La Voz de Almeria

Opinión

No hace falta una hoguera

Una cultura a la que se le exige no incomodar acaba teniendo muy poco espacio para la libertad

Fotograma de ‘Fahrenheit 451’ (François Truffaut, 1966).

Fotograma de ‘Fahrenheit 451’ (François Truffaut, 1966).Archivo

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Hay datos que guardo en la cabeza sin recordar cuándo se instalaron allí ni para qué, porque hasta ahora no me han sido de mucha utilidad: los diez primeros decimales del número pi, el símbolo químico del oro o el teléfono fijo de la casa donde mi madre dejó de vivir hace casi veinte años. Sin embargo, entre esos conocimientos aparentemente inútiles, hay uno cuya llegada recuerdo con absoluta claridad. Quizá porque, más que un dato, se quedó como un símbolo de resistencia.

Fue hace muchos años, cuando Sergio Roncallo, un profesor de la universidad, nos pidió leer Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. La novela cambió, en parte, mi manera de mirar el mundo y dejó una cifra grabada en mi memoria: 451 grados Fahrenheit, la temperatura a la que, según la premisa del libro, el papel se inflama y arde.

Bradbury imagina una sociedad en la que los bomberos ya no apagan incendios: queman libros y las casas donde se esconden. Leer es una amenaza para un orden que necesita ciudadanos entretenidos, conformes, incapaces de hacerse demasiadas preguntas. Pero también hay quienes se resisten. Lejos de las ciudades, algunas personas memorizan obras para preservarlas y transmitirlas a las siguientes generaciones. Cada una se convierte en depositaria de un libro. Aunque desaparezcan los ejemplares, sus palabras siguen vivas en alguien.

Aquella forma de resistencia pacífica me conmovió. Con los años, también empezó a inquietarme la cercanía entre ciertas ficciones distópicas y una realidad que a veces parece empeñada en superarlas.

En mi vida cotidiana puedo entrar en una librería, comprar los libros que quiera y leerlos en un café o en un autobús, con la cubierta a la vista, sin temer que alguien me interrogue o me encierre por ello. Esa libertad, sin embargo, no basta para dar por sentada la de todos ni para dejar de reconocer otras formas de censura.

En octubre, la Consejería de Cultura de Castilla y León, dirigida por Vox, excluyó de las ayudas al cine las actuaciones que impliquen "adoctrinamiento ideológico", sin aclarar cómo determinará qué obras incurren en él. Ese mismo mes, en Colombia, el Ministerio de Cultura ordenó retirar 47 piezas de dos salas del Museo Nacional. La ministra justificó la decisión como una forma de evitar la apología del delito y la revictimización, pero entre las piezas retiradas había publicaciones feministas, una bandera del orgullo y fotografías de marchas LGBTI.

Porque no siempre hace falta encender una hoguera. También se puede silenciar una obra quitándole visibilidad, cerrándole espacios, negándole apoyos por su contenido o retirándola de una programación. Se puede empobrecer un museo hasta vaciarlo de sentido o imponer un relato que deje fuera cuanto incomoda. Poco a poco, el horizonte cultural se estrecha: menos feminismo, menos memoria histórica, menos voces de colectivos minoritarios. Menos preguntas.

Si el arte no tuviera poder, nadie se tomaría tantas molestias en censurarlo.

¿Qué temen quienes buscan acallar esas voces? ¿Acaso les preocupa que seamos capaces de cuestionar lo que nos rodea? ¿O que el arte nos interpele y nos permita reconocernos, aceptarnos y amarnos en nuestras diferencias?

Porque una cultura a la que se le exige no incomodar acaba teniendo muy poco espacio para la libertad. Si cada obra debe evitar el conflicto, confirmar nuestras certezas y ajustarse a lo que alguien considera aceptable, ¿qué lugar queda para la creación?

Yo quiero formar parte de esa resistencia. Quiero leer cuantos libros pueda, llorar y reír con el cine, detenerme ante una obra que me conmueva. Quiero escuchar canciones que se conviertan en himnos y otras que me hagan bailar y que me inviten a habitar mi cuerpo sin prejuicios. Quiero encontrar voces que me acompañen, pero también otras que me contradigan y me obliguen a revisar mis convicciones.

El arte puede acercarnos a vidas que desconocemos y ayudarnos a comprender experiencias que nunca serán nuestras. También puede ser utilizado como propaganda; precisamente por eso necesitamos libertad para crearlo, criterio para leerlo y espacio para discutirlo.

Defender esa libertad forma parte de nuestra resistencia a convertirnos en espectadores que repiten, sin filtro, lo que el algoritmo les muestra.

Por eso desconfío de quienes ven adoctrinamiento en cualquier expresión artística que contradiga sus ideas. ¿Les preocupa la imposición de una ideología o les incomoda que existan otras? ¿Defienden la libertad de pensamiento o aspiran a que solo circulen sus propias ideas?

Entonces me pregunto: ¿Tendremos algún día que convertirnos en un libro, una película o una canción para evitar que desaparezcan? A mí me resultaría muy difícil elegir una sola obra.

Ojalá nunca tengamos que hacerlo. Ojalá sepamos defender los espacios donde esas voces todavía pueden encontrarse. Como escribió el poeta alemán Heinrich Heine: "Allí donde se queman libros, se acaba quemando también a seres humanos".

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