La Voz de Almeria

Opinión

Donde prosigue la plática sobre retórica o sencillez

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Apenas amaneció, Sancho se dispuso a preparar las cabalgaduras con objeto de tomar de nuevo el camino, pues solo así podría el caballero entrar en fiera y desigual batalla, quehacer para el que había sido llamado y escogido. Una vez en la ruta, don Quijote, que seguía dando vueltas a lo hablado el día anterior sobre retórica y sencillez con su criado, dirigiose a este así:

—¡Sancho de mis quebrantos!, ¿cómo pudiste renegar de la retórica sin saber lo que es y para qué sirve? Si bien, he de reconocer que no siempre ha de pesar la culpa en los demás, pues es posible que yo no estuviere agudo en mi comento.

—Ni sé lo que es ni tengo el menor interés en saberlo –respondió el escudero–, pues con ella no se come y yo llevo veinticuatro horas sin probar otra cosa que un mendrugo de pan que quedaba en mi alforja.

—Eres pobre hasta de miras –dijo el caballero, molesto con la respuesta–. Que no eres capaz de vislumbrar la venturosa fortuna que te aguarda como gobernador. Bien sabes, Sancho, que cumpliré con la muy usada costumbre de la caballería andante de hacer gobernador al escudero de la primera ínsula o reino que ganara. Por ello, tú no puedes ser un gañán ni hablar como un gañán, sino como un gobernador y para ello has de conocer los mecanismos de la retórica. Y no hay otra forma, si no es haciendo de manera pensada aquello que tú usas todos los días sin saber cómo ni cómo no.

—Pues si no hay otra forma, dígame de una vez qué es la retérica esa de la que llevamos platicando un tiempo y que tan importante ve para mi destino.

Retórica, Sancho, que no retérica, es el arte de la persuasión, o sea, el empeño de una persona de influir en otra mediante palabras. Tus padres utilizaron la retórica contigo desde los primeros momentos de tu vida y, en cuanto pudiste formar palabras, tú empezaste a usarla para responderles. Más tarde, la empleaste para convencer a Juana, tu mujer, a que se casara contigo, ¡que menudo uso de ella, de la retórica, tuviste que hacer para inclinarla a tal cosa!, y, más tarde, Juana y tú, para inculcar a Teresa, vuestra hija, la conveniencia de asearse, comer o trabajar la tierra. Sí, sí, Sancho, que, aunque pensemos que hablamos lisa y llanamente, en realidad estamos llenando la frase de artificios retóricos. Todos nosotros somos retóricos por instinto y formación. Y tú, Sancho, aunque el hablar no lo tengas muy desarrollado, no ibas a ser una excepción. Lo que sucede es que lo hacemos sin saber cómo ni cómo no.

—Pero tal latinajo, ¿no decía vuestra merced que serviría para hacer mejores mis discursos como gobernador? –dijo Sancho.

—Claro que te va a servir, pero cuando lo hagas sabedor de que lo haces y en la ocasión que así se requiera –respondió don Quijote–. Lo que sucede es que la gente, incluso la de alta alcurnia, acostumbra a asociar la retórica con la oratoria formal: los discursos que pronuncian los gobernadores ante sus súbditos o los reyes antes las cortes. Y esto es cierto, sin duda, pero eso es cuando la retórica se muestra más visible, cuando se pone su traje de gala. Sin embargo, esa cara, la más vistosa, es como la guinda del pastel, pero no la habitual.

—Si poco  entendía antes –respondió Sancho-, menos entiendo tras lo dicho, pues ni sé lo que es ni para qué sirve ni para qué estamos platicando de ello, si no es para perder el tiempo o para que mi señor se goce con la ignorancia de su criado.

—Te diré solo una cosa, que, a pesar de tu poca sal en la mollera, sí alcanzarás. En cierta ocasión oí a un Secretario de Nueva España, amante también de los libros de caballería, Luis Fernández Revuelta, que el funcionamiento del Estado tiene dos instituciones centrales: los tribunales de justicia y la maquinaria del gobierno. Y las dos nada serían sin la práctica de la retórica. La retórica ha servido para conseguir cosas y durante veinte o más siglos los hombres la entendieron así, y por eso siempre ha estado vigente.

Señor mío don Quijote, por rústico y torpe que sea –volvió a hablar Sancho–, parece imposible, pero así es, que no entienda nada de lo que me está diciendo. Dígame de una vez: ¿es conveniente que un gobernador la practique? Convenga su respuesta a mi alcance o, mejor, dejémoslo por hoy.

Bueno, Sancho, –insistió don Quijote–, intentaré decírtelo de otra manera. La retórica es el lenguaje en acción con el objetivo de, al mismo tiempo, convencer y engatusar, inspirar y embaucar, entusiasmar y engañar. Permite que los presos sean condenados a más o menos tiempo, incluso, después, en la apelación, liberarlos. Hace que los reyes lleven a hacer a los nobles aquello que a estos, desde la razón y en la soledad, no les convendría hacer. Que los vendedores de tapices, lanas, especias y otros tantos alimentos exóticos puedan vender su género al precio soñado por ellos. A veces encierra medias verdades y vacuidades que suenan bien, falsos latinismos o absurdos pseudocientificismos que tienen el don de persuadir a quienes los leen u oyen. Pero también contiene verdades, grandes razonamientos, más o menos sonoros, y declaraciones vitales. Podemos decir que, con todo, tanto engatusa como convence.

Ya, Sancho solo pensaba en el almuerzo y apenas escuchaba. Lo peor es que alimentos no quedaban en los zurrones, pero sí en el camino alguno que otro frutal.


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