La mala fama de los pollos de Simago

Acuñamos un dicho que hablaba de “la mala cara” que tenían los pollos de Simago

En la cafetería  de Simago se llegaron a organizar desfiles de modelos exhibiendo la ropa que llegaba a la ciudad en los primeros 70.
En la cafetería de Simago se llegaron a organizar desfiles de modelos exhibiendo la ropa que llegaba a la ciudad en los primeros 70. La Voz
Eduardo D. Vicente
07:00 • 19 oct. 2018

Qué miedo se extendió entre los comerciantes de la ciudad cuando allá por el año 1967 se supo con certeza de que un gran supermercado al estilo moderno iba a abrir en el Paseo. Nada más y nada menos que en el corazón de la ciudad, donde más daño hacía a los comercios tradicionales y a los vendedores de la Plaza de Abastos. 



El rumor se había ido sobrellevando con incredulidad en los primeros meses, hasta que recién construido el edificio Géminis se confirmó la noticia de que toda la planta baja había sido adquirida por una multinacional para abrir una superficie comercial gigantesca, como las que había en las grandes capitales. Todos los temores quedaron confirmados cuando en el mes de septiembre de 1967 apareció una nota en la prensa anunciando la llegada del nuevo establecimiento que se presentaba como una “importante cadena comercial de alimentación, textil y bazar”, que llegaba a nuestra ciudad después de haber abierto sucursales en Madrid, Santander, Oviedo, Gijón, Bilbao, Baracaldo y Puertollano.  



Muchos tenderos de los de toda la vida pensaron que la llegada de aquel monstruo iba a ser su ruina, que no iban a poder competir con los precios y con la variedad de productos que anunciaba la nueva cadena. Los que no tenían nada que perder y veían con buenos ojos la apertura justificaban el nuevo establecimiento con los argumentos de los muchos puestos de trabajo que iba a crear y de la vida que le iba a dar al Paseo.



Cuando por fin abrió sus puertas, casi toda la ciudad peregrinó a Simago aunque solo fuera por curiosidad. Las primeras semanas fueron de colas, de cajas que se embotellaban, de máquinas que se quedaban sin papel y de cajeras que se quedaban sin cambio y tenían que salir corriendo al banco más próximo para conseguir monedas



Hubo una locura colectiva con Simago, con sus bragas de oferta, con sus artículos de papelería más baratos que en cualquier sitio, con los embutidos selectos que llegaban de los lugares más lejanos de la península y con aquellas legiones de pollos que según las malas lenguas tenían tan mala cara que parecía que habían llegado de alguna guerra. 



Los pollos los traían en camiones y eran conducidos por unos empleados que parecían vestidos de enfermeros a la cámara frigorífica. Fueron los jóvenes de entonces los que le dieron mala fama a los pollos y los que acuñaron aquel dicho tan usado en Almería de “tienes más mala cara que los pollos de Simago”. 



Al parecer, la fama era injustificada porque en aquellos cargamentos de pollos había de todo: más gordos, más delgados, más amarillos, más blancos, pero todos pasaban las normas de calidad que exigían los tiempos y se convirtieron en uno de los productos estrella del establecimiento, que consiguió que el ramo de la alimentación fuera uno de sus motores. 



Al margen de que los pollos pudieran tener mejor o peor aspecto, existía una realidad que era incuestionable: el destino peor valorado por los trabajadores y por las trabajadoras de Simago era el del departamento de los pollos. Dentro de la casa era considerado como un lugar de castigo y cuando a alguien no le cuadraban las cuentas de la caja tenía muchas posibilidades de pasar un tiempo en la nevera custodiando las montañas de aves. 


Los pollos de Simago eran un éxito de ventas, sobre todo cuando llegaban las fechas navideñas y venían clientes hasta de los pueblos más alejados de la provincia. Simago, por Navidad, era un gran espectáculo

A los niños de entonces nos gustaba entrar aunque solo fuera para escuchar villancicos o a jugar a ver quien era el osado que conseguía llevarse gratis más lápices o más bolígrafos. Simago tenía tantos artículos y tanta variedad que algunos llegaron a creer que como sobraban no era delito llevárselos. Cuando el vigilante te cogía con las manos en la masa te conducía al cuarto de los pollos para que recibieras un castigo doble: el de la vergüenza de haber sido capturado y el de tener que aguantar el mal olor de las aves.


Otro entretenimiento infantil era ir a Simago para ver a las muchachas, que también nos gustaban mucho, aunque no llevaran una indumentaria favorecedora. Recuerdo aquellas batas de nailon de color celeste, casi transparentes, con las que parecían enfermeras, que fueron sustituidas después por otras de colores más llamativos. 


Por Navidad las estanterías se llenaban de todas las marcas de turrones y mantecados que había en el mercado y la sección infantil se convertía en un templo del juguete. Los clientes bajaban cargados del primer piso cuando todavía no existía el ascensor y las colas delante de las cajas se hacían interminables. Aquel ambiente festivo empezaba en la misma puerta que daba al Paseo, cuando montaban el destartalado trono del Rey Mago para que todas las almas inocentes pasaran por sus manos y se echaran una fotografía.


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