Cuando Almería fue de hierro
En la paupérrima Almería floreció una de las industrias más prósperas de Andalucía y llegó a incorporar a más de 500 trabajadores; la fundó un sevillano apellidado Oliveros

Trabajadores de la antigua fábrica metalúrgica de Oliveros.
El pito se convirtió en el reloj de los pobres en el poblachón de jabegotes que era entonces Almería. Se sentía desde Pescadería hasta Los Molinos y marcaba las horas de felicidad y de lamento de sus moradores, desde el alba hasta el atardecer. Servía para avisar a las mujeres que llevaban a sus hijos al colegio y a los hombres para emprender la faena diaria o para dar de mano, cuando el sol desaparecía tras la campana de la Vela. Durante la Guerra avisaba de los bombardeos a los sufridos almerienses que corrían a los refugios con el pavor reflejado en los ojos. El pito de Oliveros, tan almeriense como el Cañillo, sonó durante casi un siglo en la Almería de ayer y aún repica entre los recuerdos de los más mayores.
Oliveros, hoy uno de los barrios con más prestancia de Almería, era entonces un submundo de hierro dentro de la ciudad, un taller metalúrgico donde trajinaban fundidores, torneros, soldadores y fresadores. Era la primera industria de la provincia sobre 80.000 metros, donde durante décadas se repararon y construyeron vagones de mineral y de la Renfe hasta llegar a alcanzar una plantilla de más de 500 obreros.
El milagro de este emporio industrial, intramuros de Almería, comenzó a forjarse por una casualidad: marcaba el almanaque el año 1880 cuando un empresario metalúrgico sevillano, Francisco Oliveros, fue desde Utrera a Sagunto a comprar material. Cuando navegaba por la bahía de Almería, la biela de la máquina de vapor se averió. Ancló en el puerto pero no encontró taller ni especialistas para arreglar la avería y decidió que aquel era un buen lugar para trasladar la fábrica mecánica y hacer negocio.
Llegó el animoso sevillano con seis hijos (Francisco, José, Antonio, Amalia, Candelaria y María) y se estableció en la calle Pedro Jover, en unos antiguos corralones, y a final del XIX se trasladó al lado de las Almadrabillas, en los confines de la ciudad de entonces, enfrente de las barracas donde se asentaban los marengos con sus jábegas.
Falleció el fundador y en 1923 tomaron el relevo dos de los hijos, Francisco y José, y un cuñado, Pedro Baldó Linares, maquinista naval. Se constituyeron en sociedad anónima dando forma jurídica a la actividad que venía desarrollándose desde hacía cuarenta años por el padre. Allí se construyó entonces la Gangui, que fue la máquina con la que se dragó el nuevo puerto de Almería y el de Adra.
El objeto de la empresa era la realización de trabajos de reparación de maquinaria de minería, pesca, motores y vagones de ferrocarril con secciones de trabajo de calderería, tornos, ajustes, soldadura eléctrica, carpintería, montaje, pintura y fundición de hierro y acero con horno eléctrico. Sus principales clientes eran empresas mineras y de pesca y compañías de ferrocarriles, exportando maquinaria minera a Austria y Cuba.
En la Guerra, el Comité Republicano se incautó de los talleres para fabricar bombas de mano y detuvo a los hermanos Francisco y José, que fueron asesinados en el campo de Turón, a pesar de que Antonio, el otro hermano, fue alcalde de la ciudad durante la República. Al terminar la contienda, la fábrica permaneció tres años dormida, junto al Cable Inglés. Hasta que las autoridades del nuevo Régimen conminaron a los propietarios a reflotarla.
