Letizia, la Reina que quiso ver la Revolución de Almería
Carta del director

La reina Letizia, durante su visita.
A Eduardo Baamonde le bastaron apenas cinco minutos para contar las claves de cincuenta años. 300 segundos para explicar cómo y porqué el mayor desierto de la Unión Europea se ha convertido en una amazonía de más de treinta y tres mil hectáreas. Fue el martes y lo hizo en el discurso de bienvenida a la Reina con motivo de su visita a Las Palmerillas, ese espléndido laboratorio en El Ejido donde se investiga la agricultura más avanzada del mundo.
“Hace cincuenta años en este mismo lugar -afirmó el presidente de Cajamar- un grupo de pioneros tomaron una decisión que cambiaría la historia”.
Aludía Baamonde a la decisión de la entonces Caja Rural (liderada por el tipo que más ha hecho por la provincia, Don Juan del Aguila, éste sí Ilustrísimo Señor) de traspasar la frontera fundamental de la provisión de fondos para adentrarse en la aventura equinoccial y delirante de financiar la investigación “para transformar el sol, la aridez y el viento en prosperidad”. Aquellos locos que en el desierto habían empezado a cultivar la arena en los poblados de colonización, no solo iban a tener apoyo financiero para sus (entonces) extravagancias, sino que, además, iban a estar acompañados por otros visionarios que buscarían en las arenas inciertas y movedizas de la investigación cómo aquel aparente despropósito acababa revolucionando la provincia.
Escuchaba la Reina las palabras de Eduardo Baamonde y quizá pensó cómo deberían estar de empobrecidos aquellos visionarios para que sucumbieran en el desvarío de creer que la maldición que les había condenado a mil años de miseria podía ser derrotada.
Almería, una de las provincias más pobres de España, un territorio hostil a cualquier atisbo de progreso, una geografía que acababa de ser abandonada por más cien mil emigrantes que huyeron de la miseria sin más equipaje que la desolación de la nostalgia y la fragilidad de la esperanza acomodadas en una vieja maleta de cartón se rebeló contra un destino que parecía inexorable. Aquellas primeras sangres, sudores y lágrimas churchilianas, los créditos de aquella Caja concedidos sin más garantía que una mirada limpia y unas manos encallecidas (José Luis Heredia me contó que un día Don Juan le dijo: antes de dar un crédito mira la manos; si tienen la aspereza del trabajo, dáselo) y la decisión de aquel consejo rector que en 1975 decidió emplear sus primeros beneficios significativos en la creación de Las Palmerillas fueron las tres palancas que imprimieron velocidad a una rueda que ha acabado siendo imparable. La revolución había comenzado.
Han pasado cincuenta años desde aquella apuesta por la investigación y el martes la Reina pudo comprobar cómo la inmensa fábrica de hortalizas que conforman las de más de treinta y tres mil hectáreas bajo plástico avanza a una velocidad constante e imparable.
Durante su recorrido por cuatro invernaderos comprobó cómo en este sur del Sur hay fábricas construidas bajo plástico que en su interior están dotadas de una tecnología tan avanzada que, después de más de una hora de recorrido entre enarenados, alambres, tomateras, abejorros, setos de biodiversidad y sensores climáticos, salió de esos laberintos industriales sin una mancha en el traje de Hugo Boss y sin un resto de tierra o barro en los mocasines de Massimo Dutti. La estación experimental de las Palmerillas es un laboratorio agrícola a pie de obra dirigido por Roberto García Torrente dotado de una limpieza casi quirúrgica. Un ejemplo mundial de cómo hacer cosas y, además, hacerlas buscando siempre la excelencia y los beneficios compartidos.
Pero doña Letizia no solo recorrió esa mañana la visión tecnológica de la agroindustria y la investigación almeriense. También buscó -porque quiso, y esto es muy importante- conocer la otra cara del espejo. Por eso se reunió con representantes de la Fundación Almería Tierra Abierta y con algunos inmigrantes que han encontrado en los invernaderos y después de vivir años en la precariedad de los asentamientos esa vida mejor a la que aspiraban cuando un anochecer de miedo y melancolía abandonaron sus aldeas africanas.
Porque, aunque algunos se empeñen en fomentar el racismo creando ruido interesado y desmemoria obscena (recuerden: antes los que emigraron fuimos nosotros), Almería es, también, un laboratorio de sostenibilidad social. La Reina quiso y pudo ver esa realidad. Una realidad que el extremismo racista y el clasismo social quiere incendiar para perturbar la convivencia por un puñado de votos. Racistas y clasistas sociales a los que lo que les molesta de verdad no es que recen a otro Dios, es que son pobres, no se equivoquen.
La Reina quiso ver la “Revolución” socioeconómica que ha convertido Almería en la huerta de Europa y lo hizo en la “casa” de una institución que, como apuntó el presidente de Cajamar en el cierre de su intervención, entendió desde su origen que “su función no debía limitarse solo a dar crédito, sino también a generar y transferir conocimiento para ayudar a construir un futuro mejor”.
Y ahí están los resultados.