Los años dorados de El Rinconcillo
Purita Fornieles estuvo al frente del mostrador en la época de esplendor del negocio

Purita Fornieles cuando era el alma del negocio. A su lado, Manuel Linares, encargado, y los empleados Isabel y Ángel. Año 1962.
La Plaza de Manuel Pérez, hoy convertida en un amasijo de bares, llegó a ser uno de los lugares de mayor apogeo comercial de la ciudad cuando allá por los primeros años sesenta en todos sus locales reinaban negocios importantes; era tanta la vida de aquel escenario que hasta los vendedores ambulantes buscaban refugio en aquella plaza entre la Puerta de Purchena y la calle de las Tiendas.
Aquel escenario tenía un rincón mágico, el que formaba el edificio de la Casa de los Cuadros con el caserón donde estaba instalado el negocio llamado El Rinconcillo, uno de los más prestigiosos por la variedad de sus artículos. Vendían desde camisas y ropa interior hasta collares, pulseras, medias y sombreros. En los años de posguerra, cuando la tienda la dirigía el empresario José Plaza Gallarch, El Rinconcillo era uno de los comercios preferidos por los niños porque por una compra regalaban un globo con pito incluido.
Desde 1950, el establecimiento cambió de manos y pasó a ser propiedad de don Manuel González Moya, hasta que una década después se lo quedó José González Ros. Fue en esta época cuando llegó a la tienda una joven con ganas de comerse el mundo. Purita Fornieles quería trabajar, no quería seguir el camino de la mayoría de las jóvenes de su tiempo y quedarse en su casa a esperar que le llegara la hora del matrimonio. Cuando llegó a la tienda, El Rinconcillo seguía siendo una referencia en la ciudad por su variedad en artículos de piel y porque era uno de los pocos comercios que estaban especializados en complementos militares y religiosos. Allí vendían los galones del ejército y los célebres alzacuellos que usaban entonces los curas.
El Rinconcillo estaba al lado del portal del zapatero Benavente y de la tienda de regalos de Caparrós. Contaba con dos escaparates, uno de caballero y otro de mujer. Por dentro tenía dos mostradores, una estantería que presidía toda la pared y una buhardilla que se utilizaba como almacén. Purita recuerda que como el local no disponía de un cuarto de baño, cada vez que los empleados necesitaban ir al aseo tenían que recurrir al váter del kiosco Oasis que estaba enfrente.
Purita Fornieles reinaba detrás del mostrador y era la encargada de los escaparates. Su presencia llenaba la tienda de buenas vibraciones, siempre amable, repartiendo confianza entre la clientela. Ella era también la que recibía a los viajantes que llegaban de Madrid, de Valencia y de Barcelona con las últimas tendencias en bolsos. Era costumbre en aquel tiempo, que los representantes citaran a los encargados de las tiendas en un hotel cercano. Purita cuenta que ella solía acudir al hotel la Perla y al Andalucía, cuando las camas se transformaban en improvisados muestrarios con los mejores bolsos que acababan de salir al mercado.
Eran años de éxito comercial, cuando no existían aún las grandes superficies que tanto daño le hicieron al comercio tradicional. El día fuerte de venta de El Rinconcillo era la noche de Reyes. En aquel tiempo las compras de los regalos se solían dejar para el último momento, por lo que la tienda no se cerraba hasta las dos de la madrugada, siempre que no llegara algún rezagado buscando su regalo.
La plaza de El Rinconcillo era también la de la tienda de los Cuadros y los vendedores ambulantes que se buscaban la vida bajo cuatro tablas. Purita se acuerda de Tomás, más conocido como ‘el Chatillo de Almería’, que vendía artículos de cobre; del fotógrafo ambulante que llevaba un caballo de cartón para ganarse la atención de los niños; del carrillo de los bolsos Carlos antes de hacerse famoso; del éxito del kiosco Oasis, que empezó a triunfar gracias a sus refrescos, y del kiosco de cupones de Alfonsito, donde iban los niños a comprar los escudos y los banderines de los equipos de fútbol.