Las últimas tiendas de los barrios
Los tenderos ya no tienen detrás a ningún heredero que quiera seguir con el negocio

La tienda de ultramarinos de la calle Castelar en los años ochenta. Hoy sigue siendo un ejemplo de lo que fue el pequeño comercio tradicional y familiar.
En cada calle había una tienda de comestibles. Hoy, en cada manzana surge un supermercado. El pequeño negocio ha ido cerrando, víctima de la competencia y también de la dureza de una forma de entender el comercio basada en el sacrificio y en una disciplina extrema donde no existían los horarios ni se conocía el significado de la palabra vacaciones.
No conocí jamás a ningún tendero antiguo que cerrara el negocio un par de semanas al año para irse de viaje de placer. El tendero era el despertador del barrio, el que inauguraba la vida cada amanecer; si alguna mañana la persiana permanecía cerrada, los vecinos tenían la certeza de que algo grave había tenido que pasar.
Las tiendas de comestibles abrían temprano, a esa hora en la que los niños pasaban camino del colegio, y no tenían hora de cierre ni de descanso. Como era habitual que el tendero tuviera la vivienda cerca del negocio, los clientes acudían en cualquier momento aunque estuviera cerrado. Bastaba tocarle a la puerta de la casa para que se levantara de la siesta o dejara por un momento el almuerzo y te vendiera el paquete de azúcar o la botella de leche que se nos había olvidado. Tenía que hacerlo además con buen gesto, sin alterarse, sabiendo siempre que el cliente era su vida, que siempre llevaba razón, incluso cuando tocaba a la puerta de noche.
Todavía quedan en pie algunas tiendas que conservan la tradición de aquellos antiguos bazares donde se podía encontrar desde fruta y verdura hasta detergente y botes de brillantina. Han sobrevivido en medio de una modernidad que ha ido imponiendo la frialdad y el anonimato de esos grandes establecimientos que veíamos por televisión en las películas americanas, y que ahora los tenemos debajo de nuestras casas y en cualquier esquina. En ellos hemos aprendido a hacer cola en silencio delante de una caja a la hora de pagar y a pasar por delante de la carnicera sin mirarla a la cara, sin saber su nombre y sin que nadie te pregunte como te va la vida.
Los pequeños comercios que quedan abiertos se han hecho fuertes por su forma de tratar al cliente y entender el negocio. En esa relación familiar que existe entre el que vende y el que compra basan su existencia.
En la tienda de mi padre siempre había dos sillas colocadas de forma estratégica para que las clientas se sentaran a comprar. Eran tiempos muy diferentes. La vida transcurría con una lentitud que propiciaba el diálogo y permitía que las mujeres no solo fueran a la tienda a comprar. Ir todas las mañanas a la tienda era una liturgia. La tienda era un lugar de encuentro y a veces también un confesionario donde la gente se desahogaba contando sus problemas y compartiendo sus esperanzas. Cuántas veces vi a mi madre atendiendo a una clienta como si estuviera en la consulta de un médico. Cuando alguna llegaba mareada o con jaqueca, siempre le ofrecía una silla, un vaso de agua, una taza caliente de manzanilla o una de aquellas aspirinas que lo curaban casi todo.
Las mujeres que iban a mi tienda lo sabían todo de nosotros, de la misma forma que en mi familia conocíamos la vida y milagros de nuestros clientes. En la tienda se forjaban verdaderas relaciones de amistad que traspasaban los límites del negocio.
Las tiendas familiares de barrio han ido desapareciendo y las que quedan tienen sus días contados. Ya no se vislumbra el relevo generacional que las fue manteniendo. Los hijos que vienen detrás, como ocurrió también en mi familia, no quieren atarse a un negocio que está rodeado de incertidumbre y que lo único que te asegura es la supervivencia y el sacrificio.
Allá por los primeros años setenta, cuando yo daba mis primeros pasos llevando los recados a las casas de los clientes, creíamos que aquella forma de vida era para siempre, que nada perturbaría la buena marcha de aquellos pequeños establecimientos que le daban vida al barrio y vivían del barrio. El que nacía en una tienda aprendía lo mucho que costaba ganar una peseta y la dureza del oficio, pero también aprendía a ser generoso con los demás, a compartir los problemas de la gente, a ser consciente de lo que a muchas familias les costaba salir adelante.
Tener una tienda significaba trabajar más horas que nadie, estar siempre alerta, pero también te daba la libertad de no tener nadie que te mandara y la posibilidad de que una familia prosperara y pudiera cumplir con ese objetivo tan repetido, que fue el sueño de tantos padres, de que sus hijos pudieran hacer una carrera y disfrutar de una vida más cómoda de la que a ellos les había tocado vivir.