El torero inglés de Mojácar que no lo mató un toro

Saltó a la fama como el exótico matador que encandilaba por su valor. Mató 150 astados, pero a Henry Higgins una mala racha de viento se lo llevó al ot

Henry Higgins vestido de luces fue un romántico del toreo
Henry Higgins vestido de luces fue un romántico del toreo

El cuerno del astado mariposeó muchas tardes cerca de su ingle, por los ruedos de la España taurina. Pero al inglés Henry Higgins, motejado como Enrique Cañadas cuando se vestía de luces, no lo mató un toro, sino una maldita racha de viento cálido  que hizo caer el ala delta en el que volaba sobre las cumbres de La Paratá un 15 de agosto de 1978. 


Allí, en ese fatídico lugar de Sierra Cabrera, queda en su recuerdo una cruz de madera. Su cuerpo maltrecho fue inhumado en el cementerio de Mojácar, cubierto con un capote grana y oro, cuando solo había vivido los años de Cristo.


Higgins se convirtió en los febriles 70 en un personaje sonado en la España taurina y para miles de compatriotas que pasaban sus vacaciones en las costas españolas y que suspiraban por verlo torear, aunque no fuese un primer espada ni nunca llegase a serlo. 
El toreador anglosajón, enjuto de carnes, bajito y morenillo, parecía ser hijo de cualquier sitio menos de la isla del rey Arturo. Nació en 1945 en Bogotá, cuando su padre inglés trabajaba en una multinacional.  Recorrió el mundo con su familia  y alentado por las lecturas de Hemingway y su afición por el flamenco llegó a España. Pero los toros lo inflamaron de forma temprana -en cuanto asistió a la primera corrida- tan maridados con su forma arriesgada y barroca de entender la vida. 


En la primavera de 1966 acudió a la Maestranza sevillana y allí vibraba el inglés, colocado estratégicamente en la barrera, con las faenas que en el albero protagonizaban Antonio Ordóñez y Curro Romero. 
A su lado, con similar apasionamiento, se encontraba otro británico, Brian Epstein, quien se brindó a ser su apoderado, tras compartir ambos tertulias en el hispalense Hotel Colón, junto al escritor Kenneth Tinnan autor del libro Fiebre de Toros. Epstein, una celebridad ya por entonces como mánager de los Beatles, le preguntó: “usted qué desea poniéndose frente al toro?¿dinero, fama?”. “Yo quiero ser figura”, le contestó Higgins explícito.


 Epstein sabía cómo lanzar músicos, no toreros, pero hicieron buenas migas y el ‘quinto Beatles’, como llamaban a Epstein, le regaló su primer traje de luces de burdeos y oro que le costó 100 libras esterlinas y le costeó un novillo a puerta cerrada. 


Se entusiasmó tanto con su paisano toreador que recomendó a Lennon y a sus compañeros que fueran a verlo lidiar, algo que nunca llegaron a hacer los de Liverpool. 
En 1967, el año de Vietnam, debutó como novillero en el coso de Tenerife, aunque al poco tiempo falleció su mantenedor. 


La tarde de Raquel Welch En el verano del 68 muleteó en una novillada picada en Almería, anunciado en los carteles como “fino y elegante torero inglés”, junto a Vaquerito y Pedruelo, con astado de la ganadería de Manuel Cañaveral. Cuentan que en la contrabarrera estaba Raquel Welch, que rodaba en Almería  ‘Cien Rifles’, y que vió esa tarde cómo el torillo revolcó varias veces al insólito matador.


Higgins conoció entonces  a Tito del Amo, que después se afincó en Mojácar, abrió el celebérrimo Bar Titos en Las Ventanicas y se compró una casa enjalbegada y asaeteada por una sensual buganvilla. Tito se hizo su socio y financió sus comienzos lidiando novillos. Hasta que en 1970 tomó la alternativa en Fuengirola, con vuelta al ruedo, pero un año más tarde sufrió una grave cornada en Benidorm.


Su nombre comenzó a sonar en los ambientes taurinos y era conocido como el matador inglés, acompañado de su pastor alemán Blaster con quien entrenaba en la Casa de Campo de Madrid.


Antonio Ordóñez le vió maneras y le ofreció un contrato para torear en la Costa del Sol, aunque no tuvo suerte. Pero su leyenda crecía entre los  británicos y la revista News of The World le pagó 2.500 libras por publicar la historia de su vida en veinte folios. Decían de él que, después de El Cordobés, era el torero que más turistas arrastraba a las plazas. 


A pesar de sus luces y sus sombras y su retirada prematura, lo cierto es que mató a unos 150 astados en sus seis años de profesión siendo una figura estelar en la BBC, que seguía una a una sus corridas.


Pero con solo diez o doce contratos al año no podía sobrevivir: su exotismo, su perfil iconoclasta era, a su vez, aval y cerrojo. Antes que Higgins hubo otro torero inglés, Vicent Charles  Hitchncok,  y norteamericanos como Sidney Franklin y John Fulton y después otro inglés como Franc Evans, pero ninguno fue tan apasionado, tan ardiente, como él, dentro y fuera del anillo. Sus últimos años los pasó en Aguamarga y Mojácar, frecuentada también por Antonio Bienvenida. 


Allí montó una tienda de artículos de importación donde ahora está el bar Pavana. Encontró el amor, el calor de otros foráneos como el artista Fritz Mooney, y cuando estaba más apaciguado en esa montaña mágica, otra de sus osadas aficiones -el Ala Delta- lo dejó varado entre las cumbres mojaqueras. 



 


 

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