La fiebre por ponerse fuerte se convierte en epidemia en enero
Enero y septiembre son los meses con más inscripciones en Almería

Un atleta entrenando en el gimansio Synergym de la calle Granada.
Los gimnasios se han convertido en los auténticos templos de los nuevos tiempos que corren. La ciudad se ha llenado de centros deportivos en los últimos quince años y ya no hay un barrio con fuerza que no tenga su gimnasio reglamentario. La fiebre por ponerse fuerte se convierte en epidemia cuando llega el mes de enero y en el horizonte aparece el verano como ese destino al que hay que llegar bien formado. Las inscripciones se multiplican ahora que hay que borrar del cuerpo las cicatrices que ha dejado la larga Navidad. Es el momento de perder kilos y sacar la musculatura a pasear aprovechando que algunos centros, sobre todo los que pertenecen a grandes cadenas, ofrecen grandes ofertas con precios bajos asequibles a cualquier bolsillo.
Hay gimnasios en Almería con buenas instalaciones en los que se puede entrenar por treinta euros al mes, una cantidad insignificante si se tiene en cuenta que se está haciendo una inversión en salud. Treinta euros con la posibilidad de poder ir a entrenar los 365 días del año y hacerlo en un amplio abanico horario que en algunos casos va desde las seis de la mañana a las once de la noche.
El panorama de los gimnasios en Almería ha sufrido una auténtica revolución en las últimas décadas. Recuerdo que los adolescentes de hace cincuenta años no tenían lugares adecuados para entrenar y que los únicos gimnasios que había en la ciudad eran el de Quini y el de Barrilado, que ofrecían sus humildes instalaciones a un público mayoritariamente masculino. Entonces era raro ver a una mujer haciendo pesas porque se decía que la atrofia muscular las perjudicaba, al contrario de lo que ocurre hoy, donde se han igualado las fuerzas y en cualquier gimnasio hay ya más mujeres que hombres.
También se han superado los límites de edad. Antes el cliente de gimnasio se movía entre los veinte y los cuarenta años, mientras que hoy te puedes encontrar entrenando a niños de catorce años y a personas de avanzada edad que en muchos casos acuden a los centros deportivos como terapia para mejorar su estado físico y llevar mejor los achaques que van dejando los años.

Una imagen repetida es la del usuario descansando mirando al móvi
Otro cambio importante en los gimnasios es el de las relaciones sociales que se tejen dentro. Hace veinte años se formaban grupos de amigos entrenando cuando la comunicación formaba parte de la rutina de pesas. Entre serie y serie, en esos momentos de descanso, se solía hablar y se llegaban a hacer amistades. Hoy el panorama es otro, el individualismo se ha impuesto en los gimnasios y es frecuente ver al cliente que entra en la sala pertrechado con sus auriculares como si quisiera apartarse del mundo. Cuando tu tienes delante a una persona con cascos ya sabes que te está diciendo: “Déjame en paz”. Otro aparato que se ha colado de lleno en los centros deportivos para cambiar la rutina de comportamiento de los usuarios ha sido el teléfono móvil, que se ha convertido en una prolongación del cuerpo y el cerebro de la gente. Es raro ver a los jóvenes compartir sus experiencias mientras están entrenándose, ahora lo que se lleva es sentarse en una máquina, hacer una serie y agarrarse al móvil inmediatamente. Cada descanso es una vuelta a esa rutina fatídica del móvil, que a veces se convierte en un serio problema cuando el ‘atleta’ se pasa más tiempo trabajando la vista y la cabeza que su musculatura. Hay quien se olvida que está en el gimnasio y que hay un compañero esperando esa máquina, y se pierde en esa otra realidad que le ofrece la pantalla del móvil.