Negocios que parecían eternos
Teníamos la sensación de que Durbán, el Río de la Plata o Vulcano eran para toda la vida

Fachadas de Durbán, El Río de la Plata y Vulcano, negocios ya desaparecidos en el entorno de la Puerta de Purchena.
La sensación de la fugacidad del tiempo se hace insoportable cuando pasamos por la Puerta de Purchena, echamos una mirada a nuestro alrededor y comprobamos que ya no queda en pie ninguno de los comercios que formaron parte de nuestra infancia, cuando teníamos la sensación de que aquellos negocios durarían toda vida.
Teníamos la certeza de que la farmacia de Durbán iba a ser eterna, no imaginábamos que un día podía desaparecer de la misma forma que nuestros padres no concebían una Puerta de Purchena sin los tejidos del Río de la Plata, sin los tornillos de Vulcano, sin los escaparates de Calzados El Misterio, sin los camareros del Imperial y sin el perfume a jibia del bar Los Claveles.
Cuántas generaciones de almerienses aliviaron sus males en la botica de la familia Durbán. Era un escenario emblemático, casi un monumento, tan ligado a la memoria de la ciudad como la misma Puerta de Purchena. Por allí pasamos todos alguna vez en nuestra vida. Recuerdo de niño, cuando mi madre me llevaba a la consulta particular del médico don Manuel de Oña, que estaba al volver la esquina de la calle Regocijos, que al salir pasábamos por la botica a por las medicinas y a cambio, como regalo, el mancebo me regalaba un caramelo para compensar el mal trago.
La farmacia de Durbán fue, para muchas muchachas de la posguerra, el lugar donde encontraron su primer empleo, cuando las manos femeninas envolvían con delicadeza los papelillos donde se envasaba el bismuto, aquel remedio infalible para los males del estómago.
La farmacia de la Puerta de Purchena dejó de ser un negocio más para convertirse en un símbolo. Forma parte de la vida de los almerienses desde que en 1862 su fundador, José Quesada Gómez, la abrió en la calle de las Tiendas. En 1880 la farmacia se trasladó a la Puerta de Purchena, esquina con calle Regocijos, y allí permaneció hasta su cierre.
Cuántas mujeres guardaron cola en la acera del Río de la Plata para comprar la tela racionada en los primeros meses de la posguerra. Era otro establecimiento arraigado en la memoria colectiva desde que el dos de noviembre de 1912, el Río de la Plata abrió sus puertas por primera vez anunciando al público de Almería los precios más económicos que en aquel tiempo se podían encontrar en el mercado.
Como recuerdo de la apertura, don Fulgencio Pérez decidió regalar a sus clientes una participación de lotería para el sorteo de Navidad por cada cinco pesetas de compra. Ese fin de semana, una carroza publicitaria recorrió las principales calles del centro de Almería dando a conocer las ofertas que la nueva empresa traía para todos los almerienses y su gran surtido en lanería, sedería, terciopelos, alfombras, paraguas, sedas de Escocia, abrigos confeccionados y equipos completos para las novias.
Cuántas veces nos parábamos en los escaparates de ‘El Misterio’ para mirar aquellos zapatos de charol que nos ponían en los días de fiesta o para soñar con las pelotas de los Gorila. Aquella tienda, que antes había sido la de Calzados Terriza, estuvo presente en aquella esquina de la Puerta de Purchena hasta el año 1932, cuando el empresario Jacinto Asensio instaló en el mismo local la tienda de zapatos ‘El Misterio’, que con el tiempo llegaría a convertirse en un referente en Almería, lo mismo que la mayoría de todos aquellos negocios que formaron parte de la acera del popular cañillo.
Allí echaron raíces la ya mencionada sastrería de los hermanos Molina y el bar los Claveles, que había ocupado el local donde en los años treinta estuvo el bar Victoria. Allí estuvo también el comercio de Curtidos Ruiz y el bar Imperial que en los años sesenta llegó a ser uno de los restaurantes más prestigiosos de la ciudad. Cuánto echamos de menos los almerienses el perfume que nos regalaba a diario el bar Los Claveles, que nos permitía saborear las jibias a cincuenta metros de distancia.
Uno podía cerrar los ojos a la altura del Paseo o de la iglesia de San Sebastián, y llegar hasta la misma puerta del bar guiándose solo por el olor de la jibia. Es verdad que a su lado sobrevivieron otros comercios tan importantes como la tienda de calzados el Misterio o la sastrería de los hermanos Molina, pero ningún otro dejó tanta huella en la memoria popular de la ciudad como el recordado bar los Claveles.
La jibia de los Claveles se disfrutaba tres veces: una con el olfato, a medida que uno se iba acercando al establecimiento; otra con la mirada, cuando apoyados en la barra contemplábamos aquel ritual de darle las vueltas necesarias con la espátula para que estuviera en su punto; y por último cuando la recibíamos caliente en el plato y la saboreábamos en el paladar.
También pasaron a la historia en aquella manzana los Almacenes Segura, la jamonería Andaluza, la administración de lotería de El Gato Negro, el bar Toresano, La Tijera de Oro, la Tienda de los Cuadros y el establecimiento donde vendían las máquinas de coser Singer. Lo único reconocible que nos queda en aquel escenario del centro de la ciudad es el Kiosco de Amalia, que lleva camino de hacerse eterno.