Qué guarda Jerónimo Parra en la nevera
Presidente de la Cámara, antuso, subcontratista de obra pública, aficionado a las sobremesas y paladín almeriense del ferrocarril veloz

Jerónimo Parra junto a su nevera familiar.
Señala con el pulgar el frigorífico de su hogar. Un frigorífico bien surtido. Por eso lo muestra con orgullo, como diciendo: “Mirad, mirad, todo lo que tengo”. Quizá demuestra con esa actitud su origen rural, su raíz de hombre argárico criado en una tierra en la que cada día era una batalla para conseguir alimento: la felicidad de nuestras abuelas era poder darnos de comer tres veces al día. Jerónimo Parra -el del nombre de jefe indio y apellido bucólico- es de Antas y preside la Cámara de Comercio desde que tomó el relevo de aquel Diego Martínez Cano, empresario de la piedra, con vocación de defensa central. Jerónimo parece satisfecho con lo que almacena en la nevera. Es un frigorífico de altura, tanta, que supera la de su dueño. Se atisban muchos limones y pocas naranjas para ser de Antas, quizá sea para hacer mojitos en la sobremesa de los sábados; y guarda los plátanos también en el frigo, una excentricidad, aunque Jerónimo no es nada excéntrico, es de cosas claras: “Al pan pan y al vino vino”.
De vino tinto también dispone, empezado y tapado con tapón de corcho, en la leja inferior, un Cepa Lebrel de Rioja, de uva tempranillo, quizá la sobra de alguna cena con amigos. Jerónimo, como presidente de la Cámara, es el paladín almeriense del Corredor Mediterráneo, el pepito grillo de los últimos ministros de Transportes -y ya van unos cuantos- desde que la provincia empezó a avizorar el tren de alta velocidad. Él también es un corredor, un corredor de fondo: toda la vida para levantar una empresa de obra pública que ahora legará a sus hijos; siempre peleando con los plazos de entrega, con las certificados de obra, con la maquinaria que le subcontratan las empresas grandes; un trabajo para un fajador de la vida, para alguien astuto como él, como buen antuso que es, un lince para los negocios, para las cuentas, para los números, para no equivocarse, para no abarcar más de lo que se puede, porque el que mucho abarca poco aprieta. Y a él, a este émulo de jefe Apache sin rastro de pinturas de guerra, solo le gusta apretar a los ministros para que no se escape el AVE almeriense, ese que parece que nunca llegaría a la Isla de Almería, pero ya parece que sí. Lleva tiempo apretando, Jerónimo, tanto, que le duelen los dedos. Dedos que lo mismo firman un cheque que echan gasóil a una retroexcavadora; dedos que lo mismo parten uno de los limones de ese frigorífico que baten una tortilla de dos huevos. Se ven también en las lejas del electrodoméstico algunas latas de Cocacola tumbadas, mayonesas y salsas. Se nota que a Jerónimo le gusta salpimentar los alimentos y la vida. Jerónimo es genio y figura, un tipo afable que se fue a buscar novia a la sombra de Los Filabres. Habla con nervio, con convicción, dándolo todo, como un lateral correoso de regional. Sabe que su objetivo, su target, su diana, en lo que le va la vida, es en ese tren rápido que pelea desde su despacho de la Avenida Cabo de Gata con el mar de Las Almadrabillas como pórtico de la gloria; ese tren que le cambiará la vida, que nos cambiará la vida a todos, parece ser; ese tren raudo al que Jerónimo espera subirse algún día en un viaje a alguna parte.