La Voz de Almeria

Almería

Qué guarda Antonio Hermosa en la nevera

El periodista de Canal Sur sorprende con un frigorífico muy de abuelo de Heidi en el que quizá falte contundencia

Antonio Hermosa junto a su frigorífico.

Antonio Hermosa junto a su frigorífico.

Manuel León
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Ha sido durante décadas como el Pedro Erquicia del Telediario almeriense, pero en guaperas; la de amas de casa que habrá prendado desde aquellas teles pequeñitas que se colocaban en la cocina, mientras borboteaban los garbanzos en el puchero, mientras él contaba los detalles de una redada en El Puche o la última exposición de Pérez Siquier en la Escuela de Artes. Él es Antonio Hermosa, moreno de verde luna, nunca triste, siempre risueño, con una alcachofa cerca de la boca; él es un periodista madrileño -nunca recuerdo si de Móstoles o Leganés- que llegó a Almería cuando aún había linotipias y papel de estraza y que nunca más se fue. Hermosa es hermoso como el mensajero Hermes y aunque ya está jubilado no se ha vuelto por eso hermético. Ya no presenta las noticias en Canal Sur, pero sigue siendo el Dorian Gray de Almería sin una arruga. Se le ve a veces sentado en el Paseo Marítimo expuesto a la luz del meridiano, como pensando a quién va a entrevistar el fin de semana en este periódico: unas entrevistas sui géneris, en las que Hermosa no solo acompaña con sus preguntas al entrevistado, sino que le echa el brazo por el hombro y queda también inmortalizado en la fotografía al alimón que sale publicada, haciendo suyo lo que escribió una vez Azorín: “Una entrevista siempre es cosa de dos, como una almohada matrimonial”.

Antonio debutó en un semanario llamado Sudoeste Express, más viejo que la fuente de la Polka, y en 1983 apareció tierno por aquella Almería de alsinas y N-340 a hacer prácticas en el Ideal de Miguel Ángel Blanco. Y de ahí a La Crónica, a La Voz de Almería y a Canal Sur donde ha colgado el micrófono y los polvos del maquillaje, después de 43 años de entradillas, titulares y totales. Se sabe de él también -de este Hermosa aún juvenil, con edad de ser yayo puñetero- que es teatrero o teatral, que ha representado en las tablas libretos de Oscar Wilde y que es un cómico de los de antes, como aquellos Galvanes que aparecían acarreando maletas en Viaje a ninguna parte.

De lo que no se sabía hasta hoy tanto de Antonio, del bello Hermosa, es de lo que guarda en la nevera, en su nevera, el sancta sanctorum de cualquier hogar, con permiso de la alcoba. No es un frigorífico- el del periodista jubilado, pero no retirado- que destaque por su esplendor. Es más bien un frigorífico mustio -al contrario que su dueño- lo que asoma por la puerta del refrigerador: un solitario botellín de cerveza como único superviviente de la batalla del fin de semana; muchos quesitos acumulados, como si se fueran a acabar las vacas; mucha mantequilla Flora y poca fruta, por no decir ninguna, solo se adivina algún pimiento verde en el último estante y los restos de una Fanta de naranja que parece que fuera abierta en tiempos de Santiago Martínez Cabrejas. Ni atisbo de carne o pescado o de un buena tripa de Cantimpalo. En las baldas de la puerta acumula Antonio más mantequilla y algo de sobrasada y debajo unos artefactos que uno no sabría identificar ni decir por qué están en la nevera. En la leja de las bebidas, un bote de leche Omega 3, nata montada, un zumo de piña, y agua mineral. Moraleja: mucho lácteo como corresponde a alguien que dicen que siempre ha estado como un queso. 

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