La Voz de Almeria

Tal como éramos

Cuando no se podía volar cometas

La instalación de los alambres telegráficos obligó a prohibir el inocente juego de la cometa

El terrao de una casa en la calle Floridablanca con la iglesia de San Pedro al fondo hacia 1920

El terrao de una casa en la calle Floridablanca con la iglesia de San Pedro al fondo hacia 1920LA VOZ

Eduardo de Vicente
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En octubre del año 1889, don Francisco Martínez García, entonces alcalde interino, dicto un Bando para prohibir el noble juego del vuelo de cometas dentro de la ciudad “en vista de los continuos daños que se vienen sufriendo con perjuicio del servicio público a que están destinados los alambres telegráficos que cruzan esta población”.

El Bando se extendió por todos los pueblos y aldeas por las que pasaba la línea electrotelegráfica que mediante postes de madera unía Almería con Granada a través de la estación intermedia de Guadix. “Se prohíbe volar cometas desde los terraos o azoteas de la ciudad y desde las calles, plazas y paseos públicos. También se prohíbe remontarlos fuera de la población”, decía la orden que en la mañana del nueve de octubre de 1889 apareció por escrito sobre las fachadas de los edificios oficiales y de los cafés más importantes del Paseo.

A los infractores se les amenazaba, además de con tener que abonar el dinero correspondiente a los daños que causaran con las rozaduras de los hilos, con el pago de una multa de veinticinco pesetas, que en aquellos tiempos era una cantidad a tener cuenta.

Para hacer más dura la medida, el ayuntamiento consideraba también responsables de la infracción a los vecinos desde cuya azoteas salieran los cometas.

El Bando fue muy criticado debido a que el vuelo de cometas era uno de los juegos de mayor arraigo en la ciudad, donde sobre todo en verano, se organizaban grandes exhibiciones. Había carpinteros especializados en la construcción de cometas, reconocidos maestros de este arte en el que algunas familias, las más acomodadas, invertían sustanciosas cantidades de dinero para que sus hijos disfrutaran de los cometas más originales y de mayor belleza, auténtica artesanía fabricada con las cañas de mayor calidad que traían de la Vega.

Los alcaldes de barrio, en unión de los guardias municipales, fueron los encargados de vigilar en sus respectivos cuarteles para que la ley se cumpliera a rajatabla.

La veda limpió de cometas el cielo del centro de la ciudad, la zona más vigilada, durante las horas del día, pero sirvió de motivación para las llamadas “pandillas de gamberros”, que alentados por la idea de violar la ley y disfrutar del placer de los prohibido, se dedicaron a echar las cometas al aire con nocturnidad y alevosía. “En el ayuntamiento se han recibido informes de varios serenos, denunciando la presencia de grupos de desocupados y golfos que en las últimas noches se dedican a enredar las colas de sus cometas en los hilos telegráficos, hechos lamentables que provocan la algarabía de dichos desocupados y las amargas quejas de los vecinos”, se decía en un artículo que publicada el diario La Crónica Meridional aquellos días.

La persecución de los voladores de cometas fue una constante a lo largo de décadas. En enero de 1926, el primer teniente alcalde, don Francisco Pérez Cordero, hizo público otro Bando similar al de 1889, prohibiendo la elevación de cometas en todo el término municipal, “en atención a las molestias que este recreo produce al vecindario y al perjuicio que hace en las líneas telefónicas de la capital”.

Volar cometas no fue el único juego que empezó a ser perseguido por las autoridades en los últimos años del siglo diecinueve. En el invierno de 1886, hubo protestas vecinales porque las fachadas de varias iglesias de Almería se convirtieron en frontones donde los jóvenes jugaban sus partidos de pelota, muchos de los cuáles terminaban en multitudinarias peleas y escándalo público. El entonces conocido como ‘pasadizo de La Catedral’, que daba a la fachada sur de la fortaleza, frente a la calle del Hospital, era el lugar más solicitado por los jugadores, que tomaron aquel callejón por donde no dejaban transitar a nadie, lo que obligó varias veces a la intervención de la policía municipal.

También jugaban en la fachada Oeste, la que recorre la calle de Velázquez, donde está la puerta de los Perdones, molestando, con sus pelotazos, a los fieles que por las tardes cruzaban por allí para asistir a la Misa. El asunto fue considerado de gravedad y obligó a la intervención del obispado, que pidió la presencia constante de guardias en la zona y el cumplimiento estricto de las ordenanzas municipales “para terminar con esta plaga que llena las calles de holgazanes, exponiendo al transeúnte a perder un ojo de un pelotazo”.

Ese mismo año se dictaron órdenes para “limpiar las calles de mendigos” y “acabar con los perros vagabundos de la población”.

El terrao de una casa en la calle Floridablanca con la iglesia de San Pedro al fondo hacia 1920. En aquel tiempo los niños de Almería solían echar a volar las cometas desde las azoteas.

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