La Voz de Almeria

Almería

Qué guarda Enrique Martínez Leyva en la nevera

El rey almeriense de la publicidad, el hombre con humo en los zapatos, abre de par en par su frigorífico y sorprende con un inesperado contenido

Enrique Martínez Leyva con la nevera de su casa de Aguadulce a sus espaldas.

Enrique Martínez Leyva con la nevera de su casa de Aguadulce a sus espaldas.

Manuel León
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Mírenlo, con los pulgares hacia arriba, como un emoji en estéreo de Wasap; mírenlo, con la nevera abierta de par en par, como el balcón de la abundancia de leche y miel en la antigua Tierra del Canaán del Viejo Testamento; mírenlo a Enrique, el de los pies ligeros, como llamó Homero a Aquiles en la Iliada, con una sonrisa tan abierta como el frigorífico que tiene a sus espaldas. Uno observa la foto y no se le ocurre otra cosa que exclamar: “Qué tío más feliz”. El tío feliz, sin embargo, tapa la nevera con su cuerpo serrano, como diciendo: “Aquí lo importante soy yo, no lo que almacene mi frigorífico por muy de alta gama que sea”; mírenlo, cómo levanta los dedos, como Classius Clay tras una victoria en el Madison Square Garden, con el reloj anudado a la muñeca derecha, como un líder en lo suyo, que es la publicidad, o en lo que se le ponga por delante, como por ejemplo en cocinar arroz con pulpo para sus amigos o en escribir un libro de presencias y de ausencias. Él es nuestro Enrique, Enrique Martínez Leyva, aunque no lleve sombrero como el cantante del mismo apellido. Él solo se pone sombrero cuando acude al MiniHollywood de su desaparecido amigo. Es Enrique, el de la calle Murcia, el de la Venta del Viso, el de la calle Martínez Campos,  el del edificio Trino, todos en uno después de tantos años. Como debe ser.

Ahí está, por tanto, el urdidor de Plataforma Publicidad, el niño que fue de Radio Juventud, con un chándal Kipum de inspiración precolombina, como un inca ocultando el tesoro de sus viandas refrigeradas. Se adivina tras él mucho lácteo, mucho calcio para que los huesos aguanten bien después de 77 abriles de batalla campal; se avizora en la fresquera también mucho vino empezado, con su reglamentario corcho encajado en el brocal de botellas de blanco, tinto y alguna de manzanilla de Sanlúcar, porque Enrique es un hombre de levantar mucho la copa por lo que haga falta. Porque para eso estamos en este mundo. Porque, al contrario de lo que escribió Santa Teresa la de Avila, Enrique no cree que la vida sea 'una mala noche en una mala posada'. Para él la vida es un brindis, como para Gardel era un tango y un gato de porcelana para que no maullase el amor.

 El estante de arriba del electrodoméstico parece la cabaña del abuelo de Heidi, con quesos y más quesos frescos y un inopinable caldo para fideuá en tetrabrik con pinta de llevar semanas abierto. A la diestra, un yogur de mora con bífidus activo para que funcione bien el intestino de su dueño, junto a un paquetillo que uno interpreta como el envase de unos huevos del Mercadona y un tarro de miel de mostaza, que, seguro, Enrique gasta para embadurnar tostadas dominicales, cuando tiene algo más de tiempo y no tiene que conducir con prisas desde Aguadulce a su despacho capitalino. Porque Enrique trabaja en Almería -y en cualquier parte del mundo- aunque su capilla Sixtina es un camarote en su Luna de Mar, con la bodega llena, y también su casa marinera y aguadulcina con un rótulo en la puerta que pone Cala Arena, en unos terrenos que, como medio Aguadulce, pertenecieron a aquel esclarecido prohombre conocido como don Máximo Cuervo Radigales.

No está muy llena la nevera de Enrique como vemos -quizá la bodega de su barco de grumete travieso atesore más manjares- pero debe ser suficiente para un hombre frugal, como debe ser un personaje al que le sale humo de los zapatos y le brotan torrenteras de palabras amables de los labios.

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