El Molino’, ubicado en Almería capital, pertenece a la Junta de Andalucía y está gestionado por Meridianos. Cuenta con 59 plazas, aunque, a fecha de la publicación de este reportaje, solo hay ocupadas 46 de ellas: 36 chicos y 10 chicas, que están separados por sexo la mayor parte del día. En él conviven menores de 14 años con adultos de "veintipico". "Se da el caso de chavales que han cumplido los veintitrés años y siguen aquí. Esto se debe a que cometieron el delito siendo menores de edad", explica Cuadra.

Patio interior del centro.
Una rutina para ordenarles la vida
"A nosotros nos llegan niños rotos, niños cuyo comportamiento en la calle es totalmente disruptivo: no van a clase, cometen delitos, muchos consumen drogas, tienen una vida desorganizada... Intentamos amortiguar todo eso y darle el orden a su vida que no traen de fuera", añade el director. Por ello, los menores tienen una rutina que siguen al milímetro, para que "en todo momento sepan lo que tienen que hacer".
Comienzan su jornada a las 8:30 horas, momento en el que hacen la cama, limpian el dormitorio, desayunan y se dirigen a las clases, que se prolongarán desde las 9:30 hasta la 13:30 horas. Tras ellas, almuerzan y descansan hasta las 16:00 horas, y continúan dedicando dos horas a los talleres que estén realizando. En este sentido, el centro les ofrece un abanico de posibilidades orientado a que estudien, se formen o comiencen a insertarse laboralmente, con actividades que van desde la jardinería, a la peluquería o la informática. Herramientas para que, en definitiva, "cuando salgan de aquí no vuelvan a lo mismo".

Peluquería es una de las formaciones que ofertan en el centro.
Una vez finalizados los talleres, los jóvenes disponen de dos horas de tiempo libre, donde suelen practicar deporte. A las 20:00 horas cenan, por turnos, y a las 22:30 horas dicen adiós a la jornada desde el interior de sus habitaciones, que son cerradas con llave. Para coordinar y atender toda esta coreografía, el centro cuenta con cerca de 120 empleados, repartidos entre psicólogos, trabajadores sociales, personal de seguridad o educadores.
¿Cómo llega un chico a un centro de menores?
El itinerario de entrada suele ser: detención policial, calabozo, paso por Fiscalía de Menores, y decisión de si se aplica medida de internamiento o no. Tras este, los jóvenes que acaban en el centro disponen de cuatro regímenes distintos, del que pueden entrar o salir dependiendo, entre otros factores, de su comportamiento.
Por un lado está el abierto, en el que el menor hace todas sus actividades en la calle y solo acude a las instalaciones a comer y a dormir. En el semiabierto, pueden salir al exterior, pero solo llegado el momento adecuado. "Al principio no salen, porque lo más normal es que se escapen y no vuelvan; una vez están preparados, se les buscan recursos fuera: instituto, trabajo...", explica Cuadra.
Quienes tienen el régimen cerrado no salen de ‘El Molino’, aunque este escalón está destinado a los delitos de mayor gravedad, como el asesinato, el homicidio o la violación. En cuanto a la violencia sexual, el director aprecia un repunte, debido, quizá, "a la mayor concienciación y la voluntad de denunciar". Por último, aparece el régimen terapéutico, en el que acaban chicos con graves trastornos de salud mental o adicción a las drogas.
"Cualquier tiempo invertido en un chico o chica es tiempo bien invertido"
Una vez termina su estancia en el centro, normalmente llega la libertad vigilada. En ella, los técnicos hacen visitas periódicas a los menores, marcan objetivos y avisan al juez si se incumple lo pactado, que puede volver a decretar el internamiento.
Prevenir para no lamentar
¿Cómo evitar que un adolescente acabe en un centro de menores? Cuadra describe el papel de la familia como "absolutamente determinante". Hay entornos, explica, que ayudan y otros que dificultan gravemente el proceso educativo, bien por desinterés, bien por descontrol o por estar inmersos en dinámicas de marginalidad, droga o prostitución. "Si tu padre vende droga, o tu madre es prostituta, es muy complicado que tengas una vida ‘normal y corriente’. Hay veces que con ver a la familia entiendes perfectamente cómo el chaval ha llegado aquí".

Daniel Cuadra, director del CIMI 'El Molino', durante la entrevista.
Tras más de veinte años dedicado a menores, el director insiste en la necesidad de que la sociedad "no demonice a estos chicos". Recuerda que el sistema moviliza muchos recursos económicos y humanos para que, al final, esos adolescentes puedan salir con una segunda oportunidad y no queden marcados de por vida por un delito cometido con catorce o quince años. "Tienen que pagar por lo que han hecho, pero el objetivo es que no vuelvan a hacerlo y que entiendan el daño que pueden causar", incide.
Pese a las dificultades que presenta esta rama de la educación en el día a día, Cuadra arroja un balance positivo: "Para mí, el trabajo de educador es el mejor trabajo que existe. Cualquier tiempo invertido en un chico o chica es tiempo bien invertido".