Antonio Oliveros Ruiz, médico militar de profesión y después del Instituto de Higiene, decidió atarse los machos y reactivar el negocio de su padre. Se especializó en la reparación de material ferroviario y consiguió entrar en el gran contrato del Plan de Modernización de la Red Española de Ferrocarriles. Llegó a hacer uso de las instalaciones de la Junta del Puerto para el montaje de 1.500 vagones de mercancías cuyo material fue enviado como ayuda por Estados Unidos. En 1956 amplió instalaciones a la zona de Las Almadrabillas hasta contar con 80.000 metros en donde se repararon más de 11.000 vagones y 600 de nueva construcción. El taller estaba conectado con Renfe a través de unas vías que cruzaba la Carretera de Ronda y que llegaban hasta dentro de la fábrica y se bifurcaban hacia el Puerto.
Allí trabajaron Antonio Sánchez Galán y Luis Díaz como mecanógrafos y Eduardo Gallart como oficinista. El jefe de talleres era Pedro Baldó y colaboraron también en la recuperación de Oliveros tras la Guerra, el ingeniero industrial y exalcalde Vicente Navarro Gay, como comercial, José Iglesias, que fue jefe provincial de Campsa y Francisco Cortés Morales, que actuaba de administrador.
En aquella época, trabajar en Oliveros era un seguro de vida por la solvencia de la empresa. Se pagaban los sueldos más altos de la ciudad gracias a la esposa del patrón, la benefactora Matilde Córdoba, dotada de un gran patrimonio, que instituyó varias pagas extraordinarias y una gratificación especial llamada por los propios operarios como la paga del gandul. También se proporcionaba a los empleados ayudas para libros y medicamentos y creó equipos deportivo de fútbol y natación, dirigido por Manuel Puertas Selles, encuadrado dentro de los grupos de Educación y Descanso.
Antonio Oliveros fue también presidente de la Cámara de Comercio y del Puerto. Enviudó, se casó con su sobrina María Antonia Núñez, y en 1973 decidió vender la fábrica, puesto que Renfe ya disponía de talleres propios y los pedidos, como industria auxiliar, disminuyeron. Ese mismo año se produjo un incendio en las instalaciones cuyas causas no quedaron suficientemente aclaradas culpándose indistintamente la empresa y los trabajadores. Fueron años convulsos, de enfrentamientos entre patronos y trabajadores, con expedientes de regulación de empleo y ajustes de plantilla. En 1977 se produjo la explosión de un artefacto contra el coche del director general de la empresa, Tomás García Docio, que se encontraba aparcado en el sótano de su vivienda sin que hubiese daños personales. Tanto la dirección de la empresa como los trabajadores condenaron este acto vandálico cuya autoría tampoco fue aclarada.
Entre los empresarios de Madrid y Almería que se quedaron con Oliveros estaban Santiago Sánchez Ezquerra, que era yerno de Carrero Blanco, y su hermano Ramón, Pablo Cassinello, Francisco Pérez Manzuco, José Miras y la familia Plaza, a través de la sociedad Adisa. En 1979 los socios se retiraron y Juan José Moreno y Alarcón asumió la totalidad del capital.
El gran tinglado industrial se convirtió a la vuelta de unos pocos años en un residencial y los viejos talleres de Francisco Oliveros S.A. fueron desplazados, aunque por poco tiempo, hasta finales de los años 80, junto a la carretera de Sierra Alhamilla donde se terminaron de cerrar por falta de pedidos. El apellido Oliveros se ha ido extinguiendo en Almería, aunque la razón social, Francisco Oliveros permanece tras más de 130 años de vida dentro del Grupo de Empresas de Moreno y Alarcón que mantienen su garantía y solvencia
La historia de Oliveros es la crónica del éxito y la decadencia. Una empresa adelantada a su tiempo en las prestaciones sociales, capitaneada por un influyente patrón y una caritativa esposa. Mientras los pedidos de Renfe para construir y reparar vagones llegaban, con el apoyo del Régimen, no hubo ningún trabajo mejor remunerado en Almería.
Los tiempos cambiaron, el médico envejeció y el negocio ya no era rentable. Oliveros tenía ya más de futuro inmobiliario que de realidad fabril, que empezaba a estorbar en una ciudad que había crecido allende La Rambla, ganando terreno a la antigua vega pastoril.