Las mañanas del olor a café y Cola Cao
El aroma del desayuno ventilaba las casas al amanecer y limpiaba el aire cargado que dejaban las noches

Los alrededores del Mercado olían al café recién tostado de la casa ‘Café Ortega’. En la imagen, un momento de la bendición de la tienda en agosto de 1966.
En las casas nos despertábamos con el aroma del café, la leche caliente y la tostada de mantequilla que anunciaba la llegada de un nuevo día. Los olores del desayuno ventilaban las habitaciones al amanecer y limpiaban el aire cargado que había dejado la madrugada. Aquel perfume sugestivo que se repetía todos los días a la misma hora compensaba la amargura de salir de la cama para irnos al colegio. Aquellos momentos tan duros, cuando medio dormido ibas poniéndote la ropa y buscando la cartera, tenían el alivio del desayuno y el amparo de la radio, que en mi caso siempre fue mi fiel compañera en los instantes de tristeza.
Las mañanas de entonces olían a café. En el camino hacia el colegio, las calles se impregnaban de ese rastro a café recién hecho que se iba derramando por las ventanas de las casas y mientras caminabas sentías que toda la ciudad se despertaba siguiendo el mismo ritual, que lo que sucedía en tu casa se repetía en la de cualquier barrio, a la misma hora, con las mismas costumbres.
El café, que fue un lujo en la posguerra, se fue democratizando hasta convertirse en el alma de los desayunos y de las sobremesas. Uno de los recuerdos más lejanos que tengo, cuando no tendría más de cinco años, me lleva a ese ritual, a ese momento mágico, en el que mis padres molían los granos del café en el molinillo eléctrico de la marca Philips que con mucho esfuerzo habían conseguido comprar para utilizarlo en la tienda. A los niños nos gustaba contemplar la escena como si estuviéramos en un cine: sacaban los granos de los paquetes de papel y los iban depositando dentro del molinillo. Cerraban la tapadera con fuerza, presionaban una tecla y aquella máquina, como si fuera un dios, transformada el grano en polvo y llenaba la tienda y la casa de aquel olor intenso que te llegaba alma y te cargaba de energía.
Recuerdo también que el café molido era la primera venta de la mañana y que se despachaba envuelto en papel de estraza. El ritual del molinillo fue pasando a la historia cuando llegó a las estanterías aquel invento del Nescafé. Ya nada fue lo mismo. La maniobra de la molienda quedó relegada a unos pocos, a aquellos clientes más delicados que querían el café bueno de verdad, el que te animaba con solo olerlo, el que se disfrutaba por todos los sentidos. El Nescafé se fue imponiendo porque era más cómodo y más barato, con la misma fuerza que se impuso el Cola Cao, que se convirtió en nuestro mejor aliado para alegrarnos un poco los desayunos antes del colegio.
El denso olor del café estaba presente entonces en todos los rincones de la ciudad. Cuando los sábados por la mañana iba a la Plaza con mi tía me gustaba pasar por la puerta de la tienda de la familia Ortega, que desde 1966 se había establecido a lo grande en la Circunvalación del Mercado, con un torrefactor de café donde se realizaba el tueste a diario y una tienda auto servicio, seguramente de las primeras de este tipo que se pusieron en marcha en Almería.
La Plaza por la mañana era un inventario de olores. Al del café se unía el perfume de los churros recién hechos que como se decía entonces “resucitaba a un muerto”, sin olvidar el aroma del coñac y del anís que era el perfume oficial de los bares tempraneros de la alhóndiga.
El olor del café regresaba a las casas todas las tardes a la misma hora. Cuando los niños estábamos en la escuela, llegaba el momento de las cafeteras, ese instante en que las mujeres, después de terminar de recoger las cocina, disfrutaban de unos minutos de descanso. Los días en que no tenía que ir al colegio, bien porque estábamos en periodo de vacaciones o porque me encontraba convaleciente de alguna enfermedad infantil, me gustaba compartir aquella atmósfera de vientre materno, con el olor del café esparciendo su niebla en el comedor mientras que en la radio empezaban a sonar las notas de la sintonía de la novela que tanto emocionaba a mi madre.