El viejo ritual de lavarse en un barreño

El barreño de zinc formó parte de nuestro inventario infantil

Antonio Díaz, el hijo del célebre peluquero de señoras, con su madre y con su tía cuando lo aseaban en un barreño de zinc en la puerta de su casa.
Antonio Díaz, el hijo del célebre peluquero de señoras, con su madre y con su tía cuando lo aseaban en un barreño de zinc en la puerta de su casa.

En la pared del patio, colgado de una alcayata, descansaba aquel viejo barreño de zinc que para muchos de nosotros era un potro de tortura, el símbolo del castigo que significaba lavarse. Estaba allí, vigilándonos, esperando a que llegara el momento de entrar en acción, mano a mano con los cazos de agua que las madres iban calentando en la lumbre para que no cogiéramos frío.  Lavarse en un barreño fue un ritual que estuvo presente en las casas hasta hace medio siglo, cuando el adelanto de la ducha y de la bañera acabó llegando a todos los hogares, incluso a las casas de los más humildes.



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