Luces y sombras en el futuro del campo: el pez grande se come al chico
La agricultura del mañana estará en menos manos, tendrá menos agricultores y contará con más tecnología

Mar de plástico en el Poniente almeriense.
Durante años, en el campo almeriense bastaba con tener una hectárea de invernadero para sacar adelante a una familia. Hoy, esa frase suena a recuerdo. David Uclés, economista especializado en el sector agrario, lo resume sin rodeos: “Para tener los mismos 1.000 euros que antes, ahora necesitas más kilos, y para tener más kilos necesitas más tierra”.
Uclés sigue desde hace décadas este fenómeno, que refleja la evolución del valor por hectárea y del precio por kilo desde mediados de los años setenta. Según explica, “el valor unitario de cada kilo ha sido cada vez menor; el precio medio de venta ha ido bajando en términos reales”. En torno a 2014‑2015 la serie marca un mínimo, con un precio real equivalente a unos 6,4 céntimos por kilo y una pérdida cercana a la mitad del valor inicial.
Desde entonces ha habido cierto respiro. “Hemos pasado del mínimo, que había llegado al 50% del valor inicial, y hemos recuperado unos diez puntos en pocos años”, matiza. Pero no cree que sea una escalada infinita, sino más bien una meseta en la que influirá quién produce y cómo produce. El motivo de fondo de esta presión a la baja es sencillo de explicar: hay mucha más oferta que antes.
¿A qué se debe?
Uclés recuerda que no solo hay que pensar en Almería, sino también en Marruecos, Argelia u Holanda, y resume el fenómeno así: si entra más producto en el mercado y la demanda no crece al mismo ritmo, el precio por unidad cae. Ante esa realidad, la cuenta es cruda: o se produce más por hectárea, o se tiene más superficie, o se vende más caro.
Durante años la respuesta fue sobre todo tecnológica. Se mejoraron los invernaderos, se adelantaron las producciones y Almería logró entrar antes que nadie en los mercados con tomate “normal”. Ahora, cuando otros orígenes compiten en las mismas fechas, muchos agricultores han buscado otra vía: la especialización en productos de mayor precio unitario.
Menos agricultores
El cambio también se nota en la estructura agraria. “Al principio hablábamos de más de 15.000 agricultores; ahora estaremos entre 10.000 y 12.000”, apunta Uclés. Los censos agrarios confirman un aumento progresivo de la superficie media por explotación, lo que implica que la tierra se va concentrando en menos manos.
El economista insiste en que no tiene por qué ser sinónimo de tragedia: muchas familias han dejado el invernadero porque han encontrado oportunidades en otros sectores o en actividades ligadas a la propia agricultura, como la tecnología o la comercialización. Pero da por hecho que, si la tendencia continúa, será cada vez más normal que un agricultor gestione seis, ocho hectáreas o más, y que operaciones como pasar de una hectárea y media a tres, o de tres a cinco, se vuelvan habituales cuando un vecino se jubila o no tiene relevo.
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De familia a empresa
Ese aumento de tamaño está cambiando la forma de trabajar en el campo. “En la medida en que se incrementa la dimensión de la explotación, el tiempo que dedicas a gestionar es mayor; te conviertes en un empresario sí o sí”, sostiene Uclés. Ya no basta con estar todo el día dentro del invernadero: hay que manejar mano de obra, planificar la producción, elegir tecnologías y variedades, negociar la comercialización y, sobre todo, hacer números.
La comparación generacional es contundente. La primera generación vivió un trabajo manual durísimo, con toda la familia dentro del invernadero y niños que faltaban al colegio para recoger tomates. Hoy, cuando uno se pasea por ferias como Infoagro, observa a agricultores que "hablan con soltura de costes por kilo, de qué invernadero ha tenido mejor rendimiento y de por dónde se mueven los mercados internacionales". “Los agricultores de ahora tienen un nivel de conocimiento técnico brutal comparado con el de hace 30 o 40 años; no hay color”, resume.
¿Quién gana?
En este escenario, Uclés considera que las grandes empresas parte con ventaja para acceder a tecnología, financiar inversiones o incorporar robots que sustituyan tareas de mano de obra cuando estos sean realmente eficientes y asequibles.
Como en cualquier revolución, habrá ganadores y perdedores. Uclés prefiere mirar el largo plazo: si la sociedad en su conjunto mejora, la transformación habrá merecido la pena. Al mismo tiempo, deja abierta una vía: la posibilidad de que el consumidor llegue a valorar y pagar más por una marca familiar.
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