De ‘La Llave’ a muebles ‘La Reconquista’

En 1969 el centro de la ciudad era todavía un gran zoco donde era difícil encontrar un hueco

En el verano de 1969 uno de los comercios de moda era la firma de Almacenes La Llave.
En el verano de 1969 uno de los comercios de moda era la firma de Almacenes La Llave.
Eduardo de Vicente
00:15 • 05 jul. 2019 / actualizado a las 07:00 • 05 jul. 2019

Entre la eterna lista de juegos de los niños de  antes había uno que consistía en enumerar marcas de coches, de tabaco y a veces también nombres de tiendas de Almería. En aquel tiempo, a finales de los años sesenta, había tantos comercios en el centro de la ciudad y por los barrios que había nombres para todos los jugadores sin temor a que se terminara la nómina. 



En el recorrido que los niños hacíamos hasta la Puerta de Purchena teníamos que atravesar dos calles: la de Mariana y la de las Tiendas, que eran auténticos zocos comerciales. Algunas tardes, sobre todo en las fechas de Navidad, preferíamos coger otro camino alternativo porque era imposible atravesar la calle de las Tiendas corriendo debido al atasco permanente que se formaba delante de los negocios. Hace cincuenta años teníamos tiendas y escaparates para pasarnos las tardes enteras mirando. Cuántos comercios importantes, cuántas tiendas familiares que formaron parte de nuestro deambular diario y de la vida de nuestras madres, que eran las que tenían la última palabra a  la hora de elegir un comercio u otro.



Hace medio siglo estaban de moda en Almería los almacenes de la marca La Llave, que empezaron en la calle de Granada y acabaron extendiéndose con dos sucursales por la calle Baleares de Ciudad Jardín y por la calle Maldonado Entrena. Era una firma muy conocida en la ciudad por la antigüedad que atesoraba, por su colaboración con el deporte y porque el anuncio aparecía muchas veces en los prolegómenos de las películas de los cines. 



Hace cincuenta años estaba de moda la tienda de la Sirena, paradigma de la modernidad del gran comercio, con sus plantas de ropa y música, con aquel equipo de dependientas al que íbamos a ver los niños cuando no teníamos otra cosa que hacer. Era la época fuerte de Galerías El Blanco y Negro, que el primer lunes de agosto de 1969 montó dos grandes escaparates con ‘la gran rebaja del verano’ en nikys, ropa de terlenka, tergales estampados y bañadores de caballero. Fueron los años dorados de los Meyba, que constituían un pequeño lujo en las humildes playas de la capital.



Marín Rosa también sacaba sus rebajas en verano, pero se distinguía del resto de los comercios en su capacidad para sorprender. En septiembre del 69 sacó a la  calle su operación abrigo cuando la gente iba todavía en bañador y en chanclas. 



Eran los buenos tiempos de Bazar Almería, que siempre se inventaba grandes campañas de publicidad para las emisoras de  radio y el periódico, y de los Almacenes El Águila, que en aquel agosto les dijo a los almerienses que quería tirar la casa por la ventana y se inventó la llamada ‘Operación 27’, anunciando veintisiete mil lotes de artículos de perfumería a precios casi regalados. Lógicamente, no había tantos, pero sí suficientes para que se formaran colas delante del mostrador. El lote más barato costaba 29 pesetas y consistía en una pastilla de jabón de tocador, una jabonera de plástico, una manopla de baño, un lote de esponjas y un cepillo para la cabeza. 



A mí me gustaban mucho los nombres que tenían algunas tiendas, sobre todo las que se dedicaban a los muebles. Me gustaba el nombre de Muebles la Reconquista, porque me sonaba a antiguo, a camas eternas y armarios profundos. Era un negocio tan importante entonces que tenía una sede principal en la calle de las Tiendas y una sucursal en la Plaza Flores. Otro negocio de muebles que me atraía por el nombre era ‘París-Madrid’. Recuerdo el local que  tenía en el Paseo, al lado de la biblioteca, y aquel eslogan tan pegadizo que no dejaba de sonar en la radio y que dirigido a la mujer  decía: “Usted ponga el novio que París-Madrid pondrá lo demás”. Este eslogan tenía su fundamento, ya que en aquel tiempo era  casi una obligación, antes de iniciar los trámites de una boda, tener el piso y tenerlo amueblado. Además, los muebles no tenían el carácter efímero y pasajero que tienen en la actualidad. Los muebles de antes se compraban para que fueran eternos, para que sobrevivieran a varias generaciones, por lo que era muy corriente, ir heredando los muebles de los abuelos y de los padres como una parte importante de la herencia familiar.




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