La calle más hermosa de la ciudad
La calle de la Reina con el mar al sur y las murallas al norte y sus grandes caserones era una de nuestras señas de identidad

La calle de la Reina antes de que derribaran casi todos los edificios de la acera derecha
Conocía la calle de la Reina como la palma de mi mano. Allí estaba mi primer colegio, la primera tienda de niños a la que entré por primera vez con una moneda en la mano, la botica donde me ponían las inyecciones para que tuviera más ganas de comer, el cine en el que descubrí el placer de los sueños compartidos y las aceras por las que jugábamos a correr en busca de la libertad del Parque y el horizonte del mar.
Conocí la calle de la Reina cuando todavía conservaba esa belleza de novia antigua que empezaba a tener los días contados. La calle de la Reina, con el mar al sur y las murallas al norte y con sus espléndidos caserones que nos contaban la grandeza de otros tiempos, era entonces una de nuestras señas de identidad. Si para los habitantes del centro, el Paseo era su referente, para los que nacimos entre La Catedral y el Cuartel de la Misericordia, la calle de la Reina era nuestra gran avenida.
Con qué felicidad bajábamos corriendo la calle, llegábamos hasta las escalerillas del Paseo de San Luis y volvíamos a subir al trote creyendo que éramos los ciclistas del Tour de Francia. A veces, si llevábamos una moneda en el bolsillo nos parábamos en el carrillo ambulante que Adolfo Segado colocaba delante del cine Roma donde por una perra gorda nos daba un caramelo de nata. Allí descubríamos las carteleras con las escenas de la película del día y nos quedábamos mirándolas con tanta atención como si estuviéramos sentados en el patio de butacas.
Entonces no podíamos ir al cine todas las semanas porque para las familias numerosas suponía un lujo innecesario. Al cine Roma íbamos de vez en cuando y por eso lo disfrutábamos más y lo vivíamos con una ceremonia excepcional a la que había que ir con la ropa de los domingos y oliendo a colonia.
El edificio del cine Roma fue la primera construcción moderna que llegó a la calle. El resto eran casas antiguas, muchas de un valor incalculable y de una belleza arrebatadora. Todas eran casas de dos plantas, con amplias ventanas con rejas e inmensos balcones que llenaban de luz las habitaciones interiores.
Recuerdo cada rincón del edificio de mi colegio, el San José, que tenía la fachada principal mirando a la calle de la Reina y otra lateral que se extendía por la calle de Bailén. Tenía tantas habitaciones que podía albergar un gran colegio donde los niños entraban en párvulos y se marchaban para entrar al Instituto. Recuerdo aquel patio interior donde a la hora del recreo teníamos que comernos el bocadillo de perfil para que pudiéramos entrar tres clases. Lindando con el colegio de San José estaba la escuela Diego Ventaja, con una estructura arquitectónica casi idénticas. Mi colegio era de pago y se basaba en una fuerte disciplina, mientras que el de al lado era público, con unas normas tan relajadas a veces que los niños se fugaban de las clases descolgándose como filibusteros por los hierros de las ventanas.
La calle de la Reina tenía la fuerza de los lugares que la atravesaban, calles importantes que estaban llenas de vida. La calle de la Reina era también la calle Arráez, paso principal de los que venían del Reducto y la Chanca hacia el ayuntamiento y el centro de la ciudad. La calle de la Reina era también la calle Bailén y la Plaza de Castaños, las puertas de entrada hacia la Plaza de la Catedral.
La calle de la Reina era prima hermana de la calle Pedro Jover con la que se cruzaba a la altura del Hospital Provincial, y lleva grabada la esencia del Parque en el que desembocaba.
La calle de la Reina se daba la mano con la calle Almedina, que en aquel tiempo estaba llena de negocios: tenía un colegio de prescolar, un barbero, una farmacia que daba a las dos calles, un fontanero, un mecánico de bicicletas, una carnicería, una panadería, un estanco, una heladería, dos tiendas de comestibles, un portal de tebeos y un bar, el de Casa Juan, donde hacían las mejores tapas de jibia en salsa y gambas con tomate que se recuerdan.