La Voz de Almeria

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Cada día del Señor acude a la administración a por sus décimos. Los décimos de Carrete, que tienen nombre y apellido. Después los va desgranando por la ciudad, como el agricultor que reparte su simiente. Ajusta los billetes de la suerte apretados por la pinza plateada para que no se escape ninguno. Y los ofrece con una sonrisa y una cante por bulerías, si hace falta. Así, todos los días, en un recorrido matemático, preciso, desde el Paseo a Reyes Católicos, desde el Quinto Toro a la Plaza de las Flores, ofreciendo la ilusión de un premio que tanto podría cambiar la vida del receptor. Se ha puesto gafas de ver, Carrete, se ha vuelto miope, de tanto mirar números, de tanto mirar las caras de la gente de Almería. Es de la calle, como un banco, como una farola, este almeriense sencillo, lotero de tez oscura y barba de tres días. Lotero de profesión, flamenco de vocación. Porque su corazón alberga lamentos, ayes y penas y en su garganta, hubo (aún hay, dicen los que saben) duende y metal. Mientras te vende un décimo, por su cabeza están fluyendo noches como aquella en la que el Maestro Caracol vino a buscarlo pero él prefirió quedarse en Almería; mientras te devuelve el cambio, está pensando en sus noches de triunfo en La Salle o en La Plaza Vieja, donde resonó su voz de chiquillo por soleás, seguiriyas, martinetes. . . se está poniendo viejo Carrete. Pero él sigue por las calles de Almería, con sus gafas de ver, ofreciendo la suerte que cada uno de sus clientes espera. Hace su trabajo, cada día -llueva o truene- Carrete. Ahí empezó nuestra crisis: cuando mucha gente empezó a no hacer su trabajo, cuando mucha gente se dedicó a otras cosas, cuando mucha gente se olvidó de ser cumplidor como lo es un lotero.

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