Qué hay en el frigorífico de Membrives

Uno de los personajes más singulares de la ciudad por su vestimenta abre en público su nevera

Antonio Membrives mostrando su frigorífico repleto.
Antonio Membrives mostrando su frigorífico repleto.

Abrir el frigorífico de alguien en público es como dejarlo en calzoncillos en la Puerta Purchena; decirle a alguien que te enseñe su nevera para mostrarla a los lectores debe ser, por eso, como pedirle a un hombre o a una mujer que haga un striptease. Pero el dueño de esta nevera Bosch que se ve en la imagen de arriba no ha tenido nunca problemas de exhibicionismo: a tenor de su habitual indumentaria e impedimenta callejera debe ser el hombre menos acomplejado del planeta. 


Aquí, sin embargo, vemos a un Antonio Membrives más austero de lo normal, sin lentejuelas ni perejiles, como recién levantado de la cama, tan solo con una humilde sudadera escarlata espolvoreada de toros negros como el que hay plantado en un risco de Benahadux. Membrives no es un hombre de toros, aunque sí de paseillos por todos los barrios de Almería, principalmente por el suyo -El Zapillo- donde encuentra la felicidad desayunando en el Alaska mirando hacia esa playa proletaria; ahí está, como digo, el Gran Membrives con gafas a juego -ir a juego es el primer mandamiento de su catecismo- con una sonrisa de boca abierta, con su aspecto de arponero  de piel tostada que persigue ballenas blancas  en la cubierta con un diente de cetáceo colgado en el cuello.


Nos muestra membrives una nevera sencilla pero atestada de tarros. Se ven muchas botellas de leche y encima, al menos, siete salsas de tabasco, vinagreta y otros sabores. Aparecen cuadradas como soldaditos de plomo algunas botellas de vino, quizá para cocinar, porque Antonio es abstemio, asegura que solo bebe fanta. Asoma un sobre de queso rallado y un paquete de nata. Parece un frigorífico como muy americano, muy lleno de cosas tapadas como el que quiere ocultar lo que come. En el estante de arriba se insinúa un táper de ensaladilla rusa en primera línea entre otros comestibles muy apelotonados. Un bote de mermelada de naranja corona el espacio. Más abajo, un tarro de no se sabe qué de la marca Angulo y un queso Filadelfia para untar. En la parte meridional del frigo se adivina algo de pescado fresco y encerradas en el compartimento, como presos en el Acebuche, unas manzanas y algunas zanahoria. No hay demasiada gloria en la nevera de Membrives, pero seguro que la mejorará para Nochebuena, cuando acuda quizá a inaugurar el Mercadona de Sierra Alhamilla con su hábito preferido de Bob Esponja.




Goza este ácrata de la simpatía popular del que se sabe distinto porque así lo hizo su abuela Isabel que fue su personaje preferido, la que le reía todas las gracias. Y hay que reconocer que algo se ilumina en un bar o en una calle por la que él aparece porque rompe la grisura de la estética cotidiana. Asegura también que suele ir a Misa -no consta con qué atavío para la ocasión- y que es devoto del Cristo del Gran Poder del zapillo. Aunque no tanto como de San José, donde se pierde cada verano como se perdió el barco del arroz. 



No fuma, no bebe Membrives, a pesar de su aspecto de crápula y vividor. Es un hombre sin edad, nunca la confiesa o la esconde como Sarita Montiel, o la encoge, como hacía Carmen de Burgos, la propietaria del Paseo Marítimo que pisa cada mañana. Le gusta la formalidad y diseñar su ropa. Es el mejor amigo en Almería de Pepa Pig y tiene ocho armarios donde esconde colecciones enteras de sus diseños. Qué hará con ellos en el futuro. Las jovencitas le piden hacerse selfies  por las calles como si fuera una estrella de rap, mientras los mayores que desayunan en la Dulce Alianza murmuran: "Mira, ya va por allí el tío loco ese de los abrigos de colores".


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