El tranquilo poblado de Aguadulce
Los peligros constantes de la carretera que iba a Almería contribuyeron al aislamiento de Aguadulce

La carretera que comunicaba Almería con Aguadulce aislaba el poblado marítimo antes de que se convirtiera en una villa de interés turístico.
En los veranos, cuando las familias pudientes llegaban de Almería, el caserío de Aguadulce se revitalizaba y los vendedores ambulantes, que apenas se dejaban ver en el invierno, revoloteaban a ambos lados del camino en busca del negocio. En los primeros años después de la guerra civil era frecuente ver por allí a un extraño personaje al que apodaban ‘el Muñequero’, que iba andando desde Roquetas con una caja de pescado sobre la cabeza. Caminaba descalzo, con la piel tostada por el sol y con las pantorrillas llenas de las úlceras que le habían dejado los años en los que estuvo trabajando en las salinas. El vendedor de pescado iba en busca de los grandes personajes, los que le compraban la mercancía sin mirar el precio, los que le daban una buena propina para que el hombre pudiera estar un par de días sin darse otra caminata.
En aquellos tiempos, Aguadulce tenía alma de paraíso y en los días de calma, cuando no soplaba el viento, desde la carretera se podía escuchar el tímido sonido del mar cuando se derramaba por la arena de la playa.
Eran cuatro casas y unas cuantas fincas con sus cortijos. Entrando desde Almería, a la derecha del camino, aparecía la casa de Piñero, la de los Sevillanos, la de doña Josefina. A continuación estaba la iglesia y la caseta de los peones camineros que entonces estaba habitada por una familia. Le seguía, después de un descampado, la casa de Juan Roldán, catedrático del instituto, la posada, la panadería, el almacén de los Martínez, la barbería de Padilla, el almacén de García Capilla y al final del camino, el cuartelillo de la Guardia Civil.
Al otro lado de la carretera, nada más entrar desde Almería, aparecían varias casas con soportales habitadas por familias humildes, muchas de ellas autóctonas del lugar. A continuación destacaba la finca de la familia Vizcaíno y el hermoso chalé del médico don José Sobaco Monroy, que cada vez que tenía tiempo libre se refugiaba en su nido de Aguadulce donde tenía su estudio de pintor aficionado. Le seguía la finca de don Leopoldo Romero, uno de los Romero Hermanos, el cortijo y las tierras de Cervantes, ingeniero del puerto y el caserío de don Luis Batiste, célebre exportador de uva que todos los veranos se escapaba de la vida ajetreada de Madrid para buscar la paz de Aguadulce. Lindaba con la finca de don Manuel Tortosa, que llegaba desde la orilla de la carretera hasta la arena de la playa. El primer campamento de Falange que se organizó en Aguadulce fue en uno de los bancales de Tortosa, que lo cedió para que pudieran montar allí las tiendas de campaña.
En 1940, Aguadulce era un lugar sin otro ruido que el de los coches de línea que cruzaban por la carretera de vez en cuando. Por allí pasaban el coche de Roquetas, el de Felix, el de Ugíjar y el de Adra, que solían parar en la puerta de los almacenes y en el surtidor de gasolina que regentaba Juanico el de Matías.
Aquella población con vocación de aldea se mantuvo casi intacta hasta que la fiebre del turismo llegó a todos los rincones del mapa. Cuando en enero de 1963 el Director General de Promoción del Turismo, don Juan Arespacochaga desayunó en la terraza de la finca del general don Máximo Cuervo, en primera línea de playa, Aguadulce era todavía un lugar remoto separado de la civilización por la caótica y peligrosa carretera del Cañarete que convertía cada viaje a Almería en una pequeña aventura.
Aquella mañana de invierno del 63, el enviado del Gobierno se quedó impresionado viendo aquel paraíso por descubrir donde todavía era posible mezclarse al amanecer con los pescadores que llegaban a la orilla con sus barcas repletas después de toda una madrugada faenando. Aquel escenario parecía tan alejado del mundo que desde la misma playa se podían escuchar el ruido de los motores de los pocos coches que entonces cruzaban por la Nacional 340. Faltaban todavía algunos años para que empezara esa doble invasión que protagonizaron los turistas que venían de fuera y los vecinos de la capital que encontraron en Aguadulce su refugio de los veranos y los fines de semana.