La Voz de Almeria

Tal como éramos

El héroe de los 9 litros de cerveza

En la Feria de 1956 el personaje fue el almeriense que ganó el concurso de beber cerveza

Concurso de bebedores de cerveza que se celebraba en los años 50 como un festejo más de la Feria de Almería.

Concurso de bebedores de cerveza que se celebraba en los años 50 como un festejo más de la Feria de Almería.

Eduardo de Vicente
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Para los concejales de Festejos, llenar el programa de la Feria fue siempre un engorro y tenían que echar mano de todo tipo de pruebas para tener al personal entretenido en aquella semana en honor de la Virgen del Mar. En los años cincuenta se pusieron de moda pruebas tan extrañas como las carreras de camareros. Podían participar profesionales que estuvieran debidamente acreditados y el concurso consistía en llegar el primero a la meta llevando en la mano una bandeja repleta de vasos.

Más absurdo que ver a los camareros con sus chaquetas blancas trotar por el Paseo, era el concurso que se sacó de la manga la ‘Obra Sindical Educación y Descanso’ para poner en valor a los grandes bebedores de cerveza de la noble y leal ciudad de Almería. La prueba no requería más destreza que la de tener un estómago como un bidón de grande y un hígado a prueba de bombas. El concurso levantó gran expectación durante los pocos años que se celebró, de 1953 a 1956, y encumbró a sus ganadores a la categoría de héroes locales. La organización se vio obligada a recortar el número de participantes porque eran muchos los que se apuntaban sin ninguna posibilidad de competir, solo por disfrutar de un par de tanques fresquitos de cerveza completamente gratis.

El primer año el record lo marcó Luis Becerra, que obtuvo el primer premio tras meterse entre pecho y espalda seis litros y medio de cerveza en una hora. Le sacó un libro de ventaja a Joaquín Andújar, que fue el segundo clasificado. El listón de los seis litros y medio se quedó pequeño tres años después, cuando en la Feria de 1956, Joaquín López llegó a los nueve litros de cerveza, rompiendo todos los pronósticos que daban otra vez como ganador a Luis Becerra, pero ese año se plantó en los cinco litros.

El campeón fue aclamado por la multitud aunque no pudo saborear aquel minuto de gloria en el que fue héroe por un día, ya que tuvo que ser retirado entre varios amigos y conducido directamente a la Casa de Socorro debido al empacho y al coma etílico correspondiente que lo dejó fuera de combate.

Qué ferias aquellas de la posguerra en las que se premiaba al que más bebía y de adoraba al que se jugaba la vida tirándose a las aguas aceitosas del puerto desde improvisados trampolines.

Los saltos eran uno de los espectáculos más atractivos en aquellos tiempos y reunía a cientos de almerienses en el puerto. Lo más emocionante de aquellas jornadas no eran las exhibiciones desde el trampolín, sino los saltos que los más valientes ejecutaban desde lo alto de una de las grúas de carga que existían en el muelle; volaban en acrobáticas posturas y terminaban entrando de púa en el mar, ante el entusiasmo de los seguidores. La gesta más grande, para la que se necesitaba mayor coraje, era la de tirarse de púa desde lo más alto del Cable Inglés, poniendo en juego una mezcla de habilidad y valor que le daban al elegido el estatus de héroe local. Cuando alguien se clavaba en el mar de cabeza desde la azotea del cargadero, la hazaña no tardaba en dar la vuelta a la ciudad y su prestigio era tan valorado como el de los mejores boxeadores que aparecían en los barrios o como el que ganaba las carreras de ciclismo de la Feria o la mítica prueba de las cucañas en la había. Tirarse del cargadero no estaba permitido y siempre había un guarda que estaba al acecho para evitar las escaramuzas de los muchachos. Si lanzarse desde las alturas era la mayor prueba de valentía que se podía practicar en la playa, llegar nadando hasta la boya significaba entonces la mejor demostración de fuerza y resistencia.

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