La Voz de Almeria

Obituarios

Adiós a Emilio, el hombre lápiz de Almería

Ha muerto uno de los artistas que con más ahínco dibujó la historia de los primitivos almerienses

El dibujante Emilio Sánchez Guillermo.

El dibujante Emilio Sánchez Guillermo.

Manuel León
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Ha muerto bajo las palmeras africanas de Vera -donde vivió en el invierno de su vida- Emilio Sánchez Guillermo; se ha llevado este otoño de tardes abreviadas a un orfebre querido y respetado, de buen trato y de mejor mano para el dibujo. Se ha ido Emilio -como nos iremos todos- y el alféizar cultural del Levante almeriense se queda un poco más hueco. Porque Emilio llenaba espacios, no solo con su estatura de guardia suizo, con su aspecto de leñador, con sus ojillos escrutadores, sino también con su voz cavernosa, con su buen juicio, con su presencia constante en cualquier evento ligado a las artes en esa comarca fronteriza. Se ha ido Emilio con 91 años bien vividos, salpimentados de gusto por las cosas bien hechas y por saber deslizar el afecto franco sin estridencias. Se ha ido con las botas puestas este Emilio, hechizado por ese Levante almeriense en el que no nació pero al que veneró, entregando, como último gesto de amistad, un cuadro de su creación a su amigo Diego Alonso la otra tarde en Vera. Hoy estamos vivos y coleando y mañana en el otro mundo, Emilio, como tu solías argumentar; me dicen que has muerto, Emilio, con el lápiz en la mano, qué mejor despedida para un dibujante fetén como tú.

Te vas, pero tu obra, tus creaciones, tus trazos quedan en los marcos, en las cartulinas, colgados en las estancias y en los museos, Emilio; te vas, pero queda tu impronta, tu magia con la mina del crayón, que para ti era más exacto que el bisturí del cirujano. Porque tu Emilio, dibujabas como el que resuelve ecuaciones matemáticas: ahí están tus esbozos para comprobarlo en centros culturales de Antas, de Mojácar, de Vera, de Garrucha o de Cuevas del Almanzora.

Ha sido un ejercicio de intriga descifrar cómo un madrileño de Chamberí, hijo de cocinero de postín de la Casa de Borbón, acabó dibujando almerienses antiguos en la provincia de Almería; esa era su sinóptica semblanza, mientras que su sintético semblante era el de un caballero de poblado bigote con madejas nacaradas renacentistas derramándose entre sus sienes. Era Emilio Sánchez Guillermo un artista ilustrado que decidió quedarse en esta tierra, junto a su mujer alemana Inge en 1989. Se había jubilado Emilio y perseguía el sosiego plácido del sur, del Mediterráneo, y aquí llevaba desde entonces, compartiendo temporadas entre Vera y Hamburgo, donde tenía al resto de la familia.

Aquí es donde se consagró este madrileño/alemán/almeriense como el dibujante de los libros de la historia de Almería. Su destreza empezó a alumbrarse cuando era un muchacho en el Liceo francés de Madrid, auspiciado por maestros como Carlos Pascual de Lara, Matilde Calvo y Juan José García. En 1960 decidió marchar a Alemania a trabajar en una fábrica de cartón. Pero pronto encontró regazo para su talento con el lápiz, empleándose en estudios de dibujo para publicidad, ganando más tarde plaza de dibujante ilustrador en el Museo Histórico de Hamburgo. Hasta que jubilado, decidió volver a España y se topó con Vera, como quien encalla en un fondeadero de paz para su trabajo minucioso y donde se construyó una casita, donde tenía su estudio de dibujo, sus lápices, sus cuadernos, sus tazas de té. En ese cuarto silencioso y luminoso fue plasmando Emilio todo un cartapacio de dibujos con aroma a la Almería antigua, a la Almería de siempre, que han servido para ilustrar libros de las colecciones de Arráez de Juan Grima y exposiciones de óleos y acuarelas; ese mismo cuarto donde recibía a amigos que ya se fueron como Miguel Sáez, Ezequiel Navarrete, José Antonio Ruiz o Joaquín el Lobo; ese cuarto donde con el lápiz afilado daba forma a la historia, a la vida que fue y de la que no hay imágenes.

Sus dibujos -los de este virtuoso Emilio que tenía aspecto de turista bávaro de Veraplaya- atrapan la impronta de la Almería de siglos, como si su artífice hubiera estado allí en ese tiempo remoto; como si se hubiera mezclado con el cronista Hernández del Pulgar y hubiera visto, con sus ojos escondidos tras los lentes, cómo eran de verdad las babuchas de los moriscos y los chalecos de los repobladores; cómo eran las naves corsarias que desvalijaban las costas de las que escribe Bernard Vincent, cómo los campos de trigo y los granados, cómo las cocinas de los hogares y el ambiente de las zambras. Todo eso dibujado por él en exposiciones deliciosas como la de los Momentos Estelares de la Historia de Almería o la reciente Historias y Leyendas dibujadas en Antas, poniendo rostro a las tinieblas de la historia.

Se ha ido de pronto Emilio, como hay que irse, sin despedirse; ya no olerá más la tierra mojada que tanto le deleitaba, ni recogerá con paciencia hojas de eucalipto para guardarlas entre las páginas de sus libros; ya no veremos más sus ojillos achinados, su cabello etrusco, su bigote macizo. Un recuerdo para su esposa Inge y para tantos amigos del Levante que tendrán que hacer ahora ayuno forzoso de su ingeniosa. Descansa en paz, Emilio.

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