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Cómo nació y sobrevivió la bodega con los vinos más históricos de Almería

Fundado en 1949, el restaurante inició sus andaduras junto a una cuadra de caballos como bar de confianza de la gente trabajadora del barrio

El equipo tras la barra de la histórica Bodega Montenegro.

El equipo tras la barra de la histórica Bodega Montenegro.Elena Ortuño

Elena Ortuño
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En el corazón de Almería, donde aún perduran fachadas típicas almerienses y comercios que parecen formar parte del paisaje desde siempre, se alza un local que parece resistir al paso del tiempo a base de buen vino, madera añeja y muchas historias acumuladas. La Bodega Montenegro no tiene rótulos luminosos ni menús digitales; tiene barriles de vino enormes, jamones colgando del techo y marcos de madera que rodean el alma de un bar que es mucho más que un sitio para comer.

Y es que basta cruzar su umbral para entender las décadas de experiencia que se cuecen tras la barra del establecimiento. Fotografías de clientes de otra época, de toreros que alguna vez brindaron por una faena y de actores que acabaron pintados en un cuadro con el autor de la obra retratado al fondo custodian las mesas como si velaran por la memoria del lugar. 

En una de las paredes, junto a otros documentos enmarcados, destaca la cesión oficial del local de los primeros dueños a la familia que hoy lo regenta. Justo al lado, el escudo de oro entregado a José Ibarra López (padre del actual dueño de la bodega) por ser el hostelero más veterano de la ciudad brilla como un pequeño trofeo de resistencia.

Una cuadra como origen de la bodega

Montenegro es un bar de los de antes. No porque se lo proponga, sino porque no le ha hecho falta moverse. La ciudad, en cambio, sí que ha cambiado a su alrededor. Lo recuerda José Javier Ibarra Fernández, la voz y las manos que hoy mantienen en pie la bodega, con una mezcla de orgullo y melancolía. Con él coincide Chema, un camarero que -ya solo por todos los años que lleva trabajando en el local- forma parte de la familia Ibarra.

"Empezó mi padre", recuerda Javier mientras señala con el mentón al hombre ataviado con un delantal tras la barra. El susodicho, que además es su padre, entró con 14 años como empleado, cuando la bodega aún era una cochera de caballos donde se almacenaba vino. Con el tiempo, los antiguos dueños, Paco y Juan, le ofrecieron el relevo. Lo hizo sin apellidos ilustres ni padrinos: solo con trabajo. "Cuando uno se jubiló, le vendió su parte a mi padre. Luego vino la reforma y le vendieron la otra. Así se quedó con todo."

Javier cogió el testigo con 16 años, cuando aún se aprendía más viendo que estudiando. Recuerda los comienzos con su padre y cómo abrieron también "El Bosque", cerca de la Catedral. "Desde entonces, aquí estoy."

Para pescadores y obreros

La Bodega Montenegro no nació -como muchos podrían intuir- con tapas ni cartas gourmet. Nació para servir vino, en jarras o vasos, a los pescadores, portuarios y albañiles que pasaban a las cinco de la mañana buscando carajillos, ponches y un rato de conversación. "La puerta era de arena", rememora Javier. La gente traía su desayuno de casa y lo acompañaban con vino. 

Con los años, las tapas se abrieron paso: michirones murcianos, tabernero, habas fritas... "El michirón lo hacíamos con habas rotas, y si no valían, mi padre las tostaba con sal y las ponía de tapa". Nada se tiraba; todo plato tenía una historia tras de sí. 

Se trata de un lugar en el que si las paredes hablaran, lo harían con acento de mil lugares. Hay fotos, dedicatorias, recuerdos... Y anécdotas que solo caben en bares con tanto recorrido como el Montenegro. Algunos días iba un cliente ciego que medía el vino con el dedo y que tenía que lidiar con las travesuras de su lazarillo. 

Otra veces llegaba un vecino que traía un grillo con una tarjeta que rezaba: "No se aceptan ni obsequios ni gorrones". Si uno le daba la vuelta, ponía: Váyase usted a la mierda. "Era su forma de hacerse entender", relata Javier, entre risas.

La persistencia de la Bodega Montenegro

El secreto, asegura, está en la constancia: cocina casera, producto de cercanía, y un vermú que compran desde los tiempos del abuelo; pescado de la lonja, guisos tradicionales y un cliente que vuelve porque sabe a qué viene. "La comida es el secreto", repite. Aunque quien entra sabe que también lo es la historia que se respira.

La Bodega Montenegro no es solo un negocio. Es una de esas trincheras de lo cotidiano, donde la ciudad ha dejado su pulso durante décadas. Un sitio que huele a callos, a vino dulce, a madera vieja y a honestidad.

Y Javier, con su gesto tranquilo, sigue sirviendo detrás de la barra. Como si no pasaran los años. Como si los fundadores aún asomaran por la puerta. Como si la historia de Almería se escribiera, de verdad, entre jarras de vino y tabernero caliente.

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