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Cómo nació y sobrevivió la idea de una abuela que hoy es referencia del tapeo almeriense

Mar Robles es heredera de una tradición hostelera con más de 60 años de vida

Mar Robles y su marido Manuel a las puertas del restaurante durante un día de faena.

Mar Robles y su marido Manuel a las puertas del restaurante durante un día de faena.Elena Ortuño

Elena Ortuño
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Hubo una época en la que, en la calle Estadio, junto al barrio costero de El Zapillo, una pequeña ventana se abría cada día al vecindario. Al igual que comenzaban los negocios a mediados de los 60, funcionaba como un improvisado cajón de sastre; es decir, con el espíritu de una farmacia de guardia, solo que en lugar de medicinas ofrecía mercería, cómics o lo que hiciera falta. 

Así empezó Manuela, con un negocio que todos conocían como La Ventanilla. Estaba justo enfrente de donde hoy se levanta el restaurante que hoy lleva el nombre de su nieta, Mar Robles, quien lo regenta de la mano de su marido Manuel. 

La explicación de cómo aquel local empezó a servir tapas es sencilla: si hay una costumbre que no se puede sacar de las venas de los almerienses, esa es la del tapeo. Si el antecesor del Mar Robles había nacido para responder a las necesidades de los almerienses, ofrecer una caña con su tapa no podía faltar. Y así, poco a poco, entre las ollas y la comida casera de la 'gran Manuela', fue tomando forma un lugar donde ya no solo desayunan y comen los zapilleros, sino buena parte de Almería entera.

Una sucesión natural

De un modo tan natural como un árbol torna sus hojas del resplandor verdoso del verano al amarillo otoñal, el restaurante pasó de unas manos a otras hasta llegar hoy a la tercera generación de la familia al frente del negocio. Primero sus padres y ahora ella, María del Mar Robles se hizo cargo del local. 

"Muchos vienen con sus hijos o sus nietos y me cuentan que sus padres también los traían de pequeños. Eso hace mucha ilusión"Mar Robles

Aquel que traspasa el umbral de la cafetería se siente imbuido en un ambiente cercano y agradable, como si de su propio hogar se tratase. "Aquí la clientela se considera familia. Muchos vienen con sus hijos o sus nietos y me cuentan que sus padres también los traían de pequeños. Eso hace mucha ilusión", reconoce María del Mar, para después recordar, con un brillo especial en la mirada, los bautizos, despedidas, bodas y otras fiestas que han tenido la suerte de compartir con sus clientes de toda la vida.

Reconoce que su nombre no siempre acompañó al apellido Robles en el rótulo del bar: "Por motivos circunstanciales tuvimos que cambiarlo a Mar Robles", admite con un guiño de complicidad. Hoy, sin embargo, no son pocos los almerienses que, al escuchar esas dos palabras, empiezan a salivar imaginando el pan de pueblo o los chérigans que se sirven en el local con esmero y cariño.

Interior del Mar Robles.

Interior del Mar Robles.Elena Ortuño

Y es que la carta del Mar Robles mantiene los platos que sus padres incluyeron hace tres décadas, pero con el toque innovador y refrescante que ella misma decidió incorporar para mantener actualizado el restaurante. "Hace 30 años se incorporó el cateto, que se hace con pan de pueblo, atún y una salsa de tomate elaborada por nosotros. Después creamos una larga lista de chérigans servidos en bollitos, con base de alioli y diferentes ingredientes. La última actualización ha sido el apartado de tapas vegetarianas y sin gluten, para que todo el mundo se sienta como en casa", relata.

Esta carta es la que salvó a su bar y a otros negocios similares de quebrar durante la gran crisis financiera que azotó el país en 2008: "Mis conocidos me decían: 'He tenido que privarme de muchas cosas, pero es que si no puedo ni tomarme una tapa con mis amigos de vez en cuando, ¿qué me queda?'", recuerda la hostelera, feliz de que su establecimiento levantase la moral a tantos almerienses en aquella oscura etapa.

Presente y futuro de un bar de toda la vida

Hoy el Mar Robles es punto de encuentro de todo tipo de clientes: gente del barrio, jóvenes, ancianos, familias, Erasmus que se alojan en un albergue cercano... incluso nombres protagonistas de algún que otro telediario; "todos tratados por igual", como confirma con rotundidad la almeriense.

Preguntada por el futuro, la hostelera se encoge de hombros mientras un atisbo de duda se asoma en su rostro y voz: "Mi hija de momento no quiere saber nada, pero espero que la saga continúe de una u otra forma", reconoce. Un contraste, sin embargo, asoma a la vez: la seguridad de que, pase lo que pase, el negocio no se perderá. "La tapa nunca pasará de moda en Almería. Aquí, si queremos, nos queda mucho por hacer aún", concluye abarcando con los brazos las cuatro paredes que alojan esta entrevista.

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