El caótico camino junto al ferrocarril
La Carretera de Sierra Alhamilla era un sendero junto a las vías del tren rodeado de naves industriales

La Carretera de Sierra Alhamilla en los años 70, cuando había tramos que eran senderos de tierra y piedras, junto a las vías del tren.
Más que una carretera era un camino o tal vez hubiera sido más justo emplear la palabra sendero para definir aquella pista caótica que unía la ciudad con el barrio de Los Molinos siguiendo el curso de las vías del ferrocarril.
Le llamábamos Carretera de Sierra Alhamilla y era el reino de los baches, sobre todo a lo largo del primer tramo que llegaba desde la entrada por el Camino de Ronda hasta las inmediaciones del Matadero, que era el único que estaba asfaltado. Cuando pasabas esa frontera la carretera se transformaba en un camino de cabras que desembocaba en las inmediaciones del Ingenio de Monserrat. Allí no había llegado el progreso: junto a las vías del tren aparecían amplios espacios cubiertos de vegetación al borde de un camino donde reinaban las piedras, un terreno rural que se convertía en un lodazal intransitable cuando llegaban las lluvias. Ese tramo final que iba a parar a Los Molinos se mantuvo intacto hasta los años noventa, mostrando a la ciudad todos sus defectos.
La Carretera de Sierra Alhamilla estuvo siempre marcada por la presencia del ferrocarril. Las vías la recorrían y le daban la vida gracias a los dos barrios que nacieron del tren, tan ligados a su presencia que las casas temblaban cada vez que pasaba un convoy. El primero era el de las Casas de Renfe, construido en 1956 para las familias ligadas al ferrocarril. Eran dos bloques de veinte viviendas con dos y tres plantas, con pisos de entre dos y cuatro dormitorios. En su día, cuando se construyeron, se consideraron un lujo porque para la mayoría de las familias que se instalaron en ellas suponía un paso adelante importante. Dejaban atrás sus pequeñas casas del casco antiguo llenas de humedad para vivir en pisos con dormitorios individuales y cuarto de baño con bañera y ducha, todo un adelanto para la época. Además, pagaban alquileres muy bajos que oscilaban entre las 130 y las 215 pesetas y disfrutaban de la calidad de vida que suponía vivir en medio de la vega, sin otro ruido que el de los trenes que pasaban a diario camino de Granada y Madrid.
El otro barrio junto a las vías era el que llamaban Gachas Colorás, un manojo de casas con jardín, tan antiguas como el propio tren, donde vivía el guardabarreras con todos sus familiares. Las casillas formaban un pueblo en medio de la vega, tan aislado que el único rastro de civilización era el que dejaba el tren cuando cruzaba y el de los trabajadores que pasaban camino del Matadero, que era la industria más antigua de aquellos parajes junto a la Carretera de Sierra Alhamilla. El Matadero Municipal empezó a funcionar en 1919 y su puesta en marcha sirvió para mejorar el camino que lo comunicaba con el centro de la ciudad.
En la Carretera de Sierra Alhamilla se instaló también la fábrica de papel que conocimos como La Celulosa, que empezó a funcionar en 1962, aunque su inauguración oficial no llegó hasta el año 1965, cuando el Ministro de Industria vino expresamente a darle el visto bueno. La aparición de la fábrica revitalizó aquel paraje de la vega junto al ferrocarril, sobre todo a partir de los años setenta cuando coincidieron en una misma manzana el Matadero, la Celulosa y la nueva Alhóndiga, que encontró refugio en la zona de la Goleta cuando cerraron la del Mercado Central.
Llegamos a los años setenta con la Carretera de Sierra Alhamilla convertida en un escenario extraño de enormes contrastes, con el creciente barrio del Tagarete asomando sus azoteas a las vías del tren; con los cortijos, las huertas y los establos de la zona del cortijo grande que seguía manteniendo su alma de vega; con las chimeneas de la fábrica de pasta de papel que nos regalaban los humos y aquel olor fétido que se hacía insoportable cuando soplaba el viento de levante. Era la carretera de los pasos a nivel, de la fábrica de envases de detergentes y lejías, de los talleres de construcciones metálicas Monteagud, de la carpintería de los hermanos Valderrabano y el camino que nos unía con la zona del Ingenio y Los Molinos, también marcados por la presencia constante del tren.