“Lo mandan a una residencia y a mí a compartir piso”: desahuciados en Roquetas con cáncer y Alzheimer
Les han rechazado el alquiler sistemáticamente tras conocer que su único ingreso es una pensión de jubilación de 1.160 euros

Gloria y Dick se separan en sus últimos días después de más de una década de matrimonio.
Mandan a su marido con cáncer de colon y Alzheimer a una residencia y a ella a una habitación en un piso compartido. ¿El motivo? No encuentran una vivienda de alquiler. La pareja de ancianos solo dispone del ingreso de la pensión de vejez de él, un ingreso mensual de 1.160 euros. Una cantidad que, en principio, parece suficiente para vivir, pero que cada vez que la muestran a los propietarios como garantía, reciben la misma respuesta: no cuentan con solvencia suficiente.
La situación es desesperada. Dick, de 70 años, es paciente en cuidados paliativos y no se puede valer por sí mismo. Además, sufre Alzheimer y está postrado en una cama. Gloria, de 63 años, lo ha cuidado las 24 horas del día durante años. Todo comenzó hace algunos años, cuando la inmobiliaria que les alquilaba la vivienda decidió venderla. Desde entonces, su pesadilla no ha tenido respiro.
Dos años que no fueron suficientes
“Alguien compró la casa y me dieron dos años para buscar una nueva vivienda. A todo el mundo le parece un tiempo más que razonable, sin embargo, el problema llegaba cada vez que mostraba nuestros únicos ingresos: la pensión de 1.160 euros de mi marido. Automáticamente era rechazada como inquilina en todas las puertas donde he tocado”, explica Gloria.
Así han pasado los años, entre negativas tras negativas, y ahora el día del desahucio ha llegado. El juez ha fijado el próximo 23 de febrero como fecha para que Gloria y Dick tengan que dejar la vivienda de forma definitiva.
“¿A dónde voy a ir con mi marido enfermo? Ni siquiera he tenido tiempo de pensar en estos años qué hacer porque me he dedicado a cuidarlo”, se pregunta Gloria.
Gloria sigue pagando luz y agua religiosamente, aunque ya no haya contrato de alquiler. Ante su situación de vulnerabilidad, los servicios sociales han decidido ofrecerles la única solución posible: meter a Dick en una residencia y ayudar a Gloria a encontrar una habitación en un piso compartido. Esto es todo lo que han podido hacer.
Una vida compartida y un sueño truncado
Dick Beekhus y Gloria Patricia Velásquez llevan 12 años de casados. Él es holandés, ella colombiana. Se enamoraron y se casaron, y Dick, que siempre había veraneado en España con sus padres, decidió pasar su jubilación en nuestro país, concretamente en Roquetas de Mar, en un lugar tranquilo y regado de sol, el sueño de todo holandés. Así lo hicieron: hace ya diez años llegaron a Las Marinas, alquilaron un apartamento y más tarde un dúplex en una urbanización. “Dick quería amueblar él mismo la vivienda, era muy meticuloso y quería tener sus propios enseres”, recuerda Gloria.

Dick y Gloria se despiden antes del fatídico 23 de febrero.
Lamentablemente, poco después Dick fue diagnosticado con cáncer de colon y comenzó un largo proceso de recuperación y un periplo de hospitales. Actualmente, su estado es estable como paciente en cuidados paliativos, pero no se vale por sí mismo: no puede caminar ni incorporarse. Desde hace seis años cuentan con un servicio municipal de ayuda a domicilio. “Viene un auxiliar tres horas al día para ayudarme con los cuidados de Dick”, explica Gloria.
Un humor que sobrevive al dolor
Pese a sus circunstancias, Dick mantiene un humor apabullante, una sonrisa constante y siempre una palabra de ánimo.
“Tengo yo más cara de enferma que él”, comenta Gloria, que asegura que se desvive para que Dick pase sus últimos días feliz y rodeado de amor.
“Él no sabe qué está pasando, no entiende por qué nos tenemos que ir. Yo no he querido explicárselo porque le dan crisis cada vez que lo he intentado. Él solo quiere estar conmigo, que yo esté a su lado. Me dice: ‘Mi amor, ¿te estoy causando problemas? Lo siento, yo no quería que esto pasara…’. Me rompe el corazón”, confiesa.
El dilema de no separarse
“Yo no quiero nada que no sea mío, no quiero quedarme en esta casa sin contrato, pero no quiero separarme de mi marido. Él me quiere y yo a él. Quiero que pase sus últimos días a mi lado. Ha sido un marido estupendo, cariñoso, respetuoso, y ahora en sus últimos días tendremos que separarnos. No sé qué va a ser de mí. Tengo 63 años, puedo trabajar, pero evidentemente mi forma física no es la de una persona joven. Estar cuidando de mi marido tantos años me ha dejado tocada de los huesos, no camino bien…”
Uno, al conocer esta historia, se encuentra ante un dilema moral y de justicia. Es cierto que no es justo ocupar una vivienda que no es propia… pero, ¿es justo verse en esta situación? ¿Tener que separarse un matrimonio porque no es suficiente una pensión para pagar un alquiler? ¿No existe un alquiler asequible para gente anciana, para jubilados, para enfermos? ¿No tienen derecho a permanecer en su hogar y morir dignamente rodeados de sus seres queridos?
No parece existir empatía ni sensibilidad. Todo lo que se les ha podido ofrecer es separarlos y reubicarlos, uno en una residencia y otra en una habitación en un piso compartido. Nadie ha logrado encontrarles, en todos estos años de incertidumbre, una pequeña vivienda asequible a sus posibilidades.
Una despedida que no debería ser así
El próximo lunes 23 de febrero no solo se ejecutará un desahucio. Ese día no se moverán únicamente muebles ni se cerrará una puerta. Ese día se interrumpirá una rutina de cuidados, de miradas cómplices, de silencios compartidos. Se partirá en dos una despedida que debería ser íntima y acompañada.
Quizá la ley esté de parte del propietario. Quizá el mercado tenga sus reglas. Pero hay historias que obligan a detenerse y mirar más allá de los contratos.
Porque cuando una pensión de 1.160 euros no es suficiente para acceder a un alquiler modesto, cuando una mujer que ha cuidado 24 horas al día a su marido enfermo no encuentra un techo donde seguir haciéndolo, la cuestión deja de ser económica. Se vuelve humana. Y en esa dimensión, la pregunta ya no es si tienen solvencia. La pregunta es si, como sociedad, la tenemos nosotros.