Qué guarda Pablo Mazuecos en la nevera
Al contrario que a su dueño, es un frigo al que le falta chicha, le falta la pasión que le sobra a su señor; y sin embargo hay una ambrosía inesperada que le hace subir nota

Pablo Mazuecos, fundador de Clasijazz.
En su cuerpo hay rizos, acordes y temperamento apasionado por algo; y también rasgos de bonhomía, huellas de actor cómico y torso de hombre forzudo con alergia al gimnasio; también -por la forma de mirar con los ojos detrás de las gafas de concha y por la risa floja que le aflora en los labios- este hombre debe tener una amante. Uno diría, sabiendo de su biografía, que es la tecla, el pentagrama, la corchea y semicorchea, el do, el re, el mi, el fa, pero también el sol, el la, y el si; sí que la tiene -la amante- aunque no sea de carne y hueso, aunque sea invisible y solo se la escuche, alternando el sonido con el silencio.
Señoras y señores, este hombre se llama Pablo y se apellida Mazuecos y aunque casi nadie lo sepa es pariente lejano de Federico, el de Poeta en Nueva York, el de Verde que te quiero Verde, el de la Bola Negra. Porque su abuela -la del poeta granadino- se llamaba Isabel Rodríguez Mazuecos, entroncando con el árbol genealógico de nuestro protagonista, que hunde alguna de sus raíces en el lorquiano pueblo de Fuentevaqueros. Debe haber poca gente en esta ciudad, en esta provincia, tan entusiasta como Pablo con su proyecto musical, con su Clasijazz, que es como si lo llevara tatuado en el corazón desde hace ya no pocos años y como lo demuestra en la camiseta que viste para esta ocasión.
Y sin embargo, su nevera -la nevera de Pablo- a uno le entusiasma menos que a él las notas de un saxo. Es verdad que es un frigorífico grande: se advierte -de arriba abajo, como en la rue del Percebe- verdura fresca envasada y varias latas de Cocacola, de tónica y un pequeño batido de chocolate; y más abajo variados yogures y alguna natilla solitaria; en la oscuridad del sótano del electrodoméstico se adivina alguna pieza de fruta -peras y mandarinas pueden ser- y más abajo aún bolsas junto a lo que parecen puerros. En el estante abierto hay algo de mantequilla y cinco huevos que no dan para mucho. No debe ser de tortillas, Pablo. Y también flota una bolsa de queso para fundir y numerosos botes de salsas. Es salsero este Mazuecos, al menos en la cocina. Nació en el barrio de la Bola Azul, que es como nacer dos veces y forja carácter.
También hay agua con gas y un tetrabrik de vino blanco, quizá para hacer algún guiso o pochar alguna carne. Pero lo más genuino de esta nevera pachanguera y musical es la caja cuadrada de cartón que no es una pizza. No lo es. Es nada más y nada menos que una caja del mejor chocolate del mundo, el de Pierre Marcolini; chocolate para tomar caliente de este glamuroso maestro chocolatero belga. Quizá haya estado Pablo recientemente en Brujas, en Gante o en la Grand Place de Bruselas, en alguna escapada al Conservatorio Real de esta ciudad/capital de Europa.
Y sin embargo, a pesar de esa ambrosía chocolatera, uno opina que a esta nevera le falta algo de chicha: algún filete, algo de pescado, algo de jamón ibérico. Nada de eso aparece; le falta algo de fundamento de Arguiño, algo de fuste, entre tanto capitel florido. Y en eso se demuestra que, a veces, el frigo no es el reflejo del carácter de su dueño. Si algo tiene Pablo en la vida, este Pablo apasionado y ardiente, es eso: chicha y limoná.