Qué guarda Tony Fernández en la nevera
El frigorífico es austero como su amo, con alguna sorpresa inesperada; Tony es legítimo como un cohíba de Camagüey hasta para alimentarse

El periodista de Deportes Tony Fernández nos enseña la nevera de su casa.
Tony Fernández es gacetillero dicharachero, pero también es un homínido y necesita comer. Por eso una de sus preocupaciones semanales es la del abastecimiento neolítico de alimentos. Escribió Ortega que Uno era yo y sus circunstancias y yo añado que Uno también es Yo y su frigorífico. En el de Tony se observa, detrás de su cabeza huesuda, una macedonia: en la cúspide, un tetrabrick que parece caldo de pollo de la abuela y debajo algún paquete de huevos y el jamón que -se justifica él- le ha recetado su médico. Jamón reguleras, pero jamón, al fin y al cabo. Y se adivina también una olla grande de algún guiso que podría ser casero y un plato tapado con otro plato que parece esconder una tortilla. Son platos de Duralex, quizá de la primera añada de Muebles Mago, cuando estaba en Rambla Alfareros. Se perfilan también, sin ocupar mucho protagonismo, como actores secundarios de la tramoya, unos tristes botes de garbanzos (¡tienes muchos botes Tony!) y otros tuppers con trazas de contener alguna verdura humilde. Hay mucho rancho de campaña, como si su amo aún estuviese haciendo la Mili junto al Ebro. Y de la leja más baja nos llega la vista más grata del electrodoméstico: una fuente de higos verdes y negros, turgentes, casi fuera de temporada, y que, por supuesto, uno da por sentado que nunca van a pisar la redacción donde trabaja Tony. Y al lado, escondidos como un santo grial, unos yogures naturales proletarios, que no hacen ningún aspaviento, junto bolsa de zanahorias, de dudosa caducidad, que no admite ni un solo rapto poético.
El estante de la puerta está coronado por salchichas, muchas salchichas, de franckfort, de las de toda la vida, de las que nos comíamos crudas cuando éramos niños porque no teníamos paciencia para esperar a que las dorara el aceite de la sartén. A la diestra, en el trono de arriba, unos zumos de bolsillo, quizá para cuando su dueño sale a caminar y se guarda alguno en el bolsillo del pantalón de tergal, como si volviera a ser un Flecha en el Campamento de Aguadulce. Curioseando entre las bebidas se percibe lo que parece un Estola tinto, dos botellines, leche desnatada, una botella de Sprite y varias latas de cerveza, juraría que sin alcohol. No podría, el propietario de este refrigerador de clase media, con lo que aparece en el horizonte, marcarse una fiesta de universitarios de fin de semana. Austeridad, mejorables alimentos y poca grasa: la nevera de un periodista de tripas y de corazón, de ingenio y de chispa.
Pero Tony, además de reportero, era antes otras cosas: el hijo de uno de los Saberes, un camionero que trabajaba llevando cemento para Moreno y Alarcón; fue también un palomero en el patio del recreo que defendía menos que Mbappé, un vendedor de coches, en el sentido estricto de la frase. Todo eso quedó atrás. Ahora, los fines de semana de carrusel, se pone una visera verde para que no le moleste la luz del estudio -es como un búho de Tabernas- y principia a narrar los partidos del Almería a grito pelado, sin cadencia, con las vísceras, no con la garganta. No deja de contar lo que pasa en la hierba, él, que suma trinenios sin pisar el esplendor de la hierba. Es Tony el Pepe Domingo Castaño de la radio de Almería, el Boby Deglané de Magistral Domínguez, el Héctor del Mar del barrio de Los Angeles. Tony es un periodista Red Bull, es un hombre de mercados y ofertas, de bocadillos imposibles, de asalto a la nevera del hambre; es también un personaje de periferias, de barrios, de esquinas, aunque no sea mea en ellas, vive en el vértice de la redacción, donde todo llega en sordina, donde permanece atento -con sus ojos azules- a lo que windows le devuelve en la pantalla cuando teclea apresurado con dos dedos.
Tony es legítimo como un cohíba de Camagüey, infumable a veces; no le pega, pero si bebiera como en las películas de Colombo, bebería ron peleón como los piratas, aunque Tony no es ni Colombo ni pirata, es un periodista intruso que lleva 40 años de intrusismo comiéndose la merienda mientras marca Arribas o antes Negredo o antes aún Rolón o Murúa, por ejemplo. Ahora tiene las sienes plateadas como Gardel, pero no siempre las tuvo así; ahora es un cascarrabias, aunque creo que nació así; ahora apaga las luces como si no hubiera un mañana y si sale a la calle y ve una bombilla le tira una piedra para que no gaste; y apaga el aire acondicionado: cuando está Tony en La Voz y la SER no hace ni frío ni calor, hace Tony. Es un hombre que no gasta, no necesita gastar. Tony es una radio Telefunken en el dormitorio de la madre, es un obituario con llorera incluida. Va casi todos los días al cementerio de San José, este hombre, a ver a sus amigos, a su familia para ir entrenándose en el silencio.
Tony tiene canas pero no tiene arrugas, al menos yo no se las veo, solo las de los polos que gasta, y no necesita ir al gimnasio para estar en línea, (no me imagino a Tony en el Ego, ni con abono descuento). A Tony me lo imagino -cuando no está gritando goles o escribiendo obiturarios del Pichatrapo- en el Pryca comprando chopped o hablando con su amigo Juan Lozano de aquel futbolista del Plus Ultra que se le parecía a Dani Daniel, porque Tony también es música: de Pablo Abraira, de Adamo, de los Puntos de Paul Anka, de 'Mis manos en tu cintura', de la música Caramelo que pinchaba en el tocadiscos de Radio Almanzora las sobremesas de cada día.
Algún día no se cómo me despediré de él, porque -como Romero- no sé si lo quiero o si lo odio después de tantos años. Don Antonio Fernández Camacho, usted nunca pasa de moda, aunque a veces lo parezca.