Placeres de un miércoles de enero en Almería
Es una rareza regocijarse en la expectativa asumiendo que, vencido el tiempo, la realidad que esperábamos con anhelo durará un instante

El autor se sorprende de lo bien que comió hace unos días en el bar de una cooperativa en el polígono de La Juaida.
Seguro que les ha pasado que disfrutan más con la espera de algo o de alguien que con el hecho mismo que representa la esperanza. Es una rareza regocijarse en la expectativa asumiendo que, vencido el tiempo, la realidad que esperábamos con anhelo durará un instante y, quizás, no era como soñábamos. Un instante solo. Y fugaz. Eso pasa con el Adviento, que es el camimo hacia la Noche Santa. Los cristianos lo vivimos cautelosos. O eso queremos.
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Parece eterno, cuatro semanas, pero se va con presteza. Armamos el Belén y el árbol cuando toca, a finales de noviembre, y gozamos el misterio sin prisa alguna en la seguridad de que el Niño Jesús se coloca también cuando toca. Que toca no cuando la efeméride de la Constitución o cuando hay un rato libre para sacar bolsas del trastero, sino cuando manda el calendario.
Diáspora comercial
Sin las prisas de las cenas copiosas, aunque no somos ajenos a la burbuja de buenismo regada con grados de alcohol. Así debió ser lo vivido. Pero todos, todos caemos en eso. En eso, y en la diáspora comercial, en la necesidad de hacer acopio para la mesa de las grandes noches: que si Nochevieja, que si Año Nuevo, que si Reyes, que si el veintisiete porque es veintisiete, que si el treinta porque viene una hija de Madrid, que si el dos de enero porque hay que encargar la última compra. Todo esto es extraño. Tanto como el trueno que preludia la descarga eléctrica y, pasado el rayo, se aleja de la mirada observante. Ya ha tronado. Entonces, la lluvia. O quizás una tormenta allende la montaña. Cabe preguntarse si nos atrapa más el trueno, el efectismo eléctrico o el agua resultante.
Sí. Esperar con cierta quietud espiritual o habitar el momento como si no hubiera un mañana. Es esa la disyuntiva. Deleitarse en la espera, en el dulce deambular de las horas mudas, en el lapso que antecede a lo extraordinario, o recrearse, sin saber casi por qué, en el éxodo callejero de lo que algunos llaman fiestas de invierno o Pascua o felices fiestas, y rendir culto a la efigie del consumismo. O fusionar esos dos universos paralelos. Que esa es la cuestión.
Pero luego llega el ocho de enero. Pasó el Adviento. El chocolate con churros del barrio sabe distinto. Atrás queda la Misa del Gallo. La hija que vino volvió a Madrid.
El cinturón se pelea con tu conciencia, pero se nos ha olvidado el número de la tarjeta del gym. El Belén, que debe guardarse con el primer domingo tras la Epifanía del Señor o, para los más heavys, por las candelarias, aguarda ya en su caja de cartón en las profundidades de nuestro particular bazar medieval. El trabajo nos recuerda lo fácil que es acostumbrarse a dormir un par de horas más y lo largo que es el invierno, que, aunque febrero trae el Carnaval y empiezan a ensayar las bandas de Semana Santa, holgada y fastidiosa es la travesía. Las rebajas, esa suerte de realismo mágico, nos invocan a gastar lo que no hay, que es tanto como hacer memento de cuantos euros se pueden rapiñar con la jactanciosa locura de apretar aún más el armario. Es la finitud de lo efímero.
El lugar
Eso pensaba uno el otro día hasta que, en una mañana con alta probabilidad de aburrimiento, ocurrió algo inesperado. Un bar perdido en la fachada de una cooperativa que está en un polígono que no es polígono. Una mesa y dos sillas afuera. Seis o siete mesas en un habitáculo rectangular, no muy ancho, sin más lujo que el aroma que exhorta al visitante. Hay allí fotos de salidas a hombros de la Plaza de la Avenida de Vílchez como las hay en los bares de barrio donde la gente sigue diciendo buenos días. Hay banderas de la Peña el Tomate. Hay una imagen de José Tomás y una estampa de la Virgen. Tacos de tocino que hermosean la barra hay. Una lista de tostadas para romper el ayuno también hay. No hay demasiada luz. Es la Juaida.
Es esa Almería que madruga, de furgonetas que cargan y descargan, de camioneros que se detienen a regar el cuerpo y atrapar proteínas, de agricultores que amanecen con el sombrero puesto, de jóvenes que llevan un mono y el pelo tiznado de grasa, de yesaires con botas blancas, de mujeres que llevan la contabilidad de alguna empresa recóndita, de viejos que acuden a por verdura y se dan un festín, de currantes que se toman un limón para, dicen, aclarar la voz, de enfermeros que esconden la bata.
Allí, en las honduras de la Almería más olvidada, en la linde de las factorías de invernaderos, allí hay un bar donde el atún no es de lata y el queso que lo acompaña no es de loncha, el lacón se sirve sin complejos –hasta una docena de tiras bien cortadas-, el jamón parece jamón y sabe a jamón, la tortilla es agradecida, no hay siete clases de panes pero el que se sirve está bueno, no hay vasos ni platos ostentosos pero el servicio es impoluto, no hay presunción de pijerío ni opulencia pero lo que sí hay es producto natural, calidad y cantidad. Diga usted que sí, donde haya camiones y obreros, pare. Pare, que ahí se come bien. Con el buche lleno, en dirección a Viator, olor a neumático, a gasolina, a pan recién hecho. Y, zas, así sin querer, una joya. Una extraviada trastienda en una cooperativa de un polígono que sí es un polígono. Diminuta. Apretada. Casi agobiante. De estantes cargados de mil y un yantares.
Allí, en la Almería de los autónomos y el laboreo, vive agazapada una tienda de las de antes, de las que vendían hasta los cromos de Hugo Sánchez, donde hay tomates esculturales y azucarados, pepinos que son pimpollos y verduras de varias formas, tamaños y sabores -a precios de la España de la peseta-, que no encontramos en el centro comercial o en el supemercado de proximidad. Que no, que no es publicidad , que solo digo el pecado, que es solo asombro.
Enero empieza así. Descubriendo la Almería que el espíritu burgués, tan pernicioso, me había robado. Descúbranla. Está en los caminos. Es esa Navidad que, como Jesús, no nació en el Paseo. Nació en el soportal de una alhóndiga.
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