La almeriense que convierte el plástico de los invernaderos en arte junto a mujeres migrantes
Cecilia García-Giralda, docente en el IES San Isidro, presenta en Cáceres un proyecto nacido en Níjar que une arte, memoria y reparación.

A la izquierda, Cecilia García. A la derecha, uno de sus caftanes con plástico de invernadero.
En Níjar, el plástico no solo cubre la tierra: también la escribe. Entre los reflejos del sol y el murmullo del viento, esas lonas blancas se convierten en una piel que respira, una piel que guarda la memoria de quienes la tocan, la reparan, la habitan. Desde lejos, el paisaje parece uniforme; de cerca, revela las marcas del trabajo, el paso del tiempo, las huellas de un territorio hecho de esfuerzo y silencio. Hay en ese mar de plástico una belleza contradictoria, frágil y poderosa a la vez, una belleza que invita a mirar de otra manera, a descubrir lo que late bajo la superficie.
Desde esa mirada nace la obra de Cecilia García-Giralda Rodríguez, artista plástica y profesora de Dibujo en el instituto nijareño San Isidro. Su proyecto ‘Plástico en Níjar’, actualmente en la XI Feria de Arte de Cáceres, convierte el residuo agrícola en símbolo de memoria y reparación. Junto a mujeres migrantes que viven y trabajan en la comarca, Cecilia transforma los plásticos de invernadero en caftanes —túnica larga y amplia, sin cuello y con mangas anchas— bordados con hilo de oro: piezas que unen artesanía, territorio y dignidad. En su propuesta, la materia más humilde se vuelve luminosa y el acto de crear se convierte también en un gesto de cuidado y reconocimiento.

Cecilia García, docente y artista
Raíces
La historia de Cecilia está profundamente ligada a Almería. Nacida aquí y formada en la Universidad de Granada, donde se licenció en Bellas Artes y cursó un máster en investigación artística, su trayectoria combina creación, docencia y una búsqueda constante de sentido. Tras varias residencias y exposiciones, eligió asentarse en La Isleta del Moro, un pequeño enclave de la costa nijareña donde el desierto se funde con el mar. Desde allí, su taller se abre al paisaje y a la luz, dos elementos que atraviesan toda su obra.
Hace casi una década que compagina su labor artística con la enseñanza como profesora de Dibujo en el IES San Isidro. Para ella, la docencia no es un paréntesis, sino una extensión natural del acto creativo. “Enseñar me obliga a mirar despacio, a escuchar, a traducir lo que no siempre se dice con palabras”, cuenta. “Cada clase es un pequeño laboratorio de sensibilidad”. En las aulas encuentra la misma pulsión que en el taller: la de aprender, de descubrir en lo cotidiano una chispa de belleza.

Plano detalle del bordado
Del residuo al símbolo
Lo que para muchos es basura, para Cecilia es materia para reconstruir la memoria. Los plásticos agrícolas, endurecidos por el sol y el viento, se despliegan sobre la mesa como si esperaran ser escuchados. En Almería, esta realidad tiene un peso inmenso: la provincia concentra el 87,4% de las instalaciones de invernaderos de todo el sureste español, con más de 31.600 hectáreas bajo plástico. Solo el Campo de Níjar y el Bajo Andarax suman cerca de 8.700 hectáreas, una extensión que crece cada año y que dibuja un paisaje tan productivo como frágil. Cada fragmento, con sus arrugas y transparencias, se convierte en una piel cargada de historia. Cecilia los limpia, los corta, los cose y, sobre ellos, deja que otras manos —las de mujeres migrantes que viven en Níjar— borden el hilo de oro que transforma la herida en brillo.

El mar de plástico de Almería.
Así, el proyecto nació en los talleres de arteterapia que Cecilia impartió en los asentamientos agrícolas del municipio. Allí conoció a mujeres procedentes de Marruecos, Argelia, Mali o Senegal, que habían llegado a Almería en busca de trabajo y futuro. Entre conversaciones, silencios y risas, surgió la idea de recuperar un gesto ancestral: bordar caftanes. Ellas le enseñaron la técnica del bordado marroquí, con hilos dorados y puntadas minuciosas, y juntas comenzaron a aplicar ese saber sobre los plásticos de invernadero. “Yo no llego con una idea cerrada”, explica. “Ellas son las que me enseñan y la obra nace de ese intercambio: de escuchar, de compartir tiempo, de aprender una forma distinta de estar juntas”.
Bordar se convirtió en una forma de conversación. Cada puntada abría un espacio para hablar de migración, de memoria, de familia y de distancia. “Cuando bordamos, el tiempo se detiene”, dice Cecilia. “Hay una intimidad que solo surge cuando las manos están ocupadas. Es entonces cuando aparecen las historias, las risas, los recuerdos… y también el silencio que lo une todo”.
De ese proceso nacieron los caftanes de plástico e hilo de oro, prendas simbólicas que mezclan lo industrial con lo sagrado, lo precario con lo luminoso. En ellos, cada mujer deja algo propio: un motivo, un color, un trazo. “El valor más importante no es económico”, insiste Cecilia, “sino el reconocimiento. Que sus nombres aparezcan, que sus historias no se borren”.

Cecilia bordando junto a mujeres migrantes
El arte como reparación
En la obra de Cecilia, el arte no es solo un medio de expresión, sino una forma de cuidado. En cada pieza late la idea de reparar: reparar la materia, las historias y el propio vínculo con el territorio. El plástico —esa piel blanca que durante años cubrió los campos de Níjar— se convierte ahora en un cuerpo que respira luz. Lo que antes contenía vida vegetal, hoy sostiene la memoria de las personas que lo trabajaron. “Me interesa esa dualidad”, explica la artista. “Un material que nace del exceso, del consumo y que, sin embargo, puede transformarse en símbolo de fragilidad, de belleza, de esperanza”.
En su taller, experimenta con el plástico como si fuera pintura. Lo corta, lo funde, lo estira, lo combina con hilos dorados y pigmentos. A veces, lo cuelga en el espacio como una tela translúcida; otras, lo deja caer como una piel antigua, herida pero luminosa. Sus instalaciones invitan a la contemplación, a una mirada lenta que reconcilia lo cotidiano con lo espiritual. Hay en sus obras un silencio que no pesa, sino que envuelve: el silencio del trabajo manual, del recuerdo, del respeto por lo invisible.
La artista entiende su práctica como una forma de resistencia íntima frente a la velocidad del mundo. “No me interesa el arte como espectáculo ni como denuncia frontal”, dice. “Prefiero pensar que mi trabajo es una conversación callada con las cosas, con los lugares y con las personas. Si hay activismo, es desde la hospitalidad, desde el gesto pequeño que repara”.

Detalle de varios caftanes
De Níjar a Cáceres
Esa misma idea acompaña ahora su paso por la XI Feria de Arte de Cáceres, donde presenta una selección de piezas de ‘Plástico en Níjar’. En el espacio expositivo, los caftanes suspendidos parecen respirar: el plástico translúcido deja pasar la luz, el hilo de oro la recoge y la devuelve en destellos suaves. El público se acerca con curiosidad, sorprendido por la delicadeza de un material que asocian al trabajo agrícola y se queda contemplando esa belleza inesperada que surge del desecho.
Para ella, la muestra en Cáceres no es un punto de llegada, sino una prolongación natural de su proceso: una forma de llevar al territorio expositivo la misma energía de escucha y reparación que habita en su taller. En Almería, más de treinta mil toneladas de plástico agrícola se generan cada año. Ella recoge una mínima parte, pero cada fragmento recuperado encierra una posibilidad. “El arte es mi forma de decir: todavía podemos reparar lo que hemos roto”, resume.
En esta exposición, las piezas se iluminan con una claridad distinta a la almeriense, pero conservan el pulso del lugar del que proceden. Los visitantes se detienen frente a los caftanes como quien se asoma a una ventana: tras las transparencias del plástico, se adivinan los nombres y los gestos de las mujeres que los bordaron, la tierra que los inspiró, el sol que los curtió. Esas presencias invisibles convierten la exposición en algo más que una muestra: en una forma de devolver dignidad y sentido a lo que parecía perdido.
En el fondo, ‘Plástico en Níjar’ no habla solo de materiales, sino de vínculos. De cómo la belleza puede surgir del cuidado, de cómo la luz atraviesa incluso lo más frágil. De Níjar a Cáceres, de las manos a la mirada, el recorrido de esta obra confirma que el arte —cuando nace del territorio y de la escucha— puede reparar lo que el tiempo, el olvido o la indiferencia dañaron.