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Cómo nació y sobrevivió el bar de Almería en el que un jabalí 'vivía' entre la barra y la heladería vecina

El histórico negocio familiar, abierto en 1997, nació años antes en Aguadulce, a finales de los 80

Tomás Hernández Vargas, del Mesón El Zagal, frente a la puerta del local.

Tomás Hernández Vargas, del Mesón El Zagal, frente a la puerta del local.Elena Ortuño

Elena Ortuño
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"Se ha quedado atrapado en la pared. Tiene la cabeza aquí y la parte trasera en la heladería". Bastaba que alguno de los camareros de Mesón El Zagal dijera aquella frase para que un tropel de niños corriera al local de al lado, donde se servían trocitos de paraíso congelado, para comprobar si sus palabras eran ciertas. Era una broma ya popular entre los clientes del bar, venidos no solo del barrio de Cortijo Grande, sino de una larga lista de pueblos almerienses.

Lo cierto era que aquella cabeza de jabalí disecado, que asomaba sobre la barra del bar, había sido un regalo de un amigo del fundador de El Zagal. Tomás Hernández, además de hostelero y un nombre conocido en la noche nocturna de Aguadulce, era un almeriense con gran interés en la caza. La taxidermia solo era una prueba más de su afición. Y, sin embargo, no era su mayor pasión. 

El niño de sus ojos era aquel restaurante, nombrado como el último rey de la Almería musulmana; un establecimiento que levantó allá por el año 88 en Aguadulce, y que luego, en 1997, trasladó a la capital almeriense: "Creo que fuimos el primer bar de tapas de todo Cortijo Grande. Venía -y viene- gente de toda la provincia a disfrutar de nuestras tapas de toda la vida", recuerda Tomás Hernández Vargas, hijo del fundador y actual propietario.

Una terraza compartida

“Antiguamente compartíamos la terraza con la heladería de Pepe, que estaba aquí al lado”, comienza a narrar el hostelero. Según relata, un cliente podía pedir, sin moverse de la mesa en la que se encontraba sentado, tanto una tapa de El Zagal como un helado de postre: “Era el paraíso de las familias: los niños tenían lo que querían y los padres también”, bromea.

Por aquel entonces, la zona en la que se alza El Zagal, hoy toda repleta de restaurantes y y cafeterías, estaba prácticamente desierta. Apenas un columpio de hierro era testigo de la vida cotidiana del establecimiento, que, para ser honestos, siempre estaba lleno, especialmente cuando la Feria de Almería se trasladó a aquellos lares.

En agosto empezaba su apogeo: “Era un ‘no parar’. Las mesas se nos llenaban, teníamos que poner más. Llegamos a tener hasta medio centenar. Es lo que tiene estar frente a la Feria”, confiesa, con un brillo especial en la mirada. Tanto era así que en una de las ediciones de la fiesta se vieron obligados a colocar un botellero en la entrada; un especie de filtro para quienes quisieran entrar al establecimiento: “Las colas para ir al baño eran tan largas que llegaban hasta las 500 viviendas. Tuvimos que hacer algo para contenerlas”.

Con el tiempo, el mesón empezó a compartir territorio con nuevos establecimientos que fueron proliferándose conforme el urbanismo avanzaba en la zona. De tener una terraza prácticamente ilimitada pasaron a otra cuyos límites están hoy muy acotados. Pero si hay algo que no ha cambiado desde sus inicios es la calidad de sus tapas, manjares “de toda la vida” que hacen volver y repetir a cualquiera que los pruebe.

Una carta tradicional

Tomás reivindica un modelo clásico de bar de tapas frente a las tendencias actuales de “quinta gama” y suplementos: “Te dicen que son ‘gourmet’ pero realmente no sabes de dónde viene la materia prima que utilizan para hacerlas. Nosotros recibimos la carne directamente del matadero, como cualquier carnicería”, destaca su dueño. 

Y lo cierto es que la frescura de sus ingredientes se hace notar en todas y cada una de sus tapas: desde la careta de cerdo, calificada por algunos de sus clientes más asiduos como “la mejor careta de Almería”, hasta los champiñones, los riñones o las alitas, todas saben a recién hecho, a esas comidas sencillas que no necesitan disfrazarse para perdurar en la memoria de los comensales.

Una infancia entre fogones

Hoy, el almeriense mira con orgullo el bar donde pasó su infancia, correteando entre taburetes y ollas. Allá donde se crio, volvió años después, cuando su padre se jubiló. Entre tanto, se formó en la Escuela de Hostelería, pasando de mano en mano hasta regresar, al fin, al negocio familiar.

Treinta años después, El Zagal ha logrado mantener, gracias a su trato cercano y su sabor inolvidable, a una clientela fiel que ya se ha convertido en familia. “Por aquí han pasado desde gente a la que he visto envejecer, tener hijos... venir con sus nietos... hasta caras conocidas como Medina Azahara, Lolita o Lola Flores”. Preguntado por el futuro, Hernández lo tiene claro: “Solo pido que todo siga igual que hasta ahora”, concluye.

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