El barrio de la Loma de Cárdenas

La construcción del colegio Europa en 1972 inició la urbanización de aquel paraje

A comienzos de los años 70 el colegio Europa reinaba en los descampados de la Loma de Cárdenas.
A comienzos de los años 70 el colegio Europa reinaba en los descampados de la Loma de Cárdenas.
Eduardo de Vicente 09:00 • 23 sept. 2022

En 1975, cuando empezaron las obras para construir un nuevo campo de fútbol, un campo de verdad, con gradas en los fondos y terreno de hierba, los niños de mi barrio organizábamos excursiones los sábados para ver cómo aquel sueño empezaba a hacerse realidad. 


Ir desde el centro de la ciudad a la Loma de Cárdenas, donde estaban haciendo el estadio, tenía tintes de gran aventura en aquellos años, ya que había que atravesar Almería para internarse en esa zona prohibida que para nosotros era la manzana del cementerio y todo ese universo rural, perdido en el túnel del tiempo, que lo rodeaba. 


Ir allí significaba escaparse, emprender una fuga de al menos dos horas, lejos de los territorios que nos marcaban nuestras madres, que no nos dejaban ir más allá del Paseo sin el permiso reglamentario, y siempre sabiendo con quién íbamos. Ir a ver el nuevo campo de fútbol podía tener consecuencias graves, y la sombra de un castigo ejemplar se aparecía en nuestro horizonte, sin que por ello perdiéramos la ilusión por afrontar aquella aventura.



Recuerdo la impresión que me causó la primera vez que desde el cerro que se elevaba más allá de la gasolinera de las Lomas vi a los lejos el esqueleto del ‘Franco Navarro’, en medio de un paisaje desolado, entre montes pelados y terrenos baldíos. Entonces el Hospital de Torrecárdenas era solo un proyecto que parecía imposible y la única señal de que estábamos todavía dentro de la ciudad era la presencia, en un costado, del Colegio Nacional Europa que humanizaba aquellos pedregales.


Allí estaba, como perdido en la Luna, el Europa, dándole valor a la Loma de Cárdenas, un suburbio entre el cementerio y el barrio de Las Chocillas donde no existía una carretera decente y donde todo estaba por hacer. Allí creció un colegio con una construcción moderna, presidida por la funcionalidad, donde abundaban los espacios libres y la luminosidad formaba parte de las aulas.



En aquellos años todavía existía un viejo acueducto de piedra que aparecía al sur del campo de fútbol para conducir el agua desde la fuente de Benahadux hasta los cortijos de las Lomas. Por debajo del acueducto corría el camino que acabó convirtiéndose en la vía de acceso principal para llegar al nuevo campo de fútbol.


Fue en esos primeros años setenta cuando empezaron las construcciones importantes, los primeros pisos y el primer alcantarillado. Uno de los primeros constructores que trabajó en el barrio fue Francisco Delgado Pérez, más conocido por el apodo de ‘el Pellejero’, por la célebre trapería que dirigía junto a la Rambla de Belén. En su época llegó a ser un empresario de renombre. Cuando la trapería se le quedó pequeña montó también una fábrica de borras y cuando comenzó a hacer sus propios colchones abrió una colchonería en la Plaza de San Sebastián. Sus éxitos comerciales le permitieron hacer sus pinitos en el mundo de la construcción y ser uno de los padres del barrio moderno de Torrecárdenas.




En 1976 empezó a funcionar el campo Franco Navarro, rodeado de descampados donde se iba a tomar el sol.
En 1976 empezó a funcionar el campo Franco Navarro, rodeado de descampados donde se iba a tomar el sol.

Con el colegio Europa funcionando a toda máquina, el Ayuntamiento tuvo que plantearse en serio la urbanización de toda la loma, que hasta entonces había vivido olvidada en su mundo de cortijos. Pero esa transformación fue lenta. Cuando en 1976 se inauguró el campo Franco Navarro, los aficionados tenían que atravesar un desierto para llegar hasta las inmediaciones del recinto y aparcar sus coches en medio de un descampado llenos de piedras y hoyos. Cuando había partidos de noche, meterse allí con el coche era una auténtica odisea, ya que la única iluminación era la que proyectaban las torretas de los focos del estadio. 


Ir al fútbol era como irse de excursión o pasar un día de romería. Se formaban largas colas en la Carretera de Granada y ríos de aficionados que andando peregrinaban hacia el estadio en las tardes de los domingos. 


A la hora de la salida el caos era absoluto. El que se metía con el coche hasta las proximidades del estadio podía tardar más de una hora en salir, por lo que muchos optaban por buscar aparcamiento en el camino que llegaba desde la barriada de Las Chocillas


Tener un nuevo estadio, donde el público podía rozar con las manos a los jugadores y disfrutar del olor fresco de la hierba, fue un acontecimiento tan grande que un simple juego como el fútbol llegó a convertirse en un acto de fe. El nuevo estadio fue el templo que aglutinó ese sentimiento colectivo hacia un equipo, como no se recordaba en Almería. 


La relevancia de aquel campo de fútbol que había surgido como un oasis en medio de la estepa, impulsó la urbanización definitiva de la Loma de Cárdenas, que culminaría en la década siguiente, cuando empezó a funcionar el gran centro hospitalario, que se construyó sobre el cerro más elevado de aquel desierto.


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