El Padre Reina y las mujeres
Los sermones morales del jesuita colgaban el ‘no hay billetes’ en las iglesias de Almería

El Padre Joaquín Reina subido en el púlpito de la iglesia de San Sebastián, predicando las Verdades Eternas Año 1944.
Cuando el Padre Reina se encerraba en la iglesia de San Sebastián con cientos de mujeres, se paraba el mundo. No ha habido en la ciudad de Almería un acontecimiento religioso con tanta presencia femenina dentro de un templo como aquellas reuniones espirituales en las que el ilustre jesuita les mostraba a las mujeres donde estaba el camino hacia la salvación y las ponía en guardia contra el demonio y sus peligrosas tentaciones.
Las Verdades Eternas en boca del Padre Reina parecían irrefutables. Cuando se subía al púlpito y tosía dos veces un silencio conmovedor inundaba el templo, creando una atmósfera de espiritualidad medieval acentuada por el luto de las fieles. En medio de aquel océano de almas femeninas, el Padre Reina remaba a sus anchas, seguro de sus palabras, midiendo con precisión cada adjetivo y utilizando los distintos tonos de voz para dar énfasis a su discurso.
Cuando llegaba el momento del sermón moral no se escuchaba ni la respiración de las fieles. Los mensajes del jesuita retumbaban entre los muros del templo y se colaban hasta lo más profundo de las conciencias de aquellas mujeres, en su mayoría jóvenes, que en aquellos años cuarenta eran las que tenían que cargar con el peso moral de la Iglesia.
Se decía entonces que nadie tenía tanta capacidad de llegar a las conciencias de las feligresas como el Padre Joaquín Reina. Era el orador perfecto, la palabra precisa, el mensaje punzante que nunca dejaba indiferente a nadie. Él sabía como ganarse las llaves del corazón de todas aquellas mujeres que llenaban los templos cuando predicaba el jesuita. Su plática doctrinal era como escuchar a Dios y cuando se internaba en los vericuetos del sermón moral su interpretación era perfecta como si no solo buscara llegar a sus fieles con la palabra, también con los gestos.
Sus charlas duraban tres cuartos de hora y sus sermones estaban llenos de consejos para que las jóvenes llevaran una vida interior rica lo más cerca posible de Dios. Les hablaba de esos caminos que conducían al cielo y de los peligrosos atajos que estaban sembrados de peligros en forma de tentaciones, aquellos placeres que escondían las llamas del fuego eterno.
Durante años, el Padre Reina estuvo también al frente de la Casa de Ejercicios Espirituales del Cortijo Grande. Cada dos semanas, recibía a grupos de veinte jóvenes que durante cinco días quedaban alojados en sus habitaciones en régimen de internado. Los Padres Tomás Rejón, Ignacio Gallego, Campos y Reina, eran los encargados de dirigir los ejercicios que consistían en charlas profundas sobre conceptos básicos de las relaciones humanas como la amistad, la familia y la sexualidad.
Uno de los grandes enemigos para alcanzar el estado espiritual que pregonaban los jesuitas entonces eran los pecados carnales. Los Padres insistían en los graves efectos que para el cuerpo y sobre todo el alma, causaba la masturbación y alentaban a los jóvenes a recurrir a la introspección, a la búsqueda interior para combatir la tentación.
Un aspecto que los jesuitas cuidaban mucho de aquellas reuniones era enseñar a los alumnos el valor de la meditación. El Padre Reina, considerado como uno de los mayores místicos que han pasado por Almería, les regalaba sus profundos discursos animándolos a la vida contemplativa como camino indispensable para la unión con Dios.
La Casa de los Jesuitas no era el único lugar donde se llevaban a cabo aquellas actividades religiosas. Por Cuaresma, se solían organizar en la capilla de la Sagrada Familia, en la calle Reyes Católicos, y durante todo el año, cada fin de semana, en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Se organizaban ejercicios espirituales para ‘señoras casadas, para señoritas en edad de merecer, para mujeres en vísperas de casarse, para maestras y maestros, para sirvientas y obreras’.
En la sede del Servicio Doméstico, en la calle Infanta, el Padre Méndez daba charlas morales a niñas entre 13 y 18 años donde hacía hincapié en la importancia de la virginidad y en el peligro que suponía besar a los novios.