La Voz de Almeria

Tal como éramos

La cabina que pusieron en tu barrio

La aparición a finales de los años sesenta de las cabinas de teléfonos fue una revolución en los barrios

A comienzos de los años setenta colocaron una cabina de teléfonos en la calle Hermanos Pinzón, la segunda que se ponía en funcionamiento en aquel barrio tras la cabina de la calle Tirso de Molina.

A comienzos de los años setenta colocaron una cabina de teléfonos en la calle Hermanos Pinzón, la segunda que se ponía en funcionamiento en aquel barrio tras la cabina de la calle Tirso de Molina.Eduardo de Vicente

Eduardo de Vicente
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Una mañana, allá por los primeros años setenta, llegó un camión extraño a la Plaza Castaños. No era un camión cotidiano, uno de aquellos camiones de los que conocíamos el ruido de memoria como el camión de la basura o el que repartía la Coca Cola. Aquel era un camión forastero que traía en la tolva una cabina de aluminio y cristal protegida por corchos y listones de madera.

Era la hora en la que los niños salíamos de la escuela por lo que automáticamente se formó una aglomeración de curiosos alrededor de los operarios que trataban de instalar la cabina sobre la acera de la plaza. La noticia corrió como la pólvora y antes de que los obreros terminaran de hacer su trabajo, medio barrio presenciaba ya el espectáculo como si se tratara de un número circense. 

Porque aquello fue un grandioso espectáculo, un acontecimiento de los que nunca se olvidan. Que te pusieran una cabina cerca de tu casa en una época en la que casi nadie tenía teléfono particular era la evidencia más clara de que los tiempos estaban cambiando y de que empezábamos a ser modernos de verdad. Ya teníamos frigorífico, lavadora, coche, televisión y para que la felicidad fuera completa nos ponían una cabina en el barrio para que estuviéramos mejor comunicados.

Recuerdo la que se armaba cuando un vecino se metía en la cabina cargado de monedas para llamar a su novia. Los niños, que teníamos la Plaza Castaños como lugar preferente de juegos, nos íbamos pegando con disimulo a la cabina para escuchar las frases de amor que se mandaban a través del teléfono. También emocionaba escuchar a las madres que iban a la cabina a llamar al hijo que estaba estudiando fuera o al que se había ido a trabajar lejos. La cabina te regalaba un refugio donde el usuario perdía la noción del espacio y subía el tono de voz como si estuviera en el salón de su casa, por lo que aquellos que estábamos al otro lado del cristal acabábamos enterándonos de todo.

Las muchachas, que eran mucho más precavidas, solían ir acompañadas de una amiga cuando entraban en la cabina a hablar con el novio. Mientras ella conversaba la compañera se quedaba en la puerta, pendiente de que los niños no nos acercáramos al cristal.

A los niños de entonces nos gustaban muchos las cabinas porque nos aislaban en medio de la calle y nos ayudaban a pasar desapercibidos. Había quien se metía en una cabina a fumarse un cigarro, a darse el lote con una vecina o a jugar a hacer llamadas falsas, un entretenimiento que se convirtió en habitual para desgracia sobre todo de los taxistas, que eran víctimas de las bromas cada vez que una voz anónima les requería para un servicio falso. Se puso de moda en aquel tiempo solicitar un taxi para el aeropuerto, que era un lugar lejano o para el Hotel Aguadulce, donde también corría con paso ligero el temido contador de kilómetros.

La llegada de las primeras cabinas telefónicas a Almería, en el verano de 1966, supuso una revolución en la ciudad y un adelanto que originó serios problemas a las autoridades y a la Compañía Telefónica Nacional por culpa de las actuaciones vandálicas de las pandillas de desalmados que se dedicaban a asaltarlas. El 20 de julio de 1966 se instalaron las cinco primeras cabinas en el caso urbano. Los lugares escogidos fueron la Casa del Muelle, en la carretera de Pescadería; la Plaza de Pavía; la Plaza de Barcelona, frente a la Estación de Autobuses; la Plaza del Mercado y la Puerta de Purchena, cerca del cuartel de la Guardia Civil. 

El primer año de funcionamiento las cabinas telefónicas operaron con fichas, hasta que en marzo de 1968 se cambiaron los teléfonos para que pudieran utilizarse monedas. En esa época, la llamada mínima costaba dos pesetas y no se podían realizar conferencias. La presencia de las cabinas telefónicas le dio a la ciudad cierto aire de progreso y las calles donde había colocada una cabina nos parecían tan modernas como aquellas lejanas que veíamos en las películas americanas.

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