El testimonio de dos jóvenes desde un centro de menores de Almería: "Acabar aquí me ha salvado"
La familia, la rutina y las nuevas oportunidades marcan el día a día de los 46 residentes de 'El Molino'

Hicham y Víctor, durante la entrevista con LA VOZ.
"Me ha venido muy bien estar aquí, me ha servido mucho. De aquí a unos años lo voy a agradecer un montón. Ahora miro atrás y digo: 'Menos mal que he entrado al centro'. Me ha salvado. En la calle... hubiera sido otra cosa". Así resume uno de los jóvenes su paso por el Centro de Internamiento de Menores Infractores (CIMI) 'El Molino'.
"Yo siempre digo que menos mal que me pasó con 17 años, me llega a pasar con 20 y ya no son 16 meses". "'No pasa nada, es un aprendizaje', me dicen mis padres. 'Eres muy joven y tienes tiempo para estudiar, trabajar...'", añade su compañero.
Víctor e Hicham —nombres ficticios para proteger su identidad— tienen dieciocho años. Uno es de Almería capital y el otro de Granada, y ambos llegaron a 'El Molino' tras una medida de internamiento, de la que ya han cumplido buena parte.

La habitación de uno de los menores.
Los dos describen una experiencia marcada por la distancia de la familia, pero también por una fuerte sensación de apoyo educativo, emocional y de autonomía progresiva. Del mismo modo, valoran positivamente la relación con los trabajadores del centro y la existencia de cursos formativos, que perciben como una oportunidad que fuera, "en la calle", difícilmente habrían aprovechado.
Su llegada al centro
"Desde el primer momento te apoyan, tanto judicial como emocionalmente. Los primeros días son los más difíciles", coinciden. Hicham, por su parte, es uno de los mentores, una figura entre los residentes dedicada a hacer más llevadera la entrada de los nuevos: "Es más fácil que te hagan caso al llegar si ven que estás en su misma situación. No te lo está diciendo un trabajador, te lo dice otro chaval, y al principio acuden a ti para todo".
Sobre la imagen desde fuera
Ambos enfatizan en la necesidad de romper con los estigmas que tiene la gente sobre la institución. "Mis amigos me preguntan cuando estoy de permiso que cómo es la comida aquí. Y yo me sorprendo, ¡si como mejor en el centro que en mi casa! La gente ve muchas películas y cree que aquí te pegan, que es una cárcel. Nada que ver con la realidad", subraya Hicham.
"Aquí no pegan a nadie, los trabajadores tienen mucho cuidado con el trato a los menores. Si la estás 'liando' te cogen el brazo para tranquilizarte y te bajan a observación, que es donde están los niños más conflictivos. Y si estás nervioso, pegando golpes o algo por el estilo, te frenan para que no te hagas daño. Hay niños que tienen conductas autolesivas, y les cogen las manos y piernas para tranquilizarle, nunca para hacerle daño", añade Víctor.

Baños de uno de los hogares.
Hábitos y valores para la calle
La convivencia, transmiten, enseña orden. "Los hábitos de aquí se me han quedado; yo antes en mi casa fregaba poco y ahora, si no barro o no friego, siento que me falta algo", confiesa Víctor, a lo que Hicham añade: "Cuando salgo de permiso, en casa echo de menos decir 'que aproveche' o hacer la cama; es como si me faltara rutina". Ambos ven en esto una preparación para lo que hay fuera: "Al final, es como convivir en un piso; fuera, muchos amigos tienen casas sucias porque no tienen ese orden".
Los menores están repartidos en hogares, que tienen en torno a las doce plazas. Bravo, Delta... son algunos de los nombres de estas 'comunidades' que han formado. En ellas, los jóvenes se organizan, apoyan y pasan gran parte de su tiempo libre. 'Flow' es el nombre que los miembros del Bravo han dado a su hogar, donde han construido una dinámica que su director, Daniel Cuadra, valora positivamente. El buen comportamiento de los chicos les ha brindado libertades "impensables" en otras circunstancias.

Hall del hogar Bravo.
"En otros hogares, era impensable la libertad que tenemos ahora. Por ejemplo, si yo quería afeitarme, tenía que estar yo solo en el baño con un educador. Ahora, puedo estar en el baño con una cuchilla, que otro compañero se esté lavando los dientes y no tengamos supervisión. Eso antes era inimaginable", confiesa Víctor.
Formación y oportunidades
Víctor quiere ser peluquero, y a Hicham le gustaría continuar por la rama de la chapa y pintura. El centro, en este sentido, les tiende una vía para cuando dejen atrás las vallas. "Aquí me saqué la ESO y ahora el certificado de peluquería; si no llego a estar aquí, ni ESO ni peluquería ni nada", dice Víctor.
"¿Cómo podía pensar así? ¿Cómo era capaz de hacer eso? ¿Cómo se me ha pasado por la cabeza juntarme con esta persona?"
"Las academias fuera cuestan mucho dinero y a veces ni son oficiales; aquí el certificado es oficial y gratis", añade Hicham. Además, los menores reciben una paga semanal basada en su comportamiento, que puede llegar a quince euros en el mejor de los casos. Con ella, cuentan, se dan algún capricho o proponen excursiones a la dirección, que les pide a cambio una serie de objetivos.
Experiencia "positiva"
Ahora, asentados, ven su paso por el centro como una experiencia positiva. "La gente ve esto como una cárcel, pero para nosotros es como una escuela, como un campamento", comenta uno de ellos. "No estoy bien, porque no estoy con mi familia. Pero dentro de lo malo estoy a gusto. Estoy muy cuidado aquí dentro, y me llevo bien con los demás", añade su compañero.
"Aquí ves la vida de otra manera. Piensas: '¿Cómo podía pensar así? ¿Cómo era capaz de hacer eso? ¿Cómo se me ha pasado por la cabeza juntarme con esta persona?'. Agradezco mucho haber pasado por aquí", finaliza Hicham.