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Cómo nació y sobrevivió el bar que lleva 41 años dando de comer a Almería con platos de cuchara

Fundado en 1984, el local de Diego y Encarna es toda una meca de la comida casera de toda la vida

Diego López y Encarnación Fernández, a las puertas del Café Bar Alhadra.

Diego López y Encarnación Fernández, a las puertas del Café Bar Alhadra.Elena Ortuño

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Diego y Encarna nunca habían llevado adelante un bar. Él había pasado brevemente por la cantina del campamento de la base de Viator. Ella llevaba toda la vida cocinando pucheros y humeantes platos de cuchara tras los fogones de su casa. Aquello cambió hace 41 años, cuando un cartel colgado en el local que se alzaba justo bajo el suelo de su piso, en Los Molinos, permitió que empezaran a soñar. Gracias a la disponibilidad del lugar, el matrimonio emprendió su periplo hostelero. Eso sí: siempre de la mano.

El premio por saber detectar la oportunidad fue un bar cuyas mesas estuvieron llenas desde el primer día. La ubicación, según cuentan sus fundadores, fue determinante. "Nos dimos cuenta de que en el barrio no había ningún espacio donde desayunar, tapear y, en general, hacer vida vecinal. En cuanto abrimos, había colas para entrar", recuerda Diego, con una sonrisa humilde dibujada en el rostro.

La pareja respondió a una necesidad casi social. Los primeros clientes del Alhadra fueron padres que dejaban a sus hijos en el colegio, profesores que agradecían un café fuera de las paredes de la abarrotada cantina y trabajadores que buscaban un punto de encuentro para su almuerzo. "Las madres subían a llevar a los niños a la escuela y luego se sentaban aquí, para hablar de sus cosas", rememora Encarna con ternura.

El Alhadra por dentro, con su pizarra de raciones.

El Alhadra por dentro, con su pizarra de raciones.Elena Ortuño

Los guisos de Encarna

El Café Bar Alhadra está marcado por el espíritu autodidacta de sus dueños y las recetas familiares de su cocinera y fundadora que, cabe decir, supo conectar enseguida con sus clientes. "Desde el principio estaban loquísimos por las tapas tradicionales y la comida casera, profundamente ligada a la tradición almeriense", reconoce Encarna. 

Después de tantos años, todavía hoy se sigue elaborando diariamente la comida caliente, tanto para consumir en el local como para llevar. Entre los platos habituales destacan el trigo, las migas, las gachas, los gurullos con conejo, la berza y el cocido o las lentejas; toda una carta de platos que el ritmo ajetreado de hoy en día no permite consumir tan frecuentemente como gustaría.

Su valor diferencial, además de en el trato cercano y afable de sus dueños, está en mantener sabores que cada vez son menos frecuentes en la hostelería tradicional: "En contra de las costumbres actuales, yo hago estos platos a diario. Tengo tres que son fijos -las migas, las gachas y el trigo-, y el resto se van turnando. Pero eso sí, siempre que se me acaba una olla, me pongo a hacer otra", detalla. 

Un hogar sin edad

Más que un negocio, el Alhadra se ha convertido en un espacio donde varias generaciones de familias han compartido momentos importantes. Y es que esas cuatro paredes han visto crecer a clientes desde antes incluso de nacer: "Aquí han venido las madres embarazadas, han tenido a los niños, los han bautizado, han hecho la comunión y hasta se han casado", afirma Diego con una emoción contenida palpable en la voz, para después añadir: "Es claramente un bar familiar".

El Alhadra por dentro, una mañana cualquiera.

El Alhadra por dentro, una mañana cualquiera.Elena Ortuño

Es ese vínculo emocional el que explica en gran parte su permanencia durante más de cuatro décadas; años en los que el bar también ha sido territorio de fútbol. Cuando Los Molinos vivía su días grandes, por allí desfilaban chavales que venían a comerse el mundo -y de paso unas migas- con camisetas de Málaga, Murcia o de donde hiciese falta.

Entre partidos, goles y derrotas, el bar fue consolidándose como lo que siempre han sido los bares de verdad: una trinchera civil. Un lugar donde uno desayuna, discute, se ríe, se reconcilia y sigue adelante. Porque al final, más allá del fútbol o de la comida, lo que Diego o Encarnación han servido durante cuatro décadas no han sido solo tapas o platos de cuchara. Han servido barrio.

41 años detrás de una barra dejan huella. En la espalda, en las rodillas y también en el ánimo. Ellos no romantizan el oficio. Saben bien que la hostelería desgasta, aprieta y, a veces, devora. "Esto es duro", admite Diego, con la sencillez de quien no necesita adornar la verdad. 

"Hay matrimonios que el bar los destruye, pero a nosotros no, al contrario". Lo dicen casi de pasada, pero en esa frase hay más verdad que en muchos manuales de emprendimiento. Ahora miran al futuro con ese cariño sereno de quien sabe lo que ha construido. Porque el Alhambra nunca fue solo un negocio. Ha sido casa, refugio y memoria. Su segunda casa, dicen los fundadores, con el brillo en los ojos de quien sabe que no son los únicos que se sienten así en ese rincón de la Almería profunda.

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