El droguero perpetuo se corona con laureles
Juanjo, el de la droguería junto a la calle Las Tiendas, recibe la felicitación y una placa con motivo del Día del Comercio de Andalucía

Juanjo hablando ante los micrófonos, junto a la alcaldesa y el delegado de Empleo.
Juan José Ferrer Martínez es un nombre incógnito para los almerienses; Juanjo, a secas, sin afeites, en la zona antigua de la ciudad, junto a la vieja calle de Las Lencerías, solo puede ser el de la droguería y perfumería que suma más de cinco décadas despachando soluciones inverosímiles contra los desastres caseros. Juanjo lleva el comercio en la sangre, como los glóbulos rojos, y se le nota que disfruta, que no sabría hacer otra cosa más que despachar y parlotear con los clientes, con ironía, con sorna, desde su mostrador, que es como un trono para él, en la calle Azara, esa vena que une la calle Las Tiendas con la Plaza de las Flores.
Juanjo es como el trivial de los productos del hogar: cualquier duda de la ama o el amo de casa la despeja con la destreza de un hechicero experto en toda clase de polvos para el hogar. Porque eso es lo que es Juanjo: el druida de la tribu y también un perito en lejías y azuletes, en amoniacos y detergentes, enseñando a mezclar las proporciones exactas para el éxito en cualquier empresa doméstica; dando a conocer a su parroquia, que atraviesa ya varias generaciones, remedios ancestrales como si fueran las fórmulas magistrales en aquella botica de la viuda de Quesada. No es químico -Juanjo- ni falta que le hace. Su conocimiento está basado en la experiencia de años y en la máxima científica de prueba-error-solución.
Juanjo, con sus gafas de concha y su talla generosa, suma ya casi 50 años cotizados, desde que debutó como aprendiz con su padre en el primer negocio situado frente a la Iglesia de Santiago, cuando empezó a llevarse bien y a conocer los secretos del bicarbonato para blanquear, del cucal para las cucarachas o del mistol para desengrasar, como un perfumista conoce los secretos del sándalo. Después, en 1974, se estableció en la calle Las Tiendas, donde permaneció durante 40 años vendiendo y enseñando a usar lo que vendía a granel: la gota adecuada, la temperatura correcta, la alquimia triunfante contra la mancha imposible. Ha sido, y sigue siendo, como un predecesor, presencial y en carne y hueso, de los tutoriales para remedios caseros y bricolajes que vinieron después en Internet.
Se vino arriba, Juanjo el droguero, y abrió un segundo establecimiento en la Avenida de la Estación, que cerró después de veinte años. Hasta su último destino, su última morada, antes de vérselas con Hades, en la calle Azara número 13, donde está clavado a diario como un sereno con el chuzo.
Porque no se retira Juanjo, sigue ahí perpetuo como la nieve en Nepal, como el Cañillo en la Puerta Purchena, disfrutando con lo que hace, a pesar de su seriedad, de su poca risa, a pesar de su timidez: hace tres años la Asociación del Casco Histórico de Magdalena Cantero le otorgó el premio al Compromiso Empresarial y tuvo que ir su mujer a recogerlo al claustro de la Catedral. Él ni apareció, quizá escondido debajo de la cama.
Esta mañana sí ha aparecido Juanjo, aunque si hubiera podido se hubiera escapado con sus piernas largas de escandinavo; esta mañana ha recibido la felicitación de la alcaldesa, Mar Vázquez, y del delegado de Empleo, Amós García, con motivo del Día del Comercio de Andalucía y tuvo que hablar para la prensa -¡quién lo diría, Juanjo! -con placa incluida, por ese trabajo de comerciante humilde, de tendero sencillo, de vendedor de mercaderías, de consignatario de las cosas elementales pero imprescindibles, la antítesis de un atildado dependiente de El Corte Inglés, anclado a un barrio como el del Centro Histórico de Almería, que es, ni más ni menos, que un pueblo más.