Tito Paco y las historias de la Plaza de Toros
La memoria de barrio que deja Francis Montoya

Fotografía de Francis Montoya Cañadas.
En la Plaza de Toros había un hombre que parecía vivir siempre a medio camino entre una barra de bar y la siguiente historia. Para muchos era Francis. Para otros, el Tito Paco.
Uno de esos personajes de barrio que parecen formar parte del paisaje: de las conversaciones largas, de los chistes malos, de las anécdotas que siempre acaban en risa.
Nació el 13 de marzo de 1970, hijo de Esteban y Lola, el pequeño de seis hermanos. Creció en la calle Conde Villamonte, en aquella Almería que todavía tenía algo de pueblo grande y algo de ciudad mediterránea. Como buen hermano pequeño, los mayores lo espabilaron pronto. Quizá por eso desarrolló ese carácter tan suyo: tranquilo por fuera, independiente por dentro.
Su infancia fue la de muchos chavales de barrio de los setenta y ochenta: el colegio Calvo Sotelo, las tardes del Zapillo, las balsas de La Molineta, la cueva de Conan, los veranos en el cortijo de su amiga del alma. Y también las travesuras en VIFOR, la fábrica del abuelo.
Allí empezó a trabajar con apenas quince años, entre viguetas y forjados. A veces paseando orgulloso en el dumper, otras en el SEAT Supermirafiori, como si fuera capitán general. En aquella fábrica también se compartían las migas del Malancao o aquel arroz suyo, pasado de picante, alrededor de un viejo carro de madera.
Luego llegaron los sobrinos y el resto de la tropa familiar.
Y Francis empezó a ejercer el papel que ya nunca abandonaría: Tito Paco. Tito de sangre para unos y de adopción para muchos. Tito Paco de media generación. Los mayores aún recuerdan cuando los perseguía por la casa con la toalla liada como un pareo y la zapatilla volando como un misil. Con los años llegaron también los sobrinos-nietos, a los que siempre mimaba con batidos de chocolate y magdalenas.
Hizo la mili en San Javier y dicen que aquel uniforme ayudó a más de una conquista. Porque Francis era así: un alma libre. Conquistador. Un poco truhán… y, a su manera, un señor.
Pero si algo definió su vida fue su manera de habitar la ciudad.
Francis leía Almería en sus bares. En los locales míticos de las Cuatro Calles, escuchando a Europe en Anagrama, bailando Modern Talking en Galaxia, con Duran Duran sonando en La Moderna o entre guitarras en el Giorgia.
Y también lo hizo con los bajos repetitivos de la electrónica noventera sonando en su "Polillo verde" mientras chocaban las litronas en los bajos.
Cada época tuvo su banda sonora. Pero Francis siempre estaba en el mismo sitio: entre la barra, la conversación y el siguiente tercio.
La vida lo llevó también a otras etapas. Tras la muerte del abuelo llegó Valencia. Allí, junto a una vasca —quizá la mujer de su vida— trabajó como controlador de seguridad.
Más tarde, ya jubilado, siguió siendo un buscavidas: estirando la pensión como podía, con algún trapicheo, con esos “empréstames” que pedía en su lengua inventada.
Algún trabajo esporádico detrás de una barra. Como chófer de la delegación de Egipto en los Juegos Mediterráneos. O como compañero fiel de su sobrino en proyectos por media provincia.
Le gustaban las películas malas de serie B y los crímenes imperfectos que podía ver durante horas. Pero siempre era fiel a su ruta diaria de templos sagrados de barra y conversación: unas tapas en la Peña Athletic, unos embutidos en La Reguladora, el Mora, el vinillo del kiosquillo de la Plaza de Toros, el bar de Paco, el Plaza o el Valverde. Allí queda también su última recomendación familiar: “Tenéis que probar estos calamares”.
Hace unos años le tocó despedir a su gran protectora, la abuela Lola. Aquello lo dejó huérfano de una manera especial. El testigo lo cogió su hermana María con la firmeza y su hermana Manuela con la mano izquierda. A los varones no se lo puso tan fácil porque...como todos, tuvo sus luces y también sus sombras. A veces caprichoso. A veces egoísta. A veces un niño inmaduro.
Pero profundamente especial. Simplemente Francis.
Ahora, a pocos días de cumplir 56 años, se nos va demasiado joven.
Pero habiendo vivido como quiso: con los suyos, con colegas, con risas, con chistes malos y con muchas barras de bar.
Y al final uno entiende algo sencillo. Que lo importante no es lo que uno acumula. Sino lo que deja. Francis no deja patrimonio.
Deja historias. Porque mientras en algún bar de la Plaza de Toros alguien diga: “¿Te acuerdas de Francis?”. O algún cuarentón pregunte: “¿Te acuerdas del Tito Paco?”. Él seguirá ahí. Entre una mesa, una barra y la memoria del barrio.