La derrota de España vista desde territorio enemigo

El Miloud reunió a más de cien aficionados marroquíes en la calle Real; La Marina apagó la tele

Ambiente durante el partido en el restaurante Miloud de la calle Real que se llenó de aficionados marroquíes con solo un seguidor ibérico.
Ambiente durante el partido en el restaurante Miloud de la calle Real que se llenó de aficionados marroquíes con solo un seguidor ibérico.
Manuel León
23:56 • 06 dic. 2022

Mientras la morería de la calle Real se arrodillaba feliz mirando a La Meca, el español que más lloraba en el césped de Catar era un francés. El patriotismo ibérico/almeriense -qué es un mundial de fútbol sino un torneo de patriotas con himnos, banderas y escudos- había sucumbido ante los vecinos de la otra orilla que viven también en la nuestra que ya es también la suya. Tan solo unos segundos antes, la cámara había enfocado el rostro de Busquet y media España ya sabía que fallaría el penalti. Lo sabía hasta el propio futbolista y lo sabían cerca del centenar de marroquíes/almerienses -de los 63.000 que hay en la provincia- que llenaban de punta a punta el restaurante Miloud, en el mismo sitio que estuvo antaño La Posad del Mar


El dueño del bar La Marina, un poco más abajo, decidió que no pondría el partido -¿Porqué no lo pones Mohamed? -Por el ruido, mucho ruido- y entonces el Miloud, un restaurante de cúscus y carnes halal, se llenó hasta el ombligo. Desde la entrada, en un largo pasillo y en filas de dos sillas, aparecían muchachos y hombres maduros vestidos con la camiseta granate del reino alauita y con algunas banderas estrelladas en la mano. 


También había jóvenes mujeres, alegres, felices, nerviosas, con pañuelos negros en la cabeza y el móvil en la oreja hablando en árabe, esperando la salida de los equipos por el túnel de vestuarios para disparar el flash. Allí el único cristiano era servidor en medio de la morisma futbolera.



A mi lado, mesas llenas de vasos de té a la menta y bolitas de coco despachadas por gente morena con ganas de algarabía. La tele marroquí- donde veíamos los mundiales de hace muchos años cuando había interferencias en la antena- enfocaba a Achraf gesticulando con su entrenador. Aplausos cuando saltó Marruecos y pitos cuando lo hizo España vestida de celeste, como el Celta de Vigo, pero sin el olfato de Iago Aspas. Gritos de fiesta  cada vez que el sevillista En-Nesyri le partía la cintura al nieto de Grosso; voces de enfado -uuuuuhhhhhh- cuando el árbitro argentino cobraba una falta a favor de selección española. Todo dentro del guion esperado en el rompeolas de Marruecos en el centro histórico de Almería. En ningún momento esperaba uno encontrar allí a un rubio, ni tampoco un plato de jamón con chorreras. Un vecino de mesa me pasaba, al final de la primera parte, una porción de pastelillo de miel y yo lo acepté: lo cortés no quita lo valiente.


España ralentizaba el juego a miles de kilómetros y el camarero pasaba un platillo como si fuera el cepillo de una Misa. Entendí que era el pago por adelantado de las consumiciones. 



Seguían llegando rezagados al Miloud, en una hora propia de la siesta, con el cielo amenazando lluvia. Llegó mi hijo Manu a hacerme compañía en  un lugar en el que por un momento me sentí como Gary Cooper en 'Solo ante el peligro'; llegó mi hijo, digo, y le chocó la mano a dos morillos delgados y me informó: “Uno se llama Hamza y es mi peluquero en la calle Pedro Jover, el otro es Ayoub, mi compañero de pupitre en el Galileo, es nacido en Almería, pero va con Marruecos”.  ¿Con quién iría ayer Pedro García Cazorla, el abogado islamita y dueño del restaurante árabe de La Almedina. 


Marruecos se crecía y España se apocaba y el único que sacaba algo de colmillo en la imagen del plasma era Gavi. Hasta que el árbitro pitó el final de la primera parte y llegó la hora de cambiar de escenario migrando a la parte de atrás del bar. Allí estaba puesta otra televisión con otro público, también mayoritariamente magrebí, que comía platos de cuscús a media tarde en mesas con manteles de hule. Dentro, en la cocina, varias mujeres picaban tomates y pelaban cebollas sin llorar, preparando quizá los platos de las cenas. “Fotos de la cocina no, por favor”, me pidió el dueño de ese restaurante  emblemático para los musulmanes que da por detrás a la estrecha calle Martínez de la Vega. 



El Miloud trasero es más sosegado. Algunas mujeres estaban envueltas en banderas de su país y como un guiño inesperado en la pared se veía colgado un escudo del Barça.


En cuanto acabó el partido en tablas raquíticas, sin goles, sin ocasiones, salimos a respirar algo de aire en la calle Real: allí estaba la persiana de Casa Joaquín bajada, la bodega El Patio de Nache casi vacía, igual que el bazar Angade y la Carnicería La Paz. Toda la atención marroquí y almeriense estaba puesta en un partido de fútbol en Oriente Medio, en un estadio en el que los alauítas multiplicaban a los españoles, como ayer en esa calle Real, santo y seña de la morería capitalina durante las últimas décadas. La Marina, un bar que fue de camareros de blancas  chaquetillas, donde las familias almerienses del Parque tomaban el aperitivo, ahora es templo de pinchitos de carne de cordero.


Al lado, en La Hormiguita, ya había comenzado la prórroga futbolera, que es como una especie de  reválida para los malos estudiantes. La barra estaba semivacía y en la terraza acristalada, presidida por un gran televisor, festoneaba un ambiente mestizo con alguna bandera española y otra marroquí. Todo muy repartido, pero cada afición a lo suyo, con unas mesas llenas de café con leche y copas de coñac.  Oportunidades para los dos equipos, nervios, en la banda Luis Enrique agachado, sale Willians con su pelo afro y se retira Asensio cansado. Pasan los minutos y Marruecos se crece. Y una mujer con la camiseta de Marruecos, suspira. Y un  señor muy almeriense le dice: -Muchacha, tu debes ir con el equipo de la tierra que te da de comer. -No señor, a mi no me da de comer ninguna tierra, a mi me dan de comer mis brazos.


Pasa por al lado un vecino con perro grande, sin poder discernir quién tiraba de quién. Y uno de los parroquianos le pregunta -¿Ramón, es que no ves el fútbol?. Y Ramón le responde: -A mí desde que no juega Pirri no me gusta el fútbol. Acaba la prorroga también sin goles, con muchas interrupciones, con Laporte jugando para atrás, arriesgando menos que un inversor de renta fija. Y llegan los nervios de los penaltis y mi vecino de mesa se atreve a pedir un bocadillo de calamares -"Es que tengo ansiedad". Y comienza la ruleta rusa con Sarabia estrellando el balón en el palo. Hay quien lleva ya tres copas de Soberano y está colorado como un tomate de Agadir.


Justo cuando Busquet, como decía al principio, puso cara de perdedor, anocheció y se encendieron las nuevas luces moradas en las copas de los árboles del Parque. España acababa de hacerse el harakiri desde los once metros, pero a los almerienses ya nos importaba un bledo. Algunos muchachos marroquíes bajaban alegres en hilera por la calle Real. Había dos furgones de la Policía Nacional apostados en la Fuente de los Peces. No parecía que fuese para tanto.


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