23-f : un testimonio familiar

La tarde del pasado sábado 20, pedí a mis seis hermanos, vía WhatsApp, que me resumieran en breves líneas su recuerdo, cuarenta años después, de la noche del 23-F. Nuestro padre, diputado de UCD por Almería, se encontraba secuestrado en el interior del Congreso por los guardias golpistas. De la infinidad de testimonios de aquella fecha no recuerdo, sin embargo, los de los familiares que vivimos con angustia aquella madrugada ante la incertidumbre de la suerte que podrían correr los diputados retenidos por Tejero.


Mi hermana Lourdes preparaba un examen de Farmacia para el día siguiente.


“Mamá con la tía Marita (hermana mayor de mi madre) veía la votación por televisión y de repente oí a mamá como reírse a carcajadas por el pasillo hacia mi cuarto… Y no fueron risas era un llanto horroroso, pobrecilla… Y poco más recuerdo… Después una noche tremenda de miedo e incertidumbre.”



Mi hermana Pipa, ya casada, estaba en un supermercado con su hijo Rafita de 10 meses de edad y único nieto de mis padres entonces. “Sentí terror de saber a mi padre dentro y que acabaran a tiros con el y el miedo cuando Milans del Bosch salió con los tanques en Valencia. Sí recuerdo la valentía de Adolfo Suárez y el discurso del Rey ya de madrugada.”


Mi hermano Santi estaba en un bar de la calle Alenza frente a la Escuela de Minas, “cuando entró la prima Amparo(Gómez-Angulo Giner)y me dijo que habían entrado unos guardias civiles en el Congreso y que cerraban la Escuela. En Juan Bravo recuerdo mucha tensión. Y al día siguiente el encuentro ya con papá en Neptuno.”



Mi hermano Jesús que lo seguía en directo con mi madre salió espantado a avisar a otro hermano, Javier, que se encontraba en una peluquería cercana. “Recuerdo que al día siguiente mamá me exigió ir al colegio. Y ya avanzada la mañana un profesor me dijo que recogiera y me fuera a casa a esperar a mi padre.”Y continúa. “Cuando escucho la cinta del golpe que la cadena SER le regaló a papá, no olvidaré nunca los gritos desgarradores de mamá al oír los disparos.”


Mi hermano Javier recuerda, en efecto, la entrada de Jesús empavorecido en la peluquería. “Recuerdo por la noche cuando empezaron a emitir música militar en la tele o la radio como un mal presagio”. Y precisa. “Creo que el miedo es la palabra que mejor resume la sensación a nivel familiar, por supuesto, aunque también en una esfera más personal porque yo estaba en Madrid unos días de vacaciones y me volvía a Balikpapan (Isla de Borneo. Indonesia). La perspectiva de no poder marcharme a mi trabajo o de tener que volver al ejército que había dejado hacía dos años escasos era muy intranquilizadora. La emoción y alegría al día siguiente son también inolvidables.”


Mi hermano Manolo regresaba de la Facultad de Económicas, en Somosaguas, con diversos enlaces de autobús. En la última parada ya en Diego de León, muy cerca de casa, se enteró de la noticia. “Fue una noche pavorosa. Fue una noche para el olvido.” Conserva una gran foto de la bancada de UCD, con Suárez al frente y mi padre fumando en el escaño.


Yo, por mi parte, me encontraba con mi mujer, en una pequeña tienda de la calle Bárbara de Braganza. Oí algún extraño comentario y salí disparado al coche. La radio confirmó mi sospecha. Dudé entre acudir a mi despacho de UCD en la calle Arlabán o a nuestra casa familiar de Juan Bravo. Opté por lo segundo.


Me encargué de atender la infinidad de llamadas que se iban produciendo a lo largo de las horas. De muy diverso y a veces confuso carácter. 


Llegaron algunos íntimos de mi padre. Entre ellos, todos recordamos al tío Manolo, ( Juan Manuel Padilla Manzuco, General de la Armada )y la del tío Paco, Comandante, hermano de mi madre. Su testimonio de solidaridad aquella noche es indeleble. La aparición del Rey en televisión con uniforme de Capitán General fue la única buena noticia de aquella noche y la señal inequívoca de que el golpe no iba a prosperar.


A altas horas de la madrugada los golpistas permitieron salir a la diputada socialista Anna Balletbò, que se encontraba en muy avanzado estado de gestación. A los pocos minutos sonó el teléfono de casa. Era ella. “Vuestro padre me ha pedido que os llamara para deciros que se encuentra bien y que estéis tranquilos”. Ese fue el momento más emotivo, el momento de las únicas lágrimas que derramé en aquella aciaga noche.


Quedaba la incertidumbre de saber la reacción de los militares que se encontraban dentro, afortunadamente a las pocas horas pude abrazar a mi padre en la plaza de Neptuno y regresar con él a casa.


El golpe había fracasado.



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