La posada de la Puerta de Purchena

La posada de los Álamos era un lugar de referencia para los que venían a la ciudad

Eduardo de Vicente
09:00 • 08 ago. 2022

Era la posada mejor situada de la ciudad. Ocupaba la esquina más transitada de la Puerta de Purchena, la que bajaba desde la calle de Granada y  llegaba hasta la Rambla del Obispo Orberá. 


En los últimos años del siglo diecinueve, el edificio de la Posada de los Álamos ofrecía dos caras completamente distintas: la parte que daba a la calle de Granada y Plaza de San Sebastián era la más antigua y además de presentar un aspecto de abandono y deterioro, se había convertido en un obstáculo que evitaba el ensanche de ese tramo de ciudad, uno de los más transitados por ser lugar de entrada. El viejo paredón convertía en un embudo ese trozo de calle que daba acceso a la Puerta de Purchena, lo que provocaba las continuas críticas de la prensa de la época.


La fachada de la Puerta de Purchena estaba mejor conservada y aparecía partida por un callejón que daba acceso a las cuadras y a las cocheras, escenario que a veces servía de morada para los arrieros pobres que no podían pagarse una habitación en la fonda. “Anteayer falleció un pobre forastero en el pajar de la Posada de los Álamos. Pidió un cuarto y se lo negaron y se refugió en el pajar, donde amaneció muerto”, reflejaba una noticia del 28 de mayo de 1879.



En aquellos tiempos la posada era un hervidero de vida por donde pasaban gran parte de los carreros y vendedores ambulantes que desde los pueblos llegaban a la ciudad a hacer negocio. Los anuncios que aparecían en la prensa en el verano de 1871, mostraban la importancia de aquel lugar en el ir y venir de forasteros: “Ha llegado a esta capital, procedente de Granada, don Francisco Ramírez Castro, pintor de carruajes que ofrece al público sus servicios. Se hospeda en la Posada de los Álamos”. Era también un lugar de frecuentes tratos: “Se vende un caballo de alzada, procedente de la serranía de Ronda, para montarlo o tirar de un carruaje. Razón Posada de los Álamos”.


La actividad no cesaba en aquel trozo de ciudad por donde entraba la vida a chorro. Allí paraban también los coches de caballos que hacían las rutas con los pueblos: “Los pasajeros que quieran visitar las fiestas de Pechina no tienen más que acercarse a la Posada de los Álamos donde para la tartana de aquel pueblo”, decía un anuncio de 1877. Por la acera de la Posada de los Álamos corría la vida como un río que no cesaba. Por la estrecha embocadura que llegaba desde la calle de Granada y la Plaza de San Sebastián hasta la Puerta de Purchena pasaban todos los carros que buscaban el centro de la ciudad desde las afueras.






A la sombra de la fachada del edificio florecían las tabernas, las barberías, los tenderetes de los vendedores ambulantes que se ganaban la vida en el tumulto de la Puerta de Purchena. Tanto el embudo que se formaba frente a la posada, debido a la estrechez del paraje, como los puestos de los mercaderes, tenían que sufrir en aquellos tiempos la crítica de una parte de la sociedad que consideraba su presencia un anacronismo que deslucía la esquina más céntrica de Almería.


En mayo de 1890 el Ayuntamiento hizo desaparecer los puestos y barracas allí establecidos, “así como los feos toldos de varias freidurías adosadas a una de las fachadas de la Posada de los Álamos”, anunciaba el periódico. 


A comienzos del siglo pasado la posada era uno de los lugares más populares de la ciudad, un sitio de referencia para los almerienses y para los forasteros que nos visitaban.


En el verano de 1900, varios empresarios se unieron para instalar una linterna mágica, el aparato óptico que fue precursor del cinematógrafo, en el terrado de la posada. Lo utilizaban para proyectar imágenes todas las noches sobre las fachadas de las casas de la Puerta de Purchena, vistas de la ciudad, mezcladas con publicidad de comercios. Eran cientos los vecinos que todas las noches se acercaban por la zona para disfrutar de la proyección, que amenizó las veladas veraniegas hasta que la autoridad tuvo que suprimirlas debido a varios altercados que allí se produjeron. “Inmenso gentío se reúne por las noches en la Puerta de Purchena para presenciar los cuadros disolventes”, contaba la crónica del diario, que a la vez recogía los actos de  vandalismo que algunos protagonizaban mientras se proyectaban las imágenes: “Es de censurar que parte del público silbe y apedree el lienzo sobre el que se proyectan los cuadros cada vez que un anuncio aparece. Este tipo de hechos dan prueba de un atraso propio de un pueblo y colocan a Almería a la altura de una tribu rifeña”, criticaba el periodista.


Fue también en ese verano de 1900 cuando se abordó el ensanche de la Puerta de Purchena con un proyecto de expropiación del edificio de la Posada de los Álamos “para quitar rincones y ensanchar la entrada de la calle de Granada, que es acaso la de más movimiento de Almería”, decía el informe. Como suele ocurrir en Almería, cada proyecto se eterniza en los cajones de la burocracia y tuvieron que pasar muchos años para que se hiciera realidad. En 1907, la prensa volvía a incidir en la necesidad del ensanche: “La Posada de los Álamos está pidiendo a gritos que se le dé un corte que dé al sitio amplitud y hermosura”. Hubo que esperar hasta 1909 para que la expropiación fuera una realidad y para que el edificio quedara desalojado para su derribo.


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