La Voz de Almeria

Historias de Almería

Jarapa almeriense que envuelve la noche

Es uno de los bares musicales de Almería que han unido y unen a generaciones; un santuario con liturgia que vino al mundo hace 30 años en la calle Trajano y que ahora sigue como el primer día

Iván González, Javier Ojeda (Danza Invisible) y David García, en la barra del Tren de Largo Recorrido (Jarapa 10), que abrió sus puertas en 2010 como la tercera versión de este emblemático pub.

Iván González, Javier Ojeda (Danza Invisible) y David García, en la barra del Tren de Largo Recorrido (Jarapa 10), que abrió sus puertas en 2010 como la tercera versión de este emblemático pub.

Manuel León
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Money for Nothing fue la primera en sonar -como suena un primer beso- hace 30 años en la calle Trajano; también la última, hasta la fría madrugada de ayer, en la calle Dalia. El Jarapa viejo abrió la reja en la esquina donde el emperador romano se estrecha y colgó la lengua de Los Rolling en el altar de la barra hace ahora justo tres décadas. Estuvo allí antes que muchas certezas, antes de que Almería se llenara de terrazas con nombres en inglés; estaba allí, discreto, el Jarapa, a medio abrir la cancela, como si supiera que la música no entiende de horarios ni de permisos. Inauguró el tabernáculo, sin canónigo que le echara agua bendita, David García Cruz, un muchacho de la calle Real, un pinchadiscos que no quería hacer historia, solo escucharla.

Abrió el Jarapa viejo en 1996, como un fondeadero angosto donde echaban el ancla los que no encontraban amarre en ningún mar; el suelo pegajoso, la barra gastada por los codos, Unai Emeri en una punta, el cirujano Manolo Vida en la otra,  el abogado Paco Torres en el centro y las paredes cubiertas de carteles de añejos conciertos formaban un paisaje tan reconocible como el Cable Inglés al atardecer.

Los primeros adanes y evas de esos primitivos días del edén jarapero escuchaban los vinilos y los CDs en silencio religioso o vociferando, según mandara la noche. Y siempre había alguien que se enamoraba sin saberlo mientras sonaba una canción. El pub era escuela, refugio, frontera y se arreglaba el mundo entre copas y se perdía la noción del tiempo como quien pierde una moneda en el bolsillo. Porque un bar musical puede ser una forma humilde y hermosa de contar la historia de una ciudad. Para saber por primera vez dónde estaba el Jarapa bastaba desde la calle con saber seguir el rumor de una guitarra eléctrica, el tintinear de los vasos y ese murmullo denso que solo nace cuando la noche se siente en casa.

Jarapa nació del empeño de David para que Almería tuviera un refugio para la música que no sonaba en la radio, para que nadie se fuera sin escuchar algo que le removiera por dentro. Las primeras noches fueron tímidas, pero la música tiene memoria y pronto empezó el pub a llenarse de universitarios de último curso, de profesores con ganas de olvidar la semana, de carrozas oxidados con alergia al sofá, de melómanos que no sabían donde dormir pero sí donde escuchar, entre nubes bajas de tabaco y junto a una barra con más confidencias que un confesionario. Allí, en ese Jarapa, germen de los se barruntaban, se rompieron amores y se cosieron amistades con hilo grueso y mucha cerveza fría.

La prehistoria jarapeña, sin embargo, se fraguó en 1987 en un pub de enfrente, el Dial 3 de Alfredo Campos -hoy Carmela Trajano- donde David, con 17 años y el mundo por recorrer, empezó a pinchar música de la Movida durante ocho años. Hasta que decidió irse a Mojácar con su mujer, Sonia Bernabéu, y arrendar el Karachi, un pub con vistas espectaculares de Felipe San Bernabé que, junto a Tuareg, hacía furor en esas fechas en el Levante almeriense. Duró solo dos años su experiencia mojaquera y volvió a Almería con ganas de montar algo propio, a su imagen y semejanza, donde pudieran sonar sin complejos los Dire Straits, su banda fetiche. Apañó un traspaso en el número 4 de la calle Trajano y sustituyó al pub Latino, especializado en salsa, y de un día para otro dejó de sonar allí el Pavo Real de El Puma y amanecieron los acordes de Eric Clapton o los Eagles. Fue en ese alborear, dicen, cuando una noche apareció por allí Sabina fumando Camel para tomarse un trago de güisqui on the rocks. Se llamó Jarapa el Jarapa en homenaje a Sonia que tenía orígenes en Mojácar, donde tanto abundaron los telares.

La atmósfera era única con luces cálidas, maderas gastadas y olor a pálido licor, con aficionados a la música que buscaban algo diferente a los bares convencionales, como un faro sonoro de Almería para todos los que creían que la música puede hacer memoria colectiva, curar heridas y unir generaciones. A los mandos de platos, pletinas y disqueteras estuvieron en ese Jarapa y en los que vinieron después, el informático Ayala, el topógrafo Vicente, el abogado Angel, Antonio, Carolo en la puerta, Chemo, Miki, Iván -superviviente de todos los naufragios con su cabellera de arapajoe intacta- Pimpollo y Javi.

Pero antes de que fuera Jarapa y Latino, ese local fue bar de tapas de Julio Gómez, y antes aún la peluquería de Paca López y antes de la Guerra, la consulta del doctor Balboa, la oficina del procurador José Ibarra y la casa de doña Justa. Ahora se ha convertido el viejo Jarapa en una lavandería como un guiño del destino, aunque hay quien jura que al pasar por la puerta, si se afina el oído, aún se puede oír cómo se escapa algún acorde de U2, alguna risa, algún eco. Porque hay bares que no cierran nunca en la memoria.

Con el Jarapa original convivió el Jarapa 2007, escondido en la calle Antonio Ledesma, donde estuvo Sotanillo, con música en directo, donde debutaron Los Vinilos. Y después, en 2010, el actual Jarapa, bautizado como la canción de los Doobie Brothers que abrió con el mismo cuajo en la calle Dalia, donde estuvo el Lolita, con las mismas siete guitarras colgadas de la pared, con el mismo póster de Bruce Springsteen, cuando ya empezaba el tardeo a arrinconar a la noche y los botellines de Alhambra iban ganando a los destilados. Convivieron los tres Jarapas por un tiempo. Hasta que en 2014, el edificio de Trajano daba síntomas de agotamiento, los techos peligraban y David decidió echar el cierre.

Ahora, treinta años después es el Tren el que impera, con la misma música sustanciosa, donde nunca se escuchará a Bisbal, donde a veces aparece en el crepúsculo algún jarapero golden como reliquia del 96, que se acoda en la barra a escuchar a The Police o a ver un video de Freddie Mercury actuando en directo con camiseta blanca sin mangas.

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