El éxito del maestro Barco en el Cervantes
No había entonces más entretenimiento en aquella ciudad de los años 30 que ese patio de butacas donde la gente lloraba, reía y ese emocionaba con los estrenos teatrales, con la música, con los libretos que se representaban

Actores de la obra ‘En mi Jaca jerezana que se estrenó con éxito en el Teatro Cervantes el 18 de diciembre de 1935. En el centro, Rafael Barco.
Para los almerienses de la Belle Epoque, el Cervantes era el coliseo de los sueños, donde se citaba cada fin de semana la burguesía de la uva, con monóculos y trajes de raso, a disfrutar de los libretos y de la música. La obra de Rafael Barco fue la primera pieza teatral cien por cien de Almería que catapultó a su autor en esos últimos meses de paz.
Durante interminables tardes con sol de membrillo, un ramillete de bulliciosos jovencillos almerienses estuvieron ensayando teatro en la sede de la Asociación de la Prensa, en la calle Rueda López. Iban a estrenar una comedia lírica, escrita por dos almerienses, musicada por un almeriense e interpretada por ellos mismos. Hubo, durante todos esos días juveniles, en ese ambiente de inocencia, muchos tropiezos, risas, lágrimas de inquietud, titubeos en el recitado, zapateados, notas musicales desentonadas y mucho pundonor.
Era la primera vez que se iba a estrenar en Almería, en el Cervantes, en la sala de los sueños, una obra, una zarzuela costumbrista, cocinada íntegramente con el almíbar del talento almeriense.
Era En mi jaca jerezana, un divertimento que concitó la expectación de la ciudad, en esos días republicanos, en la vigilia de una Guerra cainita, cuando los almeriense se volcaban con cualquier espectáculo como el flamenco, el teatro o el cine mudo que ya había llegado al edificio diseñado por López Rull, en el antiguo Paseo del Príncipe.
Fue germinando una ilusión colectiva por ver la obrita que había musicado el casi desconocido Rafael Barco, cuyo libreto había sido compuesto por Ramón Guijo y José María Rull, ambos empleados del Monte de Piedad.
No había entonces otras diversiones, otros entretenimientos, más allá del parchís, para los almerienses de las primeras décadas del siglo pasado, que esas funciones que se esperaban semanas como agua de mayo. No había entonces más mundo exterior que ese patio de butacas donde la gente, lloraba, reía y se emocionaba con la ficción.
El Cervantes, inaugurado en 1921, heredero de otras salas como el Novedades, el Teatro Campos o el Variedades, era donde los burgueses de la Almería de la Belle Epoque, de la cotizada grape, hacían ostentación de encajes y sedas, mirando a los actores con sus monóculos desde las plateas.
Al fin llegó el 18 de diciembre, la fecha del estreno de la obra, patrocinada por la Asociación de la Prensa, con las butacas y palcos a rebosar de gente que había pagado entre 50 céntimos y seis pesetas. Entre bastidores los autores y los actores, todos amateur: María Luisa Medina, Maruja Rodríguez Herrada, Angelita Quiñonero, Clotilde Salazar, Carmela Baños, Luis Capel, Angel Barceló, Raimundo Quiñonero, Juanito López, García Ruescas, Enrique Mesas, Francisco Escobar, Emilio Jiménez, Gonzalo Cortés y Ruiz Morata. Acomodados en una esquina de la sala una orquestada con 26 músicos dirigida por el propio Barco y un coro de romeros a la orden de Paco Gomis. Los protagonistas, prologados por el recital de la niña Matildita Morales, empezaron a salir de las bambalinas y a darle vida a la comedia en tres actos ambientada en la serranía de Ronda con profundo ambiente andaluz.
La función fue un éxito, los aplausos resonaban en las esquinas del coliseo esa fría noche prenavideña, el elenco tuvo que saludar desde el escenario en numerosas ocasiones. Para Almería, cansada de sinsabores políticos y de las bocanadas de crisis económica y social en esos revueltos años azañistas, fue un acontecimiento que hinchó de orgullo a la ciudad: por primera vez se había gestado una obra teatral cien por cien made in Almería. Pero fue, sobre todo, el bautismo de un humilde músico de Fondón, de 32 años, que descubrió esa noche, por primera vez, el calor del publico. Se había empeñado en escribir una obra propia y lo había logrado con nota. Al morir su padre labrador en Fuente Victoria, llegó siendo un niño a la capital donde aprendió solfeo de la mano de Manuel García Martínez, Maestro de Capilla de la capital. Como alumno de los Seises, descubrió la magia de las corcheas y aprendió piano de a mano de Sánchez de la Higuera y en Madrid armonía con Emilio Vega y Ricardo Delgado. Allí, en la capital de España, le estalló la Guerra, literalmente: una bomba le dejó una pierna maltrecha y volvió a su tierra, con ese aspecto taciturno que siempre tuvo, con esas cejas tristonas que le acompañaron toda su vida.
Fue un músico de vocación infatigable, como discípulo y como maestro, enseñando a geeraciones de aplicados jóvenes almerienses aficionados al pentagrama.
No enseñó solo a niños ricos, sino también a menesterosos infantes del Hogar Provincial, el antiguo hospicio de Almería en la calle Pedro Jover. Fue un caso único de músico que se llevaba bien con otros músicos como Gaspar Vivas, José Padilla, Richoly o Manuel del Aguila. Fue concertista en la catedral, amenizador de verbenas y orquestinas en balnearios y cafés, miembro de la Banda Municipal, compositor de fandangos y piezas sacras.
Nunca volvió a sentir Barco, el músico almeriense, sin embargo, lo que sintió aquella noche en el Teatro Cervantes, rodeado de galanes tocados con sombreros cordobeses y hermosas mujeres con chales por la espalda desnuda, posando en el escenario tras el éxito de su Jaca Jerezana, con el público puesto en pie. Fue su primer triunfo, la gloria provinciana que le hizo seguir componiendo, con humildad franciscana, desde su estudio de la Plaza Jaruga hasta su muerte en Aguadulce en 1995. Su Jaca, su briosa jaca, volvió a interpretarse 80 años después en el terciopelo del Apolo, con el mismo éxito que aquella noche de diciembre de 1935, aunque el bueno de Barco ya no estaba para verlo en persona.