El Pavía del Jarropo y la humildad
El club de la Plaza de Pavía tuvo que sufrir el triste destino de no contar con un campo propio en su barrio

El Jarropo, masajista y utillero, posando con los jugadores del Pavía de 1963.
Dónde hubiera llegado el Pavía de haber tenido un campo de fútbol cerca de su barrio. Tal vez hubiera sido como el Rayo Vallecano de Madrid, es decir, un equipo alternativo para aquellos que se cansaban de los clubes llamados representativos de Almería que nacían y morían en un instante. El Pavía tuvo la virtud de capear temporales y de salir adelante sin tener una mínima instalación para poder jugar sus partidos. No tenía nada, pero lo tenía todo: la constancia y la entrega de un grupo de aficionados que lo han ido sosteniendo por duros que fueran los tiempos.
El Pavía ha mantenido una misma línea a lo largo de su historia, una filosofía basada en la fidelidad de su gente. Quien vistió su camiseta ya fue siempre del Pavía. Esa política que ha mantenido el club bebió de las fuentes de personajes tan importantes como el Tito Pedro o como aquel utillero que aprendió a dar masajes que todo el mundo conocía con el nombre de Jarropo.
El Jarropo era el que limpiaba las botas de los jugadores, el que se encargaba de que la ropa estuviera limpia, el que atendía las peticiones de cada futbolista y también, el fisioterapeuta en un tiempo en el que todavía no se había inventado la profesión, y en el que tampoco existían las microroturas fibrilares ni nadie sabía donde estaban los isquiotibiales; cuando un jugador sufría una de estas lesiones el diagnóstico se resumía con una frase que englobaba todos los grados: “Tiene un tirón”.
El Jarropo se sentaba en el banquillo del Pavía al empezar el partido y al minuto ya estaba levantado atendiendo a todo el que se caía al suelo. “Que salga el masajista”, decía el árbitro, y allí iba el bueno del utillero, con su chandal ceñido al cuerpo y su botella de plástico llena de agua y una toalla sobre el cuello. Si el lesionado se quejaba del muslo o de la pierna (entonces no se conocía el cuádriceps ni el biceps femoral), el Jarropo le echaba en la zona afectada un chorro de agua del grifo que era milagrosa de verdad y le daba tres o cuatro refriegas con alcohol hasta que se recuperaba.
El Jarropo se pasó la vida soñando con tener un campo propio con una habitación a la que solo pudiera entrar él, con un buen armario con llave donde guardar sus herramientras de trabajo. Pero se tuvo que conformar con peregrinar de un lugar a otro porque ese fue el destino de su club, el caminar sin rumbo fijo allá donde encontrara un hueco. Desde su fundación, el Pavía acarició el deseo de poder tener una instalación digna donde formar a los cientos de niños que querían jugar al fútbol en el Reducto y en La Chanca. Una ambición que se fue haciendo imposible a medida que la ciudad fue creciendo y la especulación urbanística se llevó por delante todos los solares vacíos de la ciudad.
El no poder disponer de un campo propio cerca de su barrio condenó al club a un exilio constante. El Pavía tenía la mejor organización de cantera de Almería, una fuente inagotable de futuros futbolistas, pero carecía de unas instalaciones cercanas donde los niños pudieran trabajar a diario sin tener que salir del barrio.
El destierro constante fue su cruz, una condena que impidió que el club pudiera alcanzar metas mayores. El Pavía tuvo que vivir exiliado permanentemente, pendiente de encontrar un campo donde entrenar y un lugar donde disputar los partidos de los domingos. Con este hándicap parece imposible que el club haya podido sobrevivir y haya superado la barrera de los sesenta años de existencia lleno de vida. En su continuo peregrinar por la ciudad, el Pavía encontró refugio en distintos escenarios. En los años setenta se hizo fuerte en el ‘Eloy Tripiana’, un campo arrabalero que surgió entre las últimas casas del Zapillo y las instalaciones de la Central Térmica.
En aquella época el Pavía seguía utilizando el estadio de la Falange, donde siempre volvía. Allí permaneció hasta que en los ochenta tuvo que mudarse al viejo campo del Seminario, otro lugar a extramuros, muy lejos de donde estaban sus raíces.