Cómo nació y sobrevivió el bar de Loma Cabrera donde los agricultores desayunan anís con limón
El restaurante abrió sus puertas en 1986, cuando Loma Cabrera apenas empezaba a tomar forma

Antonio López padre y Antonio hijo, dos generaciones al frente del bar Virgen del Mar.
Hace cuarenta años, Loma Cabrera era poco más que un puñado de casas viejas desperdigadas entre los caminos. Viviendas de una sola planta, de las de antes, levantadas en un páramo rodeado de cultivos. Los cuatro barrios de la pedanía almeriense —Loma Cabrera, Venta Gaspar, El Boticario y Los Cortijillos— sobrevivían con lo justo: no había bares, ni comercios, ni lugar donde sentarse a tomar un café o relajarse con una cerveza entre las manos. Para cualquier cosa había que echar rumbo a la capital.
Fue entonces cuando aparecieron José y Dolores. Venidos desde Fiñana y con las manos curtidas por una vida entre surcos e invernaderos, acostumbrados a medir el tiempo por las cosechas y no por el reloj, decidieron hacer algo que, hasta ese momento, nadie había intentado.

Entrada de El Troncho, en Loma Cabrera.
Y es que antes de que llegaran las calles llenas y el bullicio de los fines de semana, la familia López ya visualizó que aquel paisaje de tierra y casas bajas también tenía derecho a contar con esa institución casi sagrada sobre la que, para bien o para mal, también se ha construido este país: un bar.
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“Nos vemos donde el Troncho” fue -y es- una frase muy usada en Loma Cabrera desde el momento en que nació la cafetería, allá por 1986. José había heredado aquel apelativo de su padre, quien, a su vez, también había recogido el legado de su abuela. “Nadie sabe hoy de dónde venía el apodo, pero todo el mundo lo llamaba así, por lo que aunque la cafetería era originalmente Virgen del Mar, al final decidimos añadir también El Troncho al nombre oficial”, relata Antonio López Rubia, hijo del fundador y actual propietario del local.
Tapeo y baile
Si bien este 2026 el establecimiento celebra su 40 Aniversario, El Troncho lleva ubicado en su enclave actual alrededor de dos décadas. “Antes estaba unas calles más allá. Comenzó siendo un bar de tapas, después decidimos innovar transformándolo en un pub y luego, tras la crisis, regresamos a la idea primigenia”.
Mientras que Antonio habla, todo lo que hay a su alrededor parece darle la razón. Desde un techo recubierto de espejos hasta grandes altavoces colocados por toda la sala y cenefas decoradas con bailarines y notas musicales, el lugar revela que hubo un tiempo en el que ahí no solo se servían tostadas y patatas bravas.

El interior de la Cafetería Virgen del Mar - Bar El Troncho.
Hoy, El Troncho es conocido por esos desayunos capaces de resucitar a un difunto y por una carta de tapas caseras donde el suplemento sigue siendo la excepción. Pero la verdadera ceremonia ocurre todos los días cuando la mayoría aún se revuelve entre las sábanas. A las seis de la mañana, puntual como un cambio de guardia, la barra empieza a llenarse de agricultores que llevan ya una hora despiertos.
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Antes de enfrentarse al invernadero, despachan un vaso corto de anís con limón con la naturalidad de quien bebe agua. Y así, habiendo encomendado el ánimo a un trago que calienta el pecho, parten a trabajar la tierra.
Tras su marcha, llega la siguiente oleada de clientes: aquellos que hacen cola para degustar una tostada. “El turno de las comidas no se queda atrás. Todo esto se llena de trabajadores, de gente del aeropuerto, de vecinos... hay días que no damos abasto. Se llenan todas las mesas”, reconoce Antonio, quien se unió al negocio en sus inicios, justo al terminar el servicio militar.
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Desde migas, pita picante o calamares a su famoso corte argentino, el menú apenas ha cambiado en cuatro décadas, fiel a la cocina casera que convirtió el bar en un referente de la zona. “También prestamos servicio al Imserso”, señala el hostelero contento: cuando los autobuses de la infantería pacífica de la tercera edad parten desde el aeropuerto o la estación, allí viajan también los bocadillos de la Virgen del Mar.

Sugerencias del día, anotadas en una pizarra del bar.
Simpatías
Basta con levantar la vista de la barra para leer la biografía sentimental de la casa. Entre las paredes cuelgan dos bufandas que resumen las lealtades de los dueños: los colores rojiblancos de la UD Almería y el inconfundible emblema de la Peña El Tomate dan la bienvenida a los comensales desde su lugar privilegiado.
Ambas bufandas, como la carta o el trato cercano a los clientes, parecen destinadas a seguir ahí mucho. Al fin y al cabo, el relevo ya está asegurado: Antonio hijo, al que en el barrio ya conocen como el ‘Tronchillo’ representa la tercera generación al frente del negocio. El joven ha tomado el relevo con la misma ilusión con la que su padre, su tío y sus abuelos levantó el negocio hace cuatro décadas. Un respiro para sus clientes más fieles, pues “queda Troncho para rato”.