Crear causas y olvidar problemas
Cualquiera que sobrevuele dentro de unos años el panorama global almeriense de inicios del S. XXI y repase los signos vitales de la Almería en la que hoy vivimos, se sorprenderá ante la indolencia compartida en torno a cuestiones de trascendencia estratégica y la efervescencia programada en torno a asuntos menores y de matizable relevancia.
Por eso creo que es muy probable que a los almerienses del futuro les sorprenda (o tal vez no; hay cosas que no cambian nunca) la apatía colectiva ante materias tan vitales como nuestras pésimas comunicaciones o las incertidumbres que arrastra el porvenir del combustible del motor de nuestra agricultura, que es el agua.
Lo cierto es que no existen movimientos o activaciones colectivas que verdaderamente trabajen para acelerar el cumplimientos de los plazos previstos o para garantizar los recursos de los que depende nuestra economía.
Y no, no pienso en esas mesas de inspiración y tutela política que se activan o ensombrecen en función de quién gobierne.
Hablo de la falta de respuestas de la sociedad almeriense en su conjunto, incapaz de vertebrarse y reaccionar ante la pérdida de oportunidades que está suponiendo la falta de unos servicios ferroviarios modernos o de un sistema capaz de garantizar la llegada del agua a nuestros cultivos. Sin embargo, y en paralelo con estas distracciones, existe un activo y recurrente carrusel de alertas ideológicas sobre cuestiones más tenues (una remodelación, un derribo, un árbol, un color o una sombra) que son protagonizadas por un reducido y ruidoso colectivo que aspira a la multiplicación por medio de la división: cada persona es un colectivo.
De ese modo, mientras los titulares hablan de decenas de asociaciones, en la foto apenas vemos a veinte personas: las mismas de siempre.
Naturalmente, cada cual es libre de movilizarse por lo que estime oportuno, pero quizás el error sea la permanente creación de causas y causitas mientras olvidamos los verdaderos problemas de Almería.