El peligro de enseñar las piernas

Las mujeres de la posguerra sufrieron con dureza la castidad del régimen

Eduardo del Pino
Eduardo del Pino La Voz
Eduardo de Vicente
08:00 • 21 jun. 2021

Fue Vivar Téllez, Gobernador Civil desde abril de 1940, el que impuso la moda de hacer públicos los nombres de los jóvenes que se atrevían a infringir las normas de moralidad de la época. De vez en cuando, aparecían en el diario Yugo una lista de infractores y la multa correspondiente por sus conductas ‘exhibicionistas’. 


Se decía entonces que era necesario publicarlos en la prensa para que sirviera de ejemplo  y así  evitar nuevos casos de ‘provocación’. Casi todos los multados eran muchachos que sin maldad alguna tenían la osadía de tomar el sol en pantalón de deporte, con el torso desnudo. 


Unos años después, en tiempos del gobernador Urbina Carrera, el gusto por las sanciones se fue extendiendo y no sólo se castigaba por no estar debidamente uniformado en la playa, sino que también era motivo de multa discutir en la calle, blasfemar y besarse en lugares públicos. 



Uno de los escándalos de la Almería de comienzos de los años cincuenta  fue cuando salió la noticia en el periódico de que una pareja de novios había sido expulsada del cine Hesperia y multada por cometer actos indecorosos. 


Cada año, cuando llegaban  los meses de los baños de mar, se dictaban los bandos correspondientes desde el Gobierno Civil para imponer la moralidad en las playas y en los balnearios, escenarios donde se prohibía que la gente participara en los bailes o entrara en los bares en traje de baño. 



Toda una generación de mujeres de Almería consumieron sus años de juventud recluidas en sus largos vestidos por no tener dinero para hacerse o comprarse uno de los trajes de baño reglamentarios que exigían los moralistas de Falange. 


Las fotografías que nos han llegado de aquella época están llenas de muchachas hermosas que iban a la playa con la misma ropa que utilizaban para sus faenas diarias, pagando la condena de no poder enseñar los muslos ni el escote, ni la espalda para librarse de las multas y poner a salvo su decencia ante la vista de los demás. Sus días de playa los pasaban rigurosamente vestidas, sentadas en la arena o en la misma orilla, vigilando de cerca a los niños y sintiendo como las miraban los hombres.


Había un lugar donde no llegaban los vigías del Movimiento ni los ojos de los agentes. Esa zona que se escapaba de las miradas de la censura era el último tramo de la playa que llegaba hasta la desembocadura del río. Allí era fácil saltarse las normas y bañarse libremente porque aquel trozo de litoral era más territorio de vega que de ciudad y gozaba de la permisividad que siempre han tenido los rincones remotos.


En agosto de 1956 sucedió un hecho insólito hasta entonces en las playas de nuestra ciudad, un acontecimiento que puso entre las cuerdas al entonces Gobernador Civil de Almería, Ramón Castilla Pérez. Un grupo de cuarenta estudiantes alemanes llegó en un autobús procedente de Granada para pasar dos días en nuestra costa con motivo de su viaje de estudios. Había tantas mujeres como hombres, gente joven con ganas de divertirse y con unas normas morales que no encajaban con la ética oficial que las autoridades habían impuesto en nuestras playas. 


Los turistas montaron sus tiendas de campaña en el campo de Naveros, frente a la playa del Zapillo, acabaron con las existencias de cerveza de los bares próximos y convirtieron aquel paraje desierto y tranquilo de nuestro litoral en una fiesta permanente. 


Ellas y ellos se bañaban juntos, utilizando bañadores atrevidos, compartiendo abrazos y sol sin recato, lo que originó las quejas de muchos vecinos y una revolución general en los muchachos del barrio, que merodeaban día y noche por la zona para disfrutar de los primeros top-lees de sus vidas. 


Fue tan grande el escándalo que tuvo que intervenir el Gobernador civil en persona. Antes, tuvieron que buscar por toda Almería a alguien que supiera hablar alemán para que les transmitiese a los estudiantes que había ciertas normas que no podían saltarse si no querían terminar con sus bronceados cuerpos en el cuartel de la Guardia Civil. 


